Placer de muerte

 

Verá, agente, mi novia y yo llevábamos, por razones lunares, una eternidad sin follar. Esa noche salimos a tomar algo. Cuando, en el baño, vio que no manchaba, nos marchamos de allí ansiosos. A mitad de camino me susurró al oído: “Te prometo que antes de que toques el pomo de tu puerta, te correrás”. Yo tuve una extraña corazonada, y le dije que prefería hacerlo ya en casa, pero ella se lo tomó como un desafío. Jamás podría imaginarme que fuera a pasar…eso. Lo sé, disculpe, no me estoy riendo. A mi novia le gusta llevar las cosas al límite, y no fue hasta que iba a rozar el pomo de casa que se puso de rodillas y me bajó los pantalones. Vivo en un cuarto, y a esas horas en el rellano vacío cualquier ruido se escuchaba amplificado. No quería molestar a mis compañeros, así que, sin que mi novia parase, me moví hasta la puerta de mi vecina.

No lo hice con la más mínima intención, ¡sería absurdo! Me había encontrado con Aurelia varias veces en el ascensor, y sabía que la pobre tenía mal la cadera y estaba prácticamente sorda, así que no la molestaríamos.

Mi novia chupó así y así, y al cabo de unos cinco minutos me corrí. Normalmente apunta hacia una de sus mejillas o su pecho, pero esa noche no le apetecería, y en el último momento me giró a un lado, y casi toda la acumulación cayó en el suelo frente a la puerta de Aurelia. Como ve usted, agente, si alguien es culpable es ella. Yo solo soy el arma, pero ella es quien apretó el gatillo.

Contándolo ahora, parece que todos fueron una concatenación inevitable de sucesos, que tenía que acabar inevitablemente en ese trágico resbalón.

Cuentos de heroínas II: El conocimiento

Sólo hay un dios, y es el conocimiento, y una maldad, que es la ignorancia

(Platón)

En el aire quedó flotando una neblina cargada de hierbabuena y romero, que se mantuvo suspendida aún durante nueve días después de que su cuerpo se hubiera quemado. Los que asistieron a la ejecución pública aseguraron que sus chillidos sonaban a madera de roble crujiendo y crepitando.

Ella era toda matriz, cálida y honda como el vientre mismo de la tierra. Tenía los ojos llenos bosque y el tacto de su tez era de musgo y dientes de león. Desde niña se había criado acostumbrada a la soledad de la montaña. Se alimentaba sólo de tierra húmeda, hincaba los dedos entre las lombrices y se llenaba la boca. Vivía en lo profundo, sitiada por torres de libros cuyas hojas gastadas de leerse eran traslúcidas como las alas de los murciélagos que los sobrevolaban. Había consagrado su vida al estudio de las artes y las ciencias. Conocía los designios del cielo y de los hombres, los caminos recorridos y los entresijos del porvenir. Se encontraba en posesión de todos los secretos de la existencia, los llevaba escritos en el filo de los labios y se los sacudía de vez en cuando, y entonces su voz sonaba a lluvia y a lejanía.

Nunca aparecía si no la llamaban. Rompía el estrépito de la vegetación con su ropa blanca y miraba siempre a las estrellas. Los misterios se enfilaban entre sus vértebras y la mantenían erguida, susurrando secretos para los que el mundo no tenía escudos. El conocimiento es peligroso, libera el alma. Si silbabas su nombre, aparecía entre las raíces, y te concedía un pedazo de sabiduría vieja como el sonido del viento. No le negaba a nadie el saber que perseguían, pero no siempre traían consigo las preguntas acertadas. Sus designios eran semillas que sus receptores alimentaban de esperanza, odio o impaciencia; ella las plantaba y se marchaba sin hacer ruido.Leer más »

Anatomía de un ramo de flores

Es curioso comprar un ramo de flores. Para empezar, para alguien como yo, es casi imposible de elegir cuando se compran para alguien como tú. Llegas a la tienda sin saber muy bien qué quieres, ni para qué. Pero concienciado de que no importa qué precio tenga el ramo, mientras sea el más grande y bonito. Le preguntas a la encargada que qué puede ser lo mejor para alguien así y así, y ella te acaba enseñando toda la tienda. Al final comprendes que en el amor el tamaño no importa, que es mejor la sencillez, y que vale más una carta de tu propio puño y letra, que unas flores de oro. Y al final, sales de allí con un ramo clásico variado.

De pronto, atraes la atención de todo el mundo.  Y la mayoría sonríe con los ojos brillantes. Con ciertas diferencias entre hombres y mujeres. Muchos hombres parece que sonríen como diciendo “Seguro que la has cagado, y vas a intentar un clásico”, otros sonríen hacia dentro, pues les acaban de recordar que hubo una época en que ellos también hacían esas cosas, y ahora volverán a hacerlo. Las mujeres se sorprende más, y sonríen con más picardía, como si fuese un divertido y anticuado acto romántico, o como una chispa de esperanza de que aún existe el romanticismo. Puedo ver cómo en sus ojos se representan escenas, arrodillado, felicitándote por nuestro aniversario, presentándome en tu puerta para sacarte a cenar en una ocasión especial. Ninguna parece pensar que no hay más razón que la de intentar hacer tu día al menos un poquito más feliz.Leer más »

Ceniza verde

«Hay que inyectarse cada día con fantasía para no morir de realidad» Ray Bradbury

Su cuerpo se agitaba y se retorcía de manera violenta sobre la cama.

—¿Cuántos días hay en una hora?¿Cuántas veces? ¿Cuántas…? Las vidas. El tiempo que no pasa. Ciegos. Sordos. Sin memoria. 

—Alicia. —Notó el paño húmedo sobre la frente—. Alicia, estás bien.

—Una oruga gorda y verde. Fuma billetes y escupe el humo frente a una extraña concurrencia. Uno de esos seres sonríe sin tregua y mantiene sus ojos, cargados de locura, fijos sobre el dinero. Otro asiente y aplaude cada exhalación densa y maloliente que cubre su rostro. La mayoría tirita. Encogen los hombros y agachan la cabeza. Sin detener su temblor. Pero todos están frente al horrible monstruo, respirando el aire sucio de ceniza verde. Nadie se marcha. Leer más »

El borrón de tinta

Me desperté muy temprano, miré por la ventana y había amanecido hace poco. El cielo aún no era azul del todo. Me dolía la espalda, cosas de dormir en el sofá, probablemente; pero es que la cama ya no me daba tregua. Subí las escaleras sin hacer ruido, pese a estar sola en casa. Claro que en un caserón así de viejo nunca se está sola del todo, ¿no? En un acto reflejo me iba a mirar en el espejo del baño. Me volví a medio camino, no estaba segura de si había llegado a ponerlo aún. Puede que esta casa fuera más vieja que mis seis hermanos y yo juntos, pero para mí, que la acababa de comprar, aún era nueva; todo estaba por estrenar. Todo excepto, claro está, la cama. Me lo habían advertido los de la inmobiliaria, pero no me pude resistir, tan grande, con un dosel de seda blanco y ese cabecero con ángeles tallados me conquistaron. Me sentía como una princesa. Todo eso fue antes de las pesadillas, ahora ni podía dormir ni me sentía como una princesa. Aquella figura sin apenas definir, borrosa, tal vez hombre tal vez mujer, me perseguía. Se convirtió el dormir en mi mayor miedo.Leer más »