La boda

“El amor más sincero siempre es libre.”

 

— ¿Crees que debería casarme?

A Ruth se le infló el pecho bajo el escote de su vestido blanco y corto, y lo besó en los labios.

—Sí, ya sabes que lo creo.

Elías bajó la vista turbada al suelo, con los pensamientos tropezándose entre sí y apretó la mano con que la sujetaba.

La habitación tenía colores pálidos y ligeros, como el día que era claro y fresco pero sin brisa. La luz atravesaba las ventanas y Elías sólo podía pensar en lo guapa que estaba su amiga, con el pelo recogido con flores, las clavículas al aire y los sentidos a ras de piel y a la vista.

—Escúchame —pidió ella.

—Te escucho. —Elías sonrió son la boca cerrada y volvió a mirarla, aunque sus ojos parecían todo iris y tenía miedo de no saber salir de ellos.

—Tú la quieres.

—Sí.

—Y ella te quiere.

—Lo sé.

—Pues no hay más que hablar. Hace un día precioso para una boda.—Se sentó en su regazo y lo abrazó apretando las pestañas.

—A ti también te quiero.

—Ya lo sé. —Ruth le acarició la nuca y volvió a besarle—. Y yo, te quiero mucho.

Él tomó una de sus piernas y se la colocó detrás, con una a cada costado, para anudarla a su cintura, y dejó su barbilla en la curva del cuello de la muchacha.

—Hueles a ti.

Ruth soltó una carcajada, de las que sonaban desde la profundidad del estómago y le hacían inclinar la cabeza hacia atrás, de las que reverberaban en las paredes  y que Elías sabía con total certeza que extrañaría por encima de todo.

— ¿Y cómo es eso?

—Pues a ti. —Le pasó el aliento por el cuello y Ruth suspiró con el bello erizado y la melancolía prematura haciendo grumos en su pecho.Leer más »

La caza

Nota del autor: este relato puede herir su sensibilidad. Si es sensible a las imágenes grotescas, evítese leerlo. Si, por el contrario, es usted un lector amante del morbo y de lo gráfico, adelante: es usted más que bienvenido. Este relato fue anteriormente publicado en «Letras gilipollas«, el blog personal del autor: Javier Pavón Amo.

Leer más »

Otoños, domingos, muertes.

El cigarro se consumía en el alfeizar de la ventana, abierta, a través de la cual entraba esa amenaza de frío que llega a mediados de Octubre y que te avisa de lo que aún está por llegar. Era domingo, bueno, en realidad aún es domingo. Es hoy, esta historia es de hoy. El cigarro se consume en el alfeizar mientras escribo, tapado con una manta y la ventana abierta. ¿Que por qué tengo la ventana abierta y estoy tapado con una manta? Pues quizás porque quiero que el aire me dé en la cara, que me demuestre que sigo vivo, porque en realidad necesito que alguien o algo lo haga.

Es domingo y lo odio, pero no creo que lo odie como siempre he odiado los domingos, sino más bien de otra manera. Lo odio de verdad, sabiendo que aunque este día tenga un final, mañana seguiré con la misma sensación de nada que se ha instalado en mi cuerpo y no sale. Y encima es domingo. Nada que hacer, nadie con quien hablar, ningún sitio a dónde ir. Es por esto que los folios y los bolígrafos y yo montamos una pandilla para los domingos  y algunos días de entre semana que se disfrazan de ellos.Leer más »

No pasa nada, él está conmigo.

Él era de esas personas que le sacan fácilmente una sonrisa a cualquiera, de esas personas que están alegres sin ninguna razón en particular, de las que te hacen reír a carcajada, de las que se meten bajo tu piel y te tocan el alma. Ese era él.

Me rompió el corazón. Se fue y me sentí abandonada, perdida, asustada, sola en un mundo lleno de gente.

—Venga, cuéntamelo a mí que soy tu primo. ¿Quién es ese niño que te ha hecho llorar?

—Nadie —le respondí.

—¿Te gusta? Le puedo romper las piernas si tú me lo pides, lo sabes, ¿no?

—Qué pesado eres…

—¿Pesado yo? Venga, fuera de la cama.

Y así empezaba una más de nuestras peleas de cama… Él las adoraba. Me echaba a patadas y yo respondía atacándole dónde sabía que más le dolería. Él se agarraba sus partes como si fuera un bebé y decía: “¡Me vengaré!”.

Los días en los que aparecía por la puerta de casa, eran mis preferidos. En aquel entonces, me hacía cosquillas hasta enloquecer. Le encantaba hacerme rabiar, era su deporte favorito.

Aún recuerdo como a la edad en la que yo jugaba con sus antiguos Playmobil y él se metía conmigo por obviar a Barbie, me cogía en volandas, me ponía boca abajo y yo reía y gritaba de forma exagerada. Mi tía jamás atendía mi pedida de auxilio, lo dejaba jugar conmigo.

Cuando las hormonas desafiaron a mi razón, él estuvo ahí para darme ideas perversas que disgustarían a nuestros adultos. Yo me negué a agujerear o tintar alguna parte de mi cuerpo. Si hubiera sido por él, habría sido la más terrible de las niñas.

El primer móvil que tuve me lo compró él, puedo evocar su imagen fácilmente sentado a mi lado, rozando su hombro con el mío, sus manos en las mías… cálidas, siempre cálidas.

Leer más »