Transparente

Nadia se despertó con un fuerte pinchazo en la planta del pie. Se incorporó de un salto con un aullido alarmado. Las pisadas urgentes de su madre por el pasillo culminaron cuando abrió de una brazada la puerta de su habitación con un histérico “¿Qué? ¿Qué tienes, qué te pasa?”. Nadia tranquilizó a su madre, “Nada, ha sido una pesadilla, no te preocupes”. Ella la miró con cara compungida desde el marco de la puerta. Dudó un segundo, pero luego se acercó a la cama y besó rápidamente la frente de Nadia. Su hija apretó los labios y le dio las buenas noches. Permaneció tensa escuchando las pisadas de vuelta por el pasillo y sólo se relajó cuando hubo escuchado la puerta cerrarse.Leer más »

Monster

Cogió el pequeño dispositivo del suelo y se lo llevó a la nariz. El calor de un procesador más el de unas manos concentradas.

Se había tenido que marchar precipitadamente, dejando aquello atrás, pero no sería capaz de alcanzarla. Eso lo tenía claro, ya estaba muy lejos. Aunque la aleación metálica aún conservara trazas del calor de su sangre.Leer más »

Bitácora

 

Te quiero más de lo que te necesito, y te necesito tanto…

-Alice Bowman, Waiting

¿Lo recuerdas? La hora que pasamos mirándonos los pies, con trescientas veinte palabras por segundo quemándonos los pulmones y muriendo en nuestra garganta. Siempre te siento en cada pulsación de mis tejidos, como antaño, cuando contaba los patrones de las colchas en las que dormías y tejía con las uñas mordidas el tapiz de Penélope. La resaca arrastra siempre mar adentro. Desde el albor de los besos. Tatúame tu estrella del norte para que no me pierda aunque sólo se vean nubes. Pero que luego se borre.

El Silencio del Algodón

La noche que su marido murió, Seema se vistió de blanco. Seema no lloró durante el funeral, pero lloró luego, cuando terminó de limpiar y purificar el hogar de su esposo. Sólo lloró una vez, y ya no lo hizo más. No cuando abandonaba su sari favorito, de seda granate, azul y naranja, en un cajón de la casa. No cuando guardaba las joyas de boda de su difunta madre junto con las joyas de la familia de su esposo. No mientras su bruñido pelo negro caía sin vida al suelo. Ni siquiera cuando consiguió tragar que no volvería a ver a sus dos hijos varones, a los que su abuela no permitió verla marchar.

Seema se despidió junto con su marido del color; se convirtió en un ser blanco, un objeto sin pronombre. Seema dejó atrás la casa de su esposo, se marcó la frente con ceniza y se marchó para siempre de su vida.

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Pose

Se desliza las braguitas azules por los muslos y se arregla con el meñique la esquina suelta de las pestañas postizas. Nunca se ha sentido tan vacía. Cuando sale del retrete, su reflejo en el espejo del baño público le devuelve una mirada de decepción con la peluca torcida. Se endereza el flequillo sobre las cejas y sale como un rayo del baño, sintiendo en la nuca y en lo corto de su falda los ojos de las tres chicas que se maquillan en la otra esquina. Tienen que haberse cruzado con él cuando salía.

El caleidoscopio de colores la engulle cuando sale al pabellón principal. Todas las caras pintadas, todas las voces, tan agudas y graves. Da vueltas entre los puestos buscándole, con un reflejo de náusea subiéndole por el esófago. Alguien se hace una foto con ella. Alguien le pone la mano en el hombro haciéndose una foto con ella. Alguien grita de emoción al verla. Ella huye. Otro flash. El rosa. El flash azul. La peluca roja. Los pechos de una chica en bikini. Un rifle. Otro flash. Su pelo sintético sobre sus párpados. Dónde está. No le encuentra. La luz de la salida es blanca. Se aferra a ella.Leer más »

Las Últimas Huellas en la Nieve (Fragmento)

La montaña no debería estar verde. Aunque Ipal no la había visto nunca de otro color, lo sabía. Toda su vida había girado en torno a devolverla al blanco original. Nació en los tiempos del Deshielo, y a pesar de los esfuerzos de la tribu por apaciguar a los espíritus, parecía que su ofensa no tenía perdón.

Habían vuelto a los viejos modos de los ancianos, habían retornado a su tierra madre, cada noche alzaban los dedos hacia las estrellas y rogaban perdón, pero la nieve no volvía. Las lloviznas de gotas ligeras como motas de polvo se revolvían en el aire y, cuando morían al tocar el suelo, el pueblo gemía desde el fondo de sus estómagos.

Aquella mañana lloviznaba. Ipal alzó la nariz hacia las nubes. Aunque fuese una maldición, a ella le gustaban los ligeros besos del agua. El silbido de la honda de Vai la devolvió a la montaña. Su gente, que ya casi había olvidado las cacerías en el hielo, tuvo que aprender a cazar a un tipo nuevo de presas, que corrían por la tierra seca y las ramas de los árboles. Por eso acogieron a una tribu del sur que venía huyendo de las aguas voraces. Su comunidad nativa se unió para suplicar la vuelta de las nieves, pues al fin y al cabo los espíritus son los espíritus y oyen sin importar qué lengua les cante.Leer más »