¿Podría ser ella?

Repartiendo ingredientes sobre una fina masa, me preguntaba qué estaba haciendo con mi vida. Me veía casi en el mismo punto que estaba meses atrás, solo que más frustrado e impotente. A mi lado, en el lugar inmediatamente anterior y casi hombro con hombro, estaba Isabella. Ella amasaba las bases y yo las rellenaba y las metía directamente al horno. Llevaba varios años trabajando en la pizzería, prácticamente desde que llegó de Colombia enamorada de un español bastante mayor que ella. Vivían juntos y, aunque él trabajaba de comercial en una gran empresa, ella no había querido sentirse como una mantenida y trabajó “de-lo-que-sea” desde que llegó. Habíamos salido de copas alguna vez, siempre en grupo, pero no hablábamos demasiado. Tremendamente atractiva, guapa y de pechos enormes, era la sensación cada vez que nos reuníamos fuera del trabajo. Inevitablemente la mirábamos todos. A mí me resultaba bastante violento a veces y era capaz incluso de esquivarla por no tener un momento incómodo.

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Capitulo 7

 

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera

Como una historia del pasado ya olvidada, vuelvo a abrir las páginas de su novela. La

de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos

novela de la Maga. La que me quita el sueño y me encuentra sin buscarme. La que me

para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que

hace estar aquí, homenajeando, a mi modo, un capítulo de su Rayuela, de mi historia

mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad

de aprendizaje. Igual que Horacio, echando de menos a una Maga que no sé muy bien si

elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco

existe o si, por el contrario, la creé después de sentir una envidia inevitable por

comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano

el cobarde de Horacio.

te dibuja.Leer más »

Sentado en la Alameda

Olía a mar. Paco no recordaba por qué había salido a la calle en una mañana como aquella. Cádiz en enero era muy fría, y más aún cuando te encontrabas cerca del paseo marítimo. Podía haberse quedado con la estufa encendida dentro del piso, viendo la repetición de cualquiera de las sesiones del carnaval que tenía grabadas en VHS. Más de una estaba gastada de las veces que las había visto. Las de los años de sus primeros premios sobretodo.

Estaba en la calle con su viejo cuaderno y un boli casi gastado. Buscando, entre olas y viento, las musas que le hiciesen juntar un par de letras para el grupo de ese año. Podría escribir de alguno de sus viajes, de cualquiera de sus últimas experiencias, o del nuevo alcalde de Podemos, que seguro que era un tema que no iban a tocar demasiado.

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Amor oxidado

Resultaba curioso leer la cantidad de cosas que la gente es capaz de escribir en la puerta de un servicio público. Mientras me relajaba en la tranquilidad de mi silencio, me hacía gracia leer las ocurrencias de algunos “poetas de váter”. Desde el típico “Te quiero Claudia” hasta alguna semi-reflexión profunda del tipo: “Dicen que tendremos el cielo que en la Tierra nos ganemos, pero el premio siempre es triste porque tienes que morirte para que un día lo disfrutemos.” 
Mientras sonreía por lo que acababa de leer, me subí los pantalones y tiré de la cadena. Salí a la zona de lavabos y froté mis manos de forma mecánica mientras me miraba en el espejo, roto y lleno de pintadas. Leer más »

El amor de su vida

Luis está sentado en la mesa de siempre. La de la esquina. Le gusta mirar la gente que entra y sale y, desde allí, puede ver todo el bar. Siempre le ha hecho gracia la habilidad de Juan para esquivar a aquellos que entra con la idea de no consumir.

En este momento llega un muchacho de unos veinte años, y por el “Está estropeado” del hostelero, Luis da por hecho que la idea de este no era más que la de pasar al baño.

—¡Eres increible, Juan!

—¡Es que son unos ´pesaos! El servicio de la facultad estará asqueroso, y salen todos de clase directos para mear en el bar —contesta el camarero. Acerca a Luis a la mesa la infusión y la tostada.

—Bueno, si tú lo dices —sonríe. Coge el plato que le tiende su amigo.

—Es la verdad, Luis. Tuve que poner el cartel en la puerta del baño por ellos. Estos universitarios están más tiesos que tú y que yo, y lo poco que tienen se lo gastan en la cervecita del viernes al salir. El resto de días, entran y salen de balde.

Juan vuelve a la barra y Luis se recluye en el silencio de su tostada de mantequilla y su brebaje. Está nervioso. No puede evitar ver como le tiemblan las manos mientras se acerca la rebanada de pan a la boca.Leer más »

Mi futuro

—Te he dicho que no quiero que vengas —dijo Bea violentamente.
—…
—Claro que de verdad. No —alargó la o en señal de que se le acababa la paciencia No voy a morirme de hambre. Es una mala racha simplemente.
—…
—No me llames Beatriz, que sabes que lo odio.
—…
—Mamá, voy a colgar. No quiero que vengas. No quiero que te preocupes. Hace ya mucho que os dije que era autosuficiente. Que era yo quien iba a controlar mi futuro. Que no os necesitaba. ¡Dejadme en paz!

Bea colgó el teléfono y respiró con dificultad. Se había alterado demasiado y necesitaba sentarse. El asma cada vez le afectaba más, y ya incluso le costaba respirar cuando subía las escaleras hasta su casa. Anduvo despacio hasta el baño y se miró al espejo. Diez años hacía que se había quitado los piercings y aun así, se le seguían notando. La señal de la nariz era casi imperceptible, pero la ceja y el labio permanecían cortados a pesar del tiempo que había pasado. Echaba de menos sus piercing. Le gustaba llevarlos, pero cuando se independizó pensó que para encontrar trabajo serían una traba, y tuvo que dejarlos como parte de su historia.Leer más »

Vestido para salir

Madurar. Ella se dio cuenta que debía madurar el año que sus padres le dijeron que de sus bolsillos no podía salir ni un euro más. Con una Carrera Universitaria, un Master privado y acabando el  Doctorado en Bioquímica, eso de vivir a costa de papá y mamá se hizo harto complicado. Recuerdo que ese año, lo vivimos como si fuese el último.

Comíamos juntos casi todos los días, dormíamos en mi piso cuatro veces por semana, nos saltábamos las clases para irnos a pasear al centro y, planeábamos días de biblioteca que acababan en jornadas intensivas de cama. Debíamos exprimir el trocito de limón que nos quedaba.

Cuando me lo contó, no dejó que las lágrimas saliesen de mis ojos. Ella, con su madurez innata y el corazón encogido, me repitió una y otra vez que no había por qué preocuparse, que todo saldría bien.

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¿Me cuentas un cuento?

¿Me cuentas un cuento? Necesito que me protejas.

Acurrúcate a mi lado y envuélveme con tus brazos. Hace mucho frío ahí fuera. Los problemas son mucho más grandes lejos de estas sábanas. Las tristezas, más duraderas.

Yo sólo te pido que sigas aquí, que esperes a que me duerma. Hoy me da miedo el aire. La soledad me ha llegado rodeado de personas y no sé cómo decirle que no la necesito. Te necesito a ti. Necesito tus caricias, tus sonrisas, tus palabras tranquilizadoras. Ven a mi lado. Me da igual el disfraz que te pongas. No me importa que me digas lo que sientas y lo que piensas, pero por favor, en este momento lánzame una cuerda que me ayude a salir un segundo.

Ya se me olvidó esa estúpida idea de que soy perfecto. La máscara de malo del cuento dejó de serlo y me da miedo que no vuelva a acompañarme. Ahora me conoces como lo que soy, un mortal más. Ni soy tan increíble como pensabas ni tan santo como me vendía. Pero es que, ni siendo yo muy diablo has dejado de confiar en mí.Leer más »

La riñonera

Huele a alquitrán. Pedro camina pesadamente entre los coches. Sus roídas zapatillas se arrastran por el asfalto y sus manos tamborilean en el exterior de cada uno de sus bolsillos. Lleva una gorra en la cabeza, la cara tostada por el sol y los labios quemados del aire cargado y pesado de la ciudad.

Por la lejanía del final de la calle, un brillante coche plateado aparece. La luz intermitente derecha parece ser un resorte para Pedro, que sale corriendo en su busca haciendo enérgicos movimientos con los brazos.

—¡Aquí, señor! —Indica apresuradamente con un marcado acento andaluz—. Dale un poco más… gira todo. Dale, dale… Sigue, un poco más. ¡Ahí quieto! Perfecto.

El conductor del vehículo baja con tranquilidad del coche. Es ancho y calvo, aunque no demasiado mayor. Pedro mira su camisa abotonada, que parece a punto de estallar a la altura de su ombligo. Tiene un aspecto rudo, fuerte.

—Buenas tardes amigo. La voluntad —se acerca a él y alarga la mano.

—No llevo nada suelto —hace aspavientos tocando los bolsillos de sus pantalones.

—Una moneda aunque sea. No necesito mucho. Para una botellita de agua, por favor. Que con este calor no sale ni un coche.

—Que no tengo tío —usa un tono brusco y cortante. Hay cierto desprecio en su voz.

El conductor del coche da media vuelta y se aleja en dirección contraria a donde se encuentra Pedro. Este se quita la gorra, se seca el sudor de la frente con el antebrazo y se la coloca de nuevo en la cabeza mientras maldice entre dientes. Lo mira con cara de resignación.Leer más »