Al Joker no le gustan las piñas.

Este relato fue escrito originalmente para el blog “Letras gilipollas“, y que puedes leer en el siguiente enlace: https://letrasgilipollas.blogspot.com.es/2016/08/relato-al-joker-no-le-gustan-las-pinas.html

El día que todos descubrimos que al Joker no le gustan las piñas hacía mucho frío, más de lo habitual. El cinco de enero de 2015, en la Cárcel de Alhaurín de la Torre, todos los presos estábamos en el patio, charlando. Algunos jugaban unos leoncitos en la portería pintada en la pared del fondo con el balón que un día unos niños extraviaron al embarcarlo dentro de la propiedad, otros fumaban en una esquina escudriñando el horizonte, intentando encontrar una manera de salir de aquí física o mentalmente, o alguna esperanza para aguantar un día más, o un milagro; algo, en definitiva. El resto, los que éramos demasiado viejos para algo así, preferíamos estar sentados y charlar.

El Joker, don Javier de Santamaría González, uno de nuestros veteranos, estaba a tan solo dos meses de la ansiada libertad y, obviamente, el tema central de conversación era su inminente salida y de los proyectos de futuro que podría tener.

−Debes estar emocionado−, decía Jason, el pirómano de Alcaudete. –A mí aún me quedan seis años, tres meses y cuatro días para poder salir, y eso si me porto bien.

−Sí, bueno−, fue toda la contestación del Joker. Estaba cabizbajo, taciturno, y yo no sabía por qué. Aún después de casi veinte años conviviendo juntos en la cárcel, sus desagradables cicatrices me estremecían cada vez que hablaba. De ahí venía su mote, “el Joker de Huelin”, de las cicatrices que adornaban su cara, como las del famoso villano de la saga de Batman. –Tampoco creas que estoy tan feliz.

− ¿Cómo es posible eso? −, preguntó Jason. Jason, cuyo verdadero nombre era Pedro Trujillo, llevaba apenas unos meses en la cárcel. Era joven, atlético y, sobretodo, hiperactivo. En los diez minutos que llevábamos sentados allí, él había cambiado de posición al menos quince veces.

−Cállate, asno pajillero−, dijo el Jefe. El Jefe, don Mariano Alcaide, era el más veterano de la cárcel. Llevaba tanto tiempo que ni él mismo sabría decir cuándo llegó ni cuándo saldrá. Era un hombre mayor, de casi ochenta años, que había viajado por todo el mundo, hablaba rumano, inglés, francés, español y portugués con fluidez y que sabía de todo. –Salir de aquí después de tantos años no es cosa fácil, chico. Este ha sido su sitio todo este tiempo, este ha sido su hogar, su realidad. No sabe qué le espera ahí afuera.

−No tengo ganas de hablar del tema−, dijo el Joker, y se fue.

Yo me quedé con el resto del grupo mientras duraba nuestro recreo. Para dos horas al aire libre que teníamos al día, no era plato de buen gusto desperdiciarlas, por mucho frío que hiciera. Encendí un cigarrillo.

 

Don Javier de Santamaría González llegó a la cárcel de Alhaurín cuando yo ya estaba allí. Aún recuerdo su primer día aquí: alterado, asustado, no quiso entablar conversación con nadie, y nadie quiso entablar conversación con él. Su aspecto nos intimidaba: casi dos metros de altura, su melena castaña le caía casi hasta los hombros, sus ojos verdes inyectados en sangre, su ancha espalda surcada de tatuajes y, sobre todo, esas cicatrices. El símbolo de la anarquía decoraba el dorso de su mano derecha, con la que se tapaba la cara. La suerte estuvo de mi lado cuando lo pusieron en mi celda, aunque yo no lo consideré así en un primer momento. Mi anterior compañero había sido asesinado un día en los baños por otro preso y yo llevaba dos semanas solo. Echaba de menos a ese condenado José el Toto, pero era demasiado problemático y, claro, acabó como tenía que acabar.

− ¿Quieres saber de qué son estas cicatrices?−, fue lo primero que dijo desde que entró en la celda.

−Sí, − « ¿por qué no?», pensé yo.

−Amaba a mi mujer, te aseguro que la amaba−, dijo, y ante mi silencio, decidió proseguir. –Yo bebía, bebía mucho, desde que era prácticamente un niño. Tenía un trabajo de mierda en una fábrica de cajas de cartón y por más que lo intentábamos no conseguíamos que se quedara embarazada, que era lo que queríamos, pese a que casi no podíamos sobrevivir con nuestros sueldos. Un amigo mío tenía un bar e iba allí todas las noches. Por cada whisky que yo me bebía, él me invitaba a otro. Era un buen amigo y siempre me escuchaba y me aconsejaba.

»Una noche, llegué a casa muy borracho, más de lo que acostumbraba, y ella me estaba esperando. Empezó a gritarme diciéndome que si no podía dejarla embarazada era porque siempre estaba borracho y que cómo pensaba ser un buen padre si me pasaba las noches bebiendo en el bar. Quizás tuviera razón, pero yo estaba demasiado borracho. Le dije que parase, que necesitaba descansar. Pero siguió. Entré en cólera y la golpeé. Ella no se amilanó y me golpeó. Siempre me gustó su gallardía, su fuerza, su valentía. Cuando me quise dar cuenta, ella estaba encima de mí con mi navaja de la mili y yo no me podía mover.

»− ¿Por qué estás tan serio, Javi?−, me preguntó.− ¿Por qué no te ríes?−, mientras me tapaba la boca con su mano y se carcajeaba como una maníaca. –Vamos, sonríe, todo te va de puta madre: te levantas, vas a trabajar, luego te vas a tu bar con tu amigote, bebes todo lo que te da la gana y luego vuelves a casa, donde tu mujercita te tiene la comida preparada y una buena mamada en tu ración de sexo diario. Vamos, sonríe. ¿Por qué estás tan serio? Vamos−, dijo con un registro de voz completamente diferente: aterrador, −te dibujaré una bonita sonrisa ya que tú no quieres sonreír. –Mi cuerpo no respondía.

»Me rajó ambos lados de la boca con el cuchillo, como puedes ver, me dejó tirado en el suelo y se encerró en el dormitorio a llorar. Cuando recobré el sentido seguía borracho y todo estaba manchado de sangre y me dolía la cara. Me levanté, tiré la puerta abajo y la maté a golpes. Y hasta ahora.

 

Aquel cinco de enero de 2015 nos dieron piña de postre. Dos ruedas de piña en almíbar, lo más apetecible que habíamos tenido en mucho tiempo. De hecho creo que jamás antes nos habían puesto piña antes. Había una nueva directora en la Cárcel, más joven y con ideas nuevas para que los presos se sintieran mejor en la que era su casa.

−Odio la piña−, me dijo el Joker. –Cómete la mía si quieres, Brat.

Brat era mi apodo en la cárcel, por mi pasado en Bulgaria.

−Gracias−, le dije.

−A ella le encantaba la piña. Tenía una tatuada en las costillas, en sus preciosas costillas.

Comimos en silencio, el Jefe, Jason, él y yo.

 

El Joker y yo nos hicimos buenos amigos, pero no porque congeniáramos, precisamente. Es la realidad de la cárcel, que tienes que hacer amigos de forma forzosa, pues es la única compañía que tienes. Él era mi hermano desde el momento en que entró en la celda, y yo su único amigo en el principio de su estancia.

Él era un tipo muy complicado, pese a su físico imponente y poderoso. Siempre reservado, solo me dejaba a mí acercarme de vez en cuando y por supuesto yo era el único que sabía de su historia. Algunas noches lo oía revolverse en su cama con ataques de ansiedad. No era una mala persona, simplemente un loco que cometió un error, y su locura no era sino producto de la sociedad, de su vida personal. Sus padres se divorciaron cuando él aún era un niño y lo dejaron a cuidado de su hermano mayor, pues ambos emigraron, cada uno a un país diferente. Su hermano vendía droga para mantenerse y mantenerlo a él, y su educación en el colegio fue corta e irregular. Empezó a trabajar a los quince años, sin preparación ninguna y vagó toda su vida de un trabajo de mierda a otro.

Con el tiempo descubrí que odiaba a todos los demás presos. Tenía un recelo especial por el Jefe, del que decía que no comprendía su perpetuo mal humor ni por qué a mí me caía en gracia. Y es que yo, siempre de mente inquieta, gustaba, y gusto aún hoy en día, de las innumerables historias e informaciones que el experimentado don Mariano tenía por compartir. Siempre me sorprendía con algo nuevo, con un libro que ni sabía que existía, con una anécdota totalmente aleatoria que le había ocurrido en el lugar más inimaginable y con una moraleja cada vez.

Pero por mí tenía una empatía especial, diferente. Me decía que yo era como un hermano para él, la única persona en la que podía confiar en el mundo. Pensaba que todas las personas de su pasado le habían olvidado por lo que había hecho, ya que nunca recibió una visita, una carta, nada. Le gustaba compartir su tiempo conmigo, aunque estuviéramos en silencio.

 

−Yo no soy un buen amigo−, le dije uno de los primeros días.

−No te creo. Tú tienes un buen corazón, lo sé.

−Ni siquiera sabes cómo me llamo de verdad.

−No es necesario.

−Ni siquiera sabes por qué estoy aquí.

−Tampoco es necesario. Lo único que me importa es que estás aquí conmigo, Brat.

− ¿Pero quieres saberlo?

−Vale.

−Inmigré a Bulgaria huyendo de una mujer. Me enamoré de ella y ella nunca me correspondió. Decía que yo era solo un buen amigo para ella, y que o era su amigo o nada. Y dejó de hablarme, y decidí dejarlo todo y empezar una nueva vida. Ella era delicada, de piel pálida, pelirroja, con pecas y unos esperanzadores ojos verdes. Inteligente como nadie e inocente como una niña pequeña pese a que la mayor parte del tiempo era la madura de la relación, que no era relación a fin de cuentas. Era todo lo que quería en el mundo. En Bulgaria encontré un trabajo de cocinero en el restaurante de un hotel y un apartamento bastante barato en el que vivir. Sofía es una ciudad enorme y preciosa. Pero a las dos semanas de estar allí me la encontré en una esquina. Era una noche oscura, sin luna, con una leve bruma. Era ella, estaba seguro. La perseguí y, no sé por qué, maté a aquella chica con uno de mis cuchillos. Siempre los llevaba encima para que no los utilizaran los demás cocineros del hotel. La cosa no quedó ahí, pues al mes me la encontré otra vez y volví a matarla, y después otras diez veces. En los periódicos me apodaron “el asesino del jengibre”, porque en ingles ginger significa jengibre y también pelirrojo.

−Bueno, yo no soy pelirrojo.

−Pero aún así, soy peligroso.

−Todos aquí lo somos.

− ¿Y si un día te conviertes en ella en mi mente y te mato?

−Algún día habrá que morirse.

Hubo un silencio largo, que él mismo rompió.

−Tranquilo, David, no vas a matarme.

¿Quién le había dicho mi verdadero nombre?

−No lo sé.

−Yo sí lo sé. Eres un buen hombre con un buen corazón.

 

El Joker tenía días de locura incontrolables. Se podía tirar las veinticuatro horas yendo de acá para allá, riendo a carcajadas, con una risa criminal que podría servir para el tráiler de una película de terror y acompañar las pesadillas de millones de niñas en el mundo, contando teorías conspiranóicas a todo el que se acercaba y gritando «¿por qué tan serios todos?» por todos los rincones de la cárcel.

Su teoría favorita era la de que la cárcel en realidad era un manicomio y que lo que estaban haciendo con nosotros era un experimento socio-psicológico. Decía que por las noches nos inyectaban diferentes fármacos para ver cómo reaccionábamos y que él lo sabía porque había noches que no podía dormir y como lo veían despierto no lo medicaban. Lo proclamaba por todas las esquinas, y hasta el Jefe se maravillaba con las bases de sus teorías. En esos días, él era amigo del Jefe y el Jefe era amigo suyo. Se tiraban horas hablando de los posibles objetivos de las investigaciones que “tenían lugar allí dentro”, y acababan riendo los dos como dos locos de atar.

 

La noche del cinco de enero de 2015, cuando ya estábamos en la cama, el Joker me dijo que tenía miedo de salir.

− ¿Por qué?−, pregunté yo.

− ¿Qué me espera ahí afuera? Nada. No tengo amigos, no tengo familia, no tengo trabajo.

−Te espera la libertad.

−No quiero la libertad.

− ¿Cómo que no? Puedes ir donde quieras, hablar con quien quieras, hacer lo que quieras. Tendrás el mundo a tus pies.

−Mi mundo es este, Brat. Esta cárcel es mi hogar, tú eres el único amigo que tengo el mundo, mi única familia. No sé cómo es el mundo fuera. No sin ella. Ella era mi mundo fuera.

Me bajé de la litera y le abracé.

−Todo va a salir bien, ya lo verás. Además, a mí ya solo me queda un año y medio más aquí. Podremos reunirnos cuando salga. ¿Te gustaría?

− ¿Me lo dices de verdad?

−Claro. Yo tampoco tengo a nadie esperándome fuera. Bueno sí, a ti.

−Un año y medio es mucho tiempo.

−No tanto, Javi.

 

Un día consiguió que el tatuador oficial de la cárcel, un estadounidense que llevaba allí dos años por tráfico de drogas y al que aún le quedaban unos catorce más, nos hiciera un tatuaje. Nadie sabe cómo entró la máquina y la tinta y todos los artefactos necesarios para tatuar allí, pero lo hizo. El Joker estaba emocionadísimo, por lo que le dejé elegir. Total, él ya estaba lleno de tatuajes y yo tenía otros tantos. Eligió un murciélago, porque decía que si él era el Joker, tenía que llevar a Batman consigo de alguna manera, y que yo era Batman para él.

−Pero Batman es el enemigo del Joker−, le dije yo.

−No, te equivocas. Batman y el Joker están destinados a convivir, a coexistir. Batman necesita de un criminal tan sofisticado e ilógico que atraparlo sea prácticamente imposible, y el Joker necesita de una figura de autoridad a la que romper los esquemas. El Joker no es un criminal típico que mata por matar, sino que su misión es destruir la sociedad, instaurar una gran anarquía a partir de instaurar muchas pequeñas anarquías.

−Pero yo también soy un criminal, no puedo ser Batman.

−Hablo desde un sentido figurado. Tú eres para mí una figura de autoridad porque eres mi hermano mayor. Me cuidas y te comprometes a que no cometa ninguna locura, pese a que a veces te guste disfrutar de ellas conmigo.

A veces era mejor darle la razón y dejarle hacer.

Nos hicimos el tatuaje juntos, y nuestra amistad se intensificó más aún aquel día. En sus días de locura dejó de lado sus paranoias y empezó a contar a todo el mundo lo importante que yo era para él. Decía que nunca se pudo imaginar encontrar alguien como yo en un sitio como este, que yo era especial para él desde el día en que llegó y que se sentía muy afortunado.

−La primera vez que lo vi pensé: “menudo gilipollas el gordo este”, y aún hoy lo pienso, porque es un gilipollas, pero lo quiero muchísimo. Está loco, como yo, y su voz es horrible, pero sé que nunca podré olvidarle.

 

El Joker era una persona extraordinaria, dentro de su locura, dentro de su mundo. A veces hablaba de su mujer como si aún estuviera viva y de los planes de futuro que tenía en cuanto saliera de la cárcel: buscarla, pedirle perdón por todo, besarla, hacerle el amor, convertirla en la princesa que merecía ser. Otros días, en cambio, lloraba hasta la saciedad al concienciarse de que jamás volvería a verla en este mundo.

Su Harley Quinn particular era una joven vendedora de cosméticos que empezó a estudiar Química en la Universidad pero que lo dejó porque conoció a Javi en un bar del centro y se dejó llevar a su caótico mundo. «Le dije que si la besaba nunca más volvería a tocar un libro y que su mundo se habría acabado, entrando en uno lleno de caos», decía él cada vez que la recordaba. Ella se dejó llevar, encantada con aquél personaje tan imponente e intrigante. Se mudaron juntos al apartamento en que su vida acabó y empezó a vender casa por casa unos cosméticos que no le daban para vivir. «Era más que guapa, mucho más que guapa. Tenía una melena rubia que me destrozaba cuando bailaba en mi pecho, una mirada arrolladoramente negra, unos labios hechos de mango, y la fuerza de un tanque». El Joker hablaba de ella siempre bien, nunca la tachó de mala persona, de egoísta o de pícara, pese a que las historias que me contaba dejaban claro que era todo eso y más. Él le había contagiado su locura y yo no sabía cuál de los dos estaba más loco al final de su fatídica historia. «Yo sé que me está esperando allí arriba, o allí abajo, donde quiera que esté», me decía.

 

El día antes de que se fuera definitivamente, estábamos Jason, él y yo fuera, cuando sacó del bolsillo de su uniforme de preso una bolita de platina con marihuana dentro.

− ¿De dónde has sacado eso? −, pregunté.

−Un mago nunca revela sus trucos, Brat. –Me guiñó un ojo. Al parecer yo era el único que no sabía cómo apañar los “objetos prohibidos”, y eso que llevaba aquí una vida. –Quiero fumarme un buen porro contigo antes de irme.

Diez minutos más tarde, los tres estábamos tumbados en el patio, descojonándonos.

− ¿Te imaginas que le dejo el mechero a Jason? La que podría liar en un minuto.

Y nos volvíamos a reír.

−Eh−, dijo Jason al cabo de un minuto. –Que prendiera fuego a dos o tres edificios no me convierte en un pirómano.

−Veinte, Jason, fueron veinte, y en todos hubo víctimas−, dije yo.

−Es verdad−, sentenció, y volvimos a reír.

−Por favor, Jason, déjanos a solas. Quiero hablar con Brat−, dijo el Joker.

− ¿Os vais a besar? −, preguntó Jason.

−Sí, así que si no quieres ser la cabina del motor del ferrocarril, será mejor que te vayas.

¿De dónde había sacado aquella metáfora homosexual tan rebuscada? Otra vez volvía a dejarme sin palabras. Jason se fue y nos dejó a solas. Él hizo otro porro y nos lo fumamos en silencio.

− ¿De verdad vas a venir a buscarme cuando salgas?

−Y si no te encuentro te mato−, le dije yo.

−Pero, ¿y si no sé vivir fuera de aquí? ¿Y si vuelvo a matar? ¿Quién va a dar trabajo a un exdelincuente con estas cicatrices?

−Alguien lo hará. Tranquilo, Javi. –En la intimidad le llamaba así.

−No lo sé, David. No sé si podré vivir sin ti después de tanto tiempo.

−Pero tienes que hacerlo. Yo también tengo que vivir sin ti ahora y será difícil. Pero cada día, cada noche, en la ducha, miraré mi brazo y veré este tatuaje y me acordaré de ti, y buscaré la luna a través de las rejas del cuarto de baño y creeré que, en algún lugar, tú también la estarás mirando. La luna será nuestra bat-señal, ¿te parece?

−Vale.

Estuvimos en silencio un buen rato.

−Te odio, −me dijo.

−Y yo a ti.

−Te voy a matar.

−No si yo te mato a ti antes.

Y volvimos a reír.

Perdí la cuenta de la cantidad de abrazos que me dio aquella noche, e incluso me besó en la mejilla. Nadie se dejó caer por la sala común aquella noche tras la cena, todos se fueron directos a sus cuartos. Nosotros recordamos todas las anécdotas que habíamos vivido todos estos años, como sus días de locura y todo lo que desencadenaban, como las navidades y los “regalos” que nos daban, que solían ser un paquete de tabaco o una botella de whisky barato, o las novatadas que le hacíamos a los nuevos y que casi siempre eran idea de él… Estuvimos toda la noche juntos, hablando.

 

Y a la mañana siguiente, cuando el oficial vino a llevárselo, todos lo estaban esperando en la puerta de salida.

−Nunca te olvidaremos, Joker−, dijo el Jefe, estrechándole la mano. Entonces descubrí que nunca se habían odiado, sino que se tenían un respeto superior al normal, como el que un hijo le tiene a un padre. –Por el Joker: hip hip…

− ¡Hurra!−, gritamos el resto.

Estrechó la mano de todos y, justo cuando el oficial ya tenía la puerta abierta, se volvió hacia mí y me abrazó como no lo había hecho antes. Me sacaba una cabeza de altura, pero aquel día él era más pequeño que nadie y todos mis huesos se estremecieron. «Te quiero, Brat, hermano», me dijo al oído, y se fue. Yo me volví a la celda para que no me vieran llorar.

 

Dos meses y cuatro días después, el Jefe se presentó en mi celda con Jason. Aún no me habían traído un nuevo compañero y vivía mi soledad a mis anchas. Era extraño que otro preso viniera a visitarme, pues solíamos vernos en las zonas comunes. Se sentaron cada uno a un lado de mí, dejándome en el centro.

− ¿Cómo estás, compañero? −, me preguntó el Jefe, acariciando mi espalda con su enorme y rugosa mano. Podía notar los callos de sus manos a través del uniforme de preso.

−Bien, ¿cómo voy a estar?

−Le echas de menos−, afirmó.

−Le echo de menos−, confirmé.

−Tú sabes que él no estaba hecho para vivir en libertad. Su sitio era este. Pese a que el ser humano anhela desde lo más profundo de su ser el ser libre, hay quienes no pueden vivir con la presión de no estar atados a algo. Para ellos, la libertad es la verdadera cárcel.

− ¿Qué me estás contando, Jefe? –Me estaba poniendo nervioso.

−Mira−, me tendió el periódico y me señaló una pequeña columna en un lateral.

«El asesino local conocido como “El Joker de Huelin”, fue encontrado muerto anoche, a las 4 de la mañana, en el que fuera su hogar antes de la tragedia que lo trasladó a la cárcel de Alhaurín de la Torre hace veinte años. El criminal, que había salido de la cárcel hace poco, volvió al lugar de la tragedia y murió por una sobredosis de alcohol.»

Una foto de él cuando entró en la cárcel, hacía veinte años, acompañaba el artículo.

−No, esto no es verdad−, dije al jefe, notando la hinchazón en mis ojos. –No es verdad. Él está esperándome afuera. Nos vamos a encontrar cuando yo salga. Me lo prometió.

− ¿Él te lo prometió o tú se lo prometiste a él?−, me contestó. Y, tras dos minutos de silencio, añadió: − lo siento, Brat. Sé lo mucho que le querías. Él no pudo soportar el precio de la libertad. Los criminales lo somos hasta que morimos.

Me sequé las lágrimas, miré al Jefe a los ojos, y le dije:

−No pasa nada, Jefe. Ahora es verdaderamente libre. Ahora el Joker está con su Harley Quinn, en algún lugar. Y algún día me lo volveré a encontrar. Seguro. Y el día que lo encuentre, lo mataré.

 

Javier Pavón Amo

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