Otoños, domingos, muertes.

El cigarro se consumía en el alfeizar de la ventana, abierta, a través de la cual entraba esa amenaza de frío que llega a mediados de Octubre y que te avisa de lo que aún está por llegar. Era domingo, bueno, en realidad aún es domingo. Es hoy, esta historia es de hoy. El cigarro se consume en el alfeizar mientras escribo, tapado con una manta y la ventana abierta. ¿Que por qué tengo la ventana abierta y estoy tapado con una manta? Pues quizás porque quiero que el aire me dé en la cara, que me demuestre que sigo vivo, porque en realidad necesito que alguien o algo lo haga.

Es domingo y lo odio, pero no creo que lo odie como siempre he odiado los domingos, sino más bien de otra manera. Lo odio de verdad, sabiendo que aunque este día tenga un final, mañana seguiré con la misma sensación de nada que se ha instalado en mi cuerpo y no sale. Y encima es domingo. Nada que hacer, nadie con quien hablar, ningún sitio a dónde ir. Es por esto que los folios y los bolígrafos y yo montamos una pandilla para los domingos  y algunos días de entre semana que se disfrazan de ellos.

Doy un sorbo al té chai que la madre de la mejor amiga de mi hermana me ha traído de su viaje al País Vasco, convirtiendo un saquito con hierbas secas en un bonito detalle que a veces ni las personas que más quieres tienen contigo, mientras decido en qué historia desarrollar para que tú, que ahora la lees, quieras leerla y creas que has invertido bien el tiempo haciéndolo.

Me asomo a la ventana y veo cómo las negras nubes amenazan el principio de la semana y tiro el cigarro a la calle. Empieza a llover y, como una estrella fugaz en la noche más oscura, una idea se deja caer en mi cabeza. Es una de esas ideas de naturaleza perenne, que no se van hasta que las haces, que se pegan a ti en todo momento y que no te dejan hacer nada más que no sean ellas. Y ha llegado de repente; serendipia lo llaman, aunque no creo que sea eso así. Voy a correr. Abro mi armario y cojo el chándal y una camiseta vieja. Me pongo las zapatillas y salgo a la calle. Me he dejado el móvil, las llaves y cualquier documento que pueda identificarme en casa. Voy a correr libre, sin ser yo y siendo yo a la misma vez, para desligarme de todo lo que me ata y a la vez sentir que aún soy necesario para alguien.

Salgo del pueblo por la salida sur y me dirijo a la vía verde, que, para quien no lo sepa, es una vía dedicada al senderismo y el ciclismo por las zonas verdes de fuera del pueblo y que incluso unen unos pueblos con otros. Aquí lo hay, no sé si donde vives tú eso existe o no, pero te puedes hacer una idea. Corro lento, tranquilo, mientras la intermitente lluvia cae sobre mí, marcando mi piel con cada gota, fuerte, como si cada una de ellas estuviera destinada a caer justo en mí, casi doliendo y haciéndome gozar de esa sensación de estar vivo que antes buscaba en mi cuarto.

No llevo música. Normalmente, vaya donde vaya, mi mp3 me acompaña con la música que necesite en ese momento y que suele depender de la temporada del año, variando entre indie, rock, rap o house. Pero hoy no llevo música, me gusta oír llover y, de vez en cuando, sorprenderme con el sonido de algún ave que en un árbol se guarece de la lluvia. El camino está oscuro y las ramas de los olmos deshojadas dan un aspecto tenebroso, típico de las historias de Allan Poe o King, y eso me da alas; siempre he querido ser el protagonista de una historia de aventuras, de intriga, de miedo, de esas historias que marcan una vida y que hacen que, pase lo que pase después, nada vuelva a ser igual.

Si esto fuera una historia de terror, desde luego que empezaría así, con un personaje timorato y a la vez arriesgado que se va en busca de líos, aunque yo no salgo más que para desfogar y olvidarme de todo un rato. Tengo tantos problemas conviviendo conmigo, en mi casa, en mi baño, en mi cama, que ya ni el tabaco consigue relajarme, y eso que empecé a fumar precisamente por esa capacidad que tenía un cigarrillo de calmarme cuando estaba a punto de convertirme en un lobo. Siempre me he considerado licántropo, por mi amor a la luna y a la familia de los cánidos, aunque nunca he conseguido transformarme, o eso creo. He leído que los licántropos no saben que lo son y que no son conscientes del momento en que se transforman y actúan como animales.

Ya llevo un kilómetro y mi ropa está empapada de una mezcla de sudor y lluvia, y el sonido de los pájaros se ha desvanecido. Solo se oye, en la lejanía, el sonido de un trueno de vez en cuando. Sigo con mi ritmo, girando alrededor de una finca de niños pijos a caballo y fiestas con Moët & Chandon toda bordeada de altos setos verdes pese a la estación otoñal. El dinero es lo que tiene, que los que lo tienen se creen capaces de todo, hasta de aislarse del resto del mundo. Y luego van a las fiestas del pueblo vestidos de Emidio Tucci ellos y de Carolina Herrera ellas, como si estuviéramos en una gran gala de la capital o algo parecido, riendo de todo el mundo sin saber que todo el mundo se ríe de ellos por creerse superiores cuando en realidad son totalmente igual al resto. Mi padre siempre dice que luego, en el cementerio, sus ropas se las comerán los gusanos igual que se comerán las de los demás, que no cree que sean más sabrosas.

Bordeo la finca para seguir por la vía verde dirección al pueblo de al lado cuando oigo un grito. Proviene de un poco más adelante en el camino. Está muy oscuro, pese a que se supone que aún es de día. Vuelvo a oír un grito y caigo en la cuenta de que la voz pertenece a una mujer o a un niño. Aumento mi ritmo para llegar al lugar de donde salía el grito y encuentro un zapato rojo y un reguero de sangre. Reconozco el zapato, es un Valentino por lo que dice la etiqueta, y me acuerdo de la primera y última vez que había visto ese zapato. Fue a principios de verano, en una verbena. Allí, después de beberme un número incierto de cervezas, acabé liado con Martina de la Vega, una de las niñas pijas de la finca que acabo de pasar. Lo hicimos en un motel del pueblo, previo paso de la tarjeta de crédito de Martina por el recibidor y fue una noche de sexo torpe y descoordinado. Ambos estábamos demasiado borrachos para saber qué estábamos haciendo. A la mañana siguiente, lo primero que vi al abrir los ojos fue el zapato rojo Valentino, y después a ella, y después huí de allí, sin hacer ruido, no fuera a creer que me había aprovechado de ella. Los pijos hacen eso todo el tiempo, ha pasado mucho en mi pueblo. Una niña pija se acuesta con un “pueblerino”, como nos llaman ellos, y al día siguiente alegan que se han aprovechado de ellas. El hermano de mi amigo Alex estuvo de juicios con la hermana mayor de Martina, Claudia. No, yo fui más listo y desaparecí del motel antes de que fuera demasiado tarde.

El reguero de sangre seguía el camino, pero desaparecía el rastro tras unos cinco metros. Decido inspeccionar entre los matorrales de alrededor, pero allí no hay nada. Sigo adelante por el camino, volviendo a mi ritmo inicial, y cuando he adelantado unos diez metros más, encuentro más sangre. Empiezo a inquietarme. Las nubes siguen sobre mí, oscuras, y teniendo en cuenta cuándo he salido de casa, ya debe estar atardeciendo. Sigo corriendo y mi intuición se dispara. Algo malo le ha pasado a Martina, de eso no tengo duda, y pese a que en un primer momento pensé en pasar del tema, ahora tengo claro que no puedo dejar esto así. Si estoy aquí, solo, a estas horas y habiendo salido de casa por un arrebato, es por algo. Aparte de en los licántropos, también creo en el destino, y si esto no es destino, dímelo tú, querido lector, oyente o quien seas. Así que, puesto que este es mi destino y que la necesidad de aventuras me empuja en dirección al peligro, decido que lo que debo hacer es seguir adelante en dirección al final de este asunto, que tiene pinta de ser fatal.

Sigo corriendo y en el horizonte aparece el viejo cortijo Juárez, cuyo nombre se debe a la última familia que vivió allí. Por lo visto el último dueño se volvió loco y decidió pegarse un tiro en la cabeza en la plaza del pueblo, y su mujer y sus hijas huyeron a la ciudad. Está abandonado desde bastante antes de que yo naciera, en ruinas y decorado en su totalidad por grafitis que los adolescentes del pueblo hicieron cuando la moda de los grafiteros se instaló en la provincia. La mayoría de mensajes obscenos y dibujos de alto contenido sexual, también puedes encontrar alguno de calidad, como un realismo de un tigre de bengala, un rótulo con el nombre del pueblo en tres dimensiones que parece desprenderse de la pared y un conjunto de dibujos de los Simpsons que uno de los veteranos hizo para demostrar cómo se tenía que pintar a los aprendices. Yo estuve allí un par de tardes con mis amigos porque a dos de ellos, a Alex y a David les había dado por decir que su sueño de la infancia era llegar a ser tan grandes como Obey o Banksy, aunque ese sueño les duró dos telediarios.

Al llegar a la entrada al camino que lleva al viejo cortijo encuentro un jersey de color negro y otro charco de sangre. Tengo que entrar. Sigo el camino que lleva hasta el edificio medio derrumbado y un escalofrío recorre mi columna. Hace frío de repente y parece que está aún más oscuro, y eso que pensaba que ya era imposible más oscuridad. Estoy andando, intentando controlar mi respiración y no enervarme, pues un fuerte miedo empieza a apoderarse de mi totalidad, cuando el graznido de un grajo me sorprende y hace que caiga al suelo. Estoy aterrorizado, pero tengo que entrar ahí. Miro al cielo: dos nubes se han separado y dejan entrever la luna, que está llena y manchada de rojo. Definitivamente no soy un licántropo, o ya me habría convertido.

Conforme me acerco al cortijo, el silencio se vuelve cada vez más incómodo. Es un silencio extraño, frío, aterrador. No oigo ni mis pasos sobre el albero. Cada vez tengo más miedo, y para colmo he salido de casa sin nada que pueda identificarme, ni el teléfono para llamar a nadie, ni nada con lo que poder defenderme en el caso en que lo necesite. Atravieso el patio del cortijo en dirección al edificio principal, a sabiendas que allí estará lo que estoy buscando.

Cuando entro en la amplia estancia, Martina está sentada en una silla, atada y amordazada. Al verme, se mueve e intenta decir algo, pero no puede. De repente, algo me golpea en la cabeza y caigo al suelo.

Cuando abro los ojos, estoy atado y amordazado, al lado de Martina. ¿Qué está pasando aquí? Miro en derredor y todo está oscuro; no hay más que escombro a nuestro alrededor. Espera, he pasado algo por alto; hay una mesita y un portátil encendido encima. Oigo un ruido a mi espalda, son dos voces, masculinas. Hablan español con un acento extranjero, como de Europa del Este, o eso creo teniendo en cuenta lo que sé de series de televisión y películas. Cuando las voces entran en mi campo visual, veo que en realidad son tres individuos en lugar de dos. Llevan máscaras de payasos y van completamente vestidos de negro. Uno de ellos saca un teléfono móvil del bolsillo y marca. Pone el modo altavoz, para que los demás puedan intervenir en la conversación.

− ¿Quién es? –dice una voz masculina gastada de fumar y por los años. Es del pueblo, el acento es del pueblo y la voz me suena bastante.

−Señor de la Vega, tenemos a su hija, −contesta el individuo del móvil en la mano. Su máscara tiene el pelo verde y una sonrisa larga como la del Joker de Batman.

− ¿A mi hija? ¿Qué quieren de ella? ¿Qué van a hacer con ella?

−Si colabora no le pasará nada, −dice otro de los individuos, cuya máscara está maquillada al estilo de Tommy Thayer cuando actuaba con Kiss y una enorme nariz redonda roja−.

− ¿Qué queréis de mí? –El señor de la Vega está bastante alterado, pega voces y se oyen sollozos de fondo.− Dinero, claro. Queréis dinero, ¿verdad?

−No queremos dinero, −vuelve a intervenir el primero. Miro a Martina, está llorando.

−Lo que queremos, señor de la Vega, es más que su dinero. Queremos su imperio, −interviene otro de los individuos. Este lleva una máscara de payaso clásica con un pomposo peinado de color lila. –Su empresa es lo que queremos. Pero no los papeles de su empresa, no. Lo que queremos es que la destruya, que la derrumbe.

− ¿Qué? –, contesta el señor de la Vega, casi sin voz.

−Ya lo ha oído, −vuelve a intervenir el segundo, que se carcajea. –Su empresa es nociva para el medio ambiente y para la vida de la gente que vive en este pueblo y lo sabe. No podemos permitir que esto siga así. Queremos que salga en la televisión local en media hora y diga que la empresa va a ser destruida mañana mismo, o la vida de su pequeña acabará. –El primero de los payasos cuelga.

Martina rompe a llorar con todas sus fuerzas, casi pareciendo que va a reventar como un globo. Está toda roja y sus ojos también. Al pasar la media hora, los payasos conectan el portátil y sintonizan la televisión local. No sé cómo lo habrán hecho, pero por lo que he podido ver hasta ahora, estos hombres saben lo que se hacen. Entra un quinto payaso, con cuerpo de mujer, y se une al grupo. El del la máscara de Kiss le pregunta que dónde ha estado, a lo que ella contesta que estaba fumando afuera. Los cinco componentes del grupo se sientan en el suelo, frente al ordenador, y empiezan a hablar en un idioma desconocido para mí. ¿Será ruso? No lo sé. Se callan y empieza a hablar el señor de la Vega.

−Queridos convecinos, estoy siendo extorsionado. Mi hija Martina ha sido secuestrada por un grupo de desalmados que quieren acabar con mi vida. Me han obligado a decir públicamente que mañana derrumbaré la industria que dirijo y que acabaré con mi actividad comercial y todo lo que sostiene a mi familia. Desde aquí solo pido, seáis quienes seáis, que, por favor, me deis una prueba de que mi hija sigue viva.

El de la máscara de Kiss apaga el ordenador y empiezan a discutir de nuevo en su idioma. Tras una larga deliberación, éste mismo coge una sierra y se dirige hacia Martina. Martina, casi desfallecida de llorar, vuelve a intentar zafarse de sus amarres, sin éxito. El payaso coge una de las manos de Martina y elije el dedo índice. Es su mano derecha. Acerca la sierra al dedo y la sangre empieza a correr por la mano de Martina. Aparto la mirada porque no quiero verlo, siempre he sido muy aprensivo y este tipo de visiones pueden causar que pierda el conocimiento. Cuando ha acabado, el payaso, riendo, mete el dedo de Martina cercenado en un bote que ha sacado de una mochila negra y se lo tiende a la chica payasa, que sale corriendo del cortijo.

Cuando la chica vuelve, el payaso de la sonrisa del Joker vuelve a llamar al padre de Martina.

−Señor de la Vega, tiene usted algo en la puerta de su casa. ¿Lo ha visto?

−No… voy. –Se oyen ruidos de pasos, después cómo se abre una puerta y cómo se cierra. −¡Oh, Dios mío!  Monstruos, que sois unos monstruos. ¿Cómo habéis podido hacer algo así?

−Señor de la Vega, no se preocupe, le quedan nueve más en las manos aún. Si mañana por la mañana no empiezan a derrumbar la fábrica, le mandaremos el resto uno por uno. –Y cuelga.

Miro a Martina, pero ha perdido el conocimiento. Los cinco payasos, riendo y hablando en su idioma, salen del cortijo montando bastante alboroto. Están contentos por cómo les están saliendo las cosas. Cuando dejo de escuchar ruido, cuando todo  se ha quedado en silencio, intento mover la silla para arrimarme a Martina e intentar que vuelva en sí, pero caigo al suelo. Al caer, la cuerda que me ata la mano izquierda se rompe y, pese a que soy diestro, consigo zafarme de mis ataduras.

Despierto a Martina, indicándole con mi mano que se mantenga en silencio. Primero tengo que asegurarme de que estos desalmados no estén por aquí. Salgo, de la forma más sigilosa que puedo, del cortijo y lo rodeo buscando un coche o algún medio de transporte en el que los secuestradores hayan podido venir. Estoy aterrorizado y me tiemblan las piernas, pues estoy seguro de que esta gente es peligrosa. Ha anochecido y hace mucho frío. Cuando he terminado de escudriñar la zona y he visto que no hay rastro de los macabros payasos, vuelvo al lado de Martina y la desato. Se incorpora pero está muy débil. ¿Desde cuándo está aquí? La ayudo a salir del cortijo y empezamos a desandar el camino en dirección a su casa. Vamos despacio y en silencio, para no malgastar las pocas fuerzas que le quedan.

Cuando hemos recorrido la mitad del camino a la mansión de la Vega, oigo a lo lejos el ruido de un motor y empujo a Martina a los matorrales. Nos escondemos y pasan dos motos grandes, de campo, con unas ruedas muy gruesas.

−Parece que ya han pasado, −le digo a Martina.

−Sí.

− Dime, Martina, ¿cómo ha sido? ¿Desde cuándo llevas allí encerrada? ¿Te han hecho algo? Aparte de lo del dedo, digo. –Las palabras salen de mi boca torpes y apresuradas, como si quisiera saberlo todo a la vez.

−Lo único que quiero es llegar a casa, no hablar del tema. Necesito una ducha y una comida caliente, y a mi familia, −me contesta, y me coge la mano.

−Pues hagámoslo antes de que descubran que nos hemos ido.

Nos incorporamos y volvemos al camino. La noche es más oscura que de costumbre, toda tapada de nubes y sin una estrella que alumbre un poco el camino. La luna duerme hoy, descansando de su arduo trabajo embelleciendo la nocturnidad de la vida en todos los puntos del planeta. Aceleramos el paso, más por las ganas que tiene Martina de llegar a casa que por miedo a que nos pillen. Me ofrece pasar la noche en su casa, en una habitación de invitados de la que habla como si en las casas de todo el mundo hubiera una, para evitar que me encuentren y para que, a la mañana siguiente, sea más fácil denunciar lo sucedido a las autoridades. Andando a una velocidad desmesurada, casi corriendo, como los atletas que hacen marcha, los dos nos dirigimos al desenlace de esta tarde para el olvido.

Estamos bordeando la enorme finca cuando el ruido de motor vuelve a nuestros oídos. De repente, tenemos a dos de ellos encima: el de la máscara de Kiss y a la chica. Se bajan de la moto y agarran a Martina, mientras a mí me apuntan con un arma. Me tiemblan las piernas. Veo cómo la entrepierna de Martina se torna oscura, signo inequívoco de que no soy el único aterrorizado de los dos.

−Como intentes algo extraño te vuelo la tapa de los sesos, hijo de puta, −me dice el secuestrador payaso, apuntando a mi cabeza y sin temblor de pulso aparente. Sabe lo que se hace, y seguramente no será la primera vez que dispara a alguien en la cabeza.

Miro a Martina, intentando comunicarle mediante una telequinesis que a todas luces no funcionará, que intente zafarse mientras yo intento hacerme con el arma. Aunque de primeras parecía que no pillaba mis intenciones, Martina reacciona propinando un fuerte pisotón a la chica, que la suelta. Utilizo la maniobra de distracción para lanzarme a por el payaso e intentar quitarle el arma. Forcejeamos y la pistola sale disparada, en una poco divertida paradoja, hacia los matorrales. Me golpea en la cara y caigo de bruces, pero me levanto rápido y le encaro, buscando a la vez la pistola con la mirada. Martina y la chica se tienen enganchadas la una a la otra por el pelo y la payasa grita lo que parecen insultos en su idioma materno.

Tras un rato de pelea, el payaso me golpea fuertemente en la boca del estómago, lo que hace que pierda la capacidad para respirar durante un instante, y se lanza a por la pistola. Casi a cámara lenta, veo cómo al recoger la pistola apunta directamente hacia Martina y le dispara en una rodilla. Cae fulminada al suelo, y la secuestradora le propina un puntapié en la cabeza. Llorando, Martina implora al cielo que la salve algún tipo de milagro, pero creo que es imposible, pues la sangre sale a borbotones de su rodilla y su cara cada vez es más pálida. Consigo recuperar la respiración y me lanzo de nuevo a por el payaso, pero me vuelve a golpear en el estómago y caigo. Los dos secuestradores se van a por Martina, recogiéndola del suelo y subiéndola en la motocicleta. Consigo levantarme y me lanzo a correr en dirección a la casa de Martina, buscando ayuda, pensando que si se centran en ella, igual consigo llegar a tiempo a la casa y, llamando a la policía podemos desarmar la operación contra la familia de la Vega. Corro lo más rápido que puedo, pero Martina se da cuenta de lo que estoy haciendo y me grita dándome ánimos. El payaso se da cuenta, y me apunta con el arma. Desvío la cabeza al frente, centrándome en mi objetivo más que en lo que pueda estar pasando a mis espaldas.

Un fuerte shock me golpea en la cabeza, y, de repente, todo está negro. El payaso sabía lo que hacía con el arma, lo sabía, pero ya no sé nada, ni volveré a saber nada.

Doy el último sorbo al té chai y me levanto de mi silla. Es bastante cómoda, pero es más ancha que el hueco de mi escritorio y no coge, por lo que tengo que escribir bastante separado y no me gusta. He rellenado dos folios con algo que podrá servirme en el futuro, o quizás hoy. Suelto la manta y me asomo a la ventana. El cigarro está completamente consumido y unas nubes negras amenazan la semana que entra. Tiro el cigarro a la calle y me fijo en que unas gotas empiezan a pintar de oscuro el alquitrán de la carretera. Está lloviendo y yo toso. Miro mi teléfono en busca de un plan para esta tarde: un café con mis amigos en un bar, una visita familiar, un cine en compañía de alguien y una cenita después y lo que surja… pero no, nadie se acuerda de alguien como yo los domingos. Y eso que hoy, precisamente, he leído en twitter que somos de quien se acuerda de nosotros los domingos por la tarde. Si eso es así, o no soy de nadie o soy solo mío, y no sé si eso es lo que quiero o es solo un estado al que me ha obligado a resignarme mi difícil carácter. Se me ocurre ir a correr y desfogar como digo que hago en la historia que he escrito pero, ¡vaya plan para un domingo! Haré algo mejor: me meteré en la bañera, pondré el último disco de Sam Smith bien bajito y disfrutaré de la sensación del agua hirviendo quemando y limpiando mi cuerpo de los excesos de ayer. Después me pondré el pijama, haré palomitas y me pondré una película en la televisión. Quizás una de vampiros. Ya basta de querer sentirme vivo por hoy, ya lo estoy.

Javier Pavón Amo

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