Cuentos de heroínas III: El valor

La suya había sido una historia hilvanada a base de injusticias. Una tras otra escupieron la tinta con la que se derramó en los libros, en los murales, mosaicos, lucernas, papiros y vasijas de barro su destino y su leyenda.

Su nombre significaba “protectora” y desde su nacimiento su sino la llevó a dar sin remedio. Era audaz y temprana, como una tormenta en verano estaba llena de luz y de fuerza. No se amedrantaba fácilmente y encontraba huecos por donde empujarse dentro de cada miedo. Fue esta naturaleza indómita la que condujo al mismo Poseidón a violarla en pleno templo.

Las doncellas de Atenea realizaban los ritos como cada día, en su danza sincronizada y mística de gasas volando que se mezclaban con el aire dorado y empapado de olor a aceite y agua de flores, cuando irrumpió en su serenidad lozana una corriente de agua venida de la nada. El dios silenció los cánticos con su voz de cascada furiosa. En visitas anteriores había advertido la fiereza de la joven virgen que la destacaba del resto, exponiéndola. Esta indocilidad había despertado en su ego la necesidad de doblegarla. Quería ver extinguirse la llama crepitante de fuego que ardía en las pupilas de la sacerdotisa. Para ello, la humillación no terminaba en desgarrarla como una bestia, no, su adicción a los juegos le impulsó a condenar no sólo su cuerpo, sino a mortificar su mente o su alma, dejándolo a elección de la víctima.

Le propuso salvarse intercambiando su puesto con el resto de doncellas. Era ella o todas sus hermanas padeciendo por amparar su castidad. Con el establecimiento de estos términos comenzó a ejercer su sometimiento sobre ella. Empezó así a romperla desde dentro, a empujar hacia abajo sus hombros sin ni siquiera tocarla. No estaba en su instinto la humillación, pero menos le cabía la cobardía. No hubiera permitido que una sola de esas mujeres ocupara su puesto. Lanzó un susurro determinante que reverberó contra las columnas inmaculadas pese a su temblor, con el que mandó a sus compañeras a resguardarse. El señor del mar la sometió a sus tormentos favoritos durante horas. Laceró su cuerpo hasta la extenuación y la maltrató como sólo pueden hacer aquellos acostumbrados a la superioridad y la impunidad desde la cuna.

Cuando llegó Atenea, encontró a su sierva con las mejillas rosadas y el cuerpo ensangrentado desnudo sobre el mármol de su templo. El agresor no le había tocado la cara y a la diosa le pareció que la fiebre acrecentaba su belleza. No la ayudó. Ni ella ni sus hermanas, que no hicieron más que culparla por haberlas puesto en peligro provocando a Poseidón.

No entendía cómo era posible que la castigaran por haber sido castigada. Se encontró en una rueda sin engranajes ni mecanismos de salida. Sola, rechazada y vejada. Con la integridad hecha girones y la voluntad encerrada sin llave. Sentía la libertad aleteando a su alrededor, desprendida de su piel, a merced de cualquiera como un pájaro de alas quebradas  que trastabilla.

Atenea llenó su cabeza de escamas verdes y escurridizas. Se encontró observada por minúsculos ojos negros de colmillos afilados y lenguas seseantes que le susurraban sin descanso sus culpas. La divinidad cubrió su cráneo de serpientes y la maldijo con el miedo y el odio, que la acompañarían como una sombra para la eternidad. Tal fue el impacto que el rostro de la humana provocó en ella, que quiso que nunca nadie volviera a desear mirarla, tal fue la acción de la justicia. A partir de entonces aquel que posara sus ojos en los de la Gorgona, se convertiría en piedra.

Así pasaría a las líneas de los narradores como el monstruo que cantan las poesías. Pero su condena no terminó ahí. Le quedaba todavía ser asesinada. Cuando el gran héroe mitológico la mató a sangre fría, por la espalda mientras dormía, ella se sujetaba el vientre redondo que albergaba al hijo de su violador. Pudo sentir al salir de su sueño el filo del acero en su cuello y el dolor por las dos vidas que se marchaban con el movimiento de la espada a través de su garganta.

Ningún poeta habló nunca de que Atenea eligió su cabeza cortada como símbolo para su escudo porque sabía de su fuerza y su poder, aunque no admitió con sus labios de ser superior que aquella adolescente tenía el coraje de mil guerreros. Tampoco contaron que su sangre regó los mares y los campos, haciendo brotar sendos corales y amapolas, porque ella era toda vida y la luz que vertió en el mundo silbaba una canción que alentaba al coraje y la esperanza.

La fuerza y la osadía fueron los pecados de mujer que acabaron con la vida de Medusa cuando apenas había terminado de ser una niña. De su voz vibrante y cálida no se guarda recuerdo alguno en la historia de los hombres, que la escribieron con su mirada pequeña y que no concierne a quienes no comparten esta índole. No se recogió testigo alguno de su sufrimiento. Medusa nunca será la salvadora que su nombre proclamaba. Quedará en el recuerdo como el monstruo del que Perseo liberó al mundo.

Su aliento, sin embargo, exhalará la verdad desde la otra orilla del Hades con la brisa que rodea a las flores de la mañana y las burbujas que brotan del fondo del océano. Recorrerá los oídos de los indolentes humanos recitando palabras de coraje que queden pegadas a ellos con la tibieza de la certeza cuando llega y acaricia la piel.

Medusa, el carácter más poderoso de las mujeres de la Grecia antigua, la más castigada, la que arrastraba cadenas de crímenes inventados al cuello y en los tobillos. Medusa, la mujer con reflejo de monstruo y alma de guerrera.

 

 

Podéis leer los otros dos cuentos de la serie aquí:

https://losfuegosfatuos.wordpress.com/2016/05/13/cuentosdeheroinasiiel-conocimiento/

https://losfuegosfatuos.wordpress.com/2016/03/11/cuentosdeheroinasilalibertad/

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