Cuentos de heroínas III: El valor

La suya había sido una historia hilvanada a base de injusticias. Una tras otra escupieron la tinta con la que se derramó en los libros, en los murales, mosaicos, lucernas, papiros y vasijas de barro su destino y su leyenda.

Su nombre significaba “protectora” y desde su nacimiento su sino la llevó a dar sin remedio. Era audaz y temprana, como una tormenta en verano estaba llena de luz y de fuerza. No se amedrantaba fácilmente y encontraba huecos por donde empujarse dentro de cada miedo. Fue esta naturaleza indómita la que condujo al mismo Poseidón a violarla en pleno templo.

Las doncellas de Atenea realizaban los ritos como cada día, en su danza sincronizada y mística de gasas volando que se mezclaban con el aire dorado y empapado de olor a aceite y agua de flores, cuando irrumpió en su serenidad lozana una corriente de agua venida de la nada. El dios silenció los cánticos con su voz de cascada furiosa. En visitas anteriores había advertido la fiereza de la joven virgen que la destacaba del resto, exponiéndola. Esta indocilidad había despertado en su ego la necesidad de doblegarla. Quería ver extinguirse la llama crepitante de fuego que ardía en las pupilas de la sacerdotisa. Para ello, la humillación no terminaba en desgarrarla como una bestia, no, su adicción a los juegos le impulsó a condenar no sólo su cuerpo, sino a mortificar su mente o su alma, dejándolo a elección de la víctima.Leer más »

El secreto del Barquito

“Había una vez un barquito chiquitito; había una vez un barquito chiquitito que no podía, que no podía, que no podía navegar.

Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas; pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas y aquel barquito, y aquel barquito, y aquel barquito navegó”.

A ver, paremos un momento, todos conocemos esta canción popular, pero detengámonos en la letra de esta historia. Es simple, muy simple, demasiado simple. De hecho, es tan simple que da la impresión de que falta algo.

Por eso me puse a investigar.Leer más »

De las galletas y lo que le siguen.

Fue una mañana de agosto. Yo me había ido a la rivera del río, huyendo del aburrimiento que tenía en mi casa y en busca de un poco de aire fresco. Hacía mucho calor y me quité la camiseta. Me estaba columpiando en el balancín que mi padre me había hecho con un viejo neumático cuando apareció el padre Michael.

−Buenos días, Christian. ¿Cómo estás hoy? No te he visto en misa esta mañana.

−No he podido ir, padre, me sentía mal. Pero mañana iré−, dije, mintiendo claramente.

−Mañana tienes colegio, pero no pasa nada. Vuelve el domingo que viene.

Se fue. Seguí columpiándome y al cabo de unos cinco minutos volvió.

−Christian, ¿quieres acompañarme? Me apetece hablar contigo sobre algo.

Yo, aburrido como estaba y a sabiendas que el padre Michael siempre tenía galletas caseras, lo acompañé. No fuimos a la iglesia, sino a su casa, un pequeño piso en el centro del pueblo. Entrar en ese lugar me dejó claro que los curas no viven en la austeridad, precisamente, aunque en aquel tiempo no podía pensar en algo así, obviamente. Era muy pequeño, once años creo recordar.

El padre Michael venía de Boston, de un barrio de negros, donde había luchado por sus derechos a la vez que proclamaba la palabra de Dios. Era un hombre gordo, con un pelo rubio cano y con unas gafas redondas, que completaban una cara con una poblada barba rubia cana y que parecía formar una única pieza con su pelo. Era amable y escuchaba música de Otis Redding todo el tiempo. Me dijo que me sentara en su sofá y que me pusiera cómodo. Le hice caso.

Trajo unas galletas caseras, como yo esperaba, y una tetera humeante. El Té, me dijo, está hecho para limpiar el sistema digestivo pero también el alma. Era té inglés, muy amargo, pero me gustaba.

El padre Michael empezó a hablarme de lo importante que es Dios en la vida del ser humano, y de cómo la palabra del mismo tenía muchas interpretaciones. Yo, que era simplemente un niño, creía todo lo que los mayores me decían a pies juntillas, pues aún no había desarrollado mi capacidad de razonamiento totalmente. Me dijo que a veces, lo que pone en la Biblia es solamente una forma de proceder que antaño se aceptaba por dogma pero que hoy en día se podía interpretar de otras maneras. Como la homosexualidad y todos los tipos de sexualidad que existen y que yo, por aquel entonces, no conocía, obviamente. Según el padre Michael, Dios tiene cabida en sus brazos para todo el mundo, pues todos somos sus hijos, y que a él no le importa quién habite en nuestra cama, sino quién habite en nuestro corazón. Dios perdona todos los pecados, y aunque algunos radicales pensaran que el sexo entre personas del mismo sexo fuera uno, no lo era ni de lejos.

El sol pareció desaparecer y el saloncito del padre Michael oscureció. Además, cada vez hacía más calor. Yo tenía puesta mi camiseta y sudaba. El padre Michael estaba sentado a mi lado, sudando.

− ¿Tienes calor?

−Sí, padre.

−Quítate la camiseta si quieres−, me dijo. –Yo voy a hacer lo mismo.

Sin darme tiempo a contestar, cogió mi camiseta y me ayudó a quitármela. Luego se quitó su camisa negra y dejó al descubierto su enorme torso peludo, rubio cano. Unos enormes pezones rosa pálido decoraban un cuerpo redondo con un enorme ombligo, casi ridículo, rodeado por un bosque amarillo.

−Estás muy delgado−, me dijo, mirándome. − ¿Comes bien en casa?

−Sí, padre, pero en mi familia todos somos muy delgados. Mi padre dice que es genética.

El padre Michael empezó a acariciar mi espalda con su enorme mano. Sus brazos también eran muy peludos.

−Christian, ¿has besado ya alguna chica?

−No, padre. Las chicas no me gustan, siempre estamos peleando.

−Eso es porque aún eres muy joven. Tienes algo aquí−, dijo, y con su mano acarició mis labios. –Espera−, y pasó su lengua por la comisura de mi boca. Después introdujo su lengua.

Yo, confuso, le dejé hacer. ¿Qué podría hacer? Era el padre Michael, el cura de mi pueblo. Era un hombre inteligente y un enviado de Dios para proclamar su palabra. Todo lo que él hiciera sería siguiendo órdenes del creador, por lo que estaba bien. Su lengua era rugosa, y su bigote me hacía cosquillas. Paró y me preguntó si me había gustado. No supe qué contestar.

Volvió a besarme y acarició mi torso desnudo con sus grandes manos, también rugosas. Cogió mis manos y empezó a acariciar su velludo pecho con ellas. Era una sensación extraña, como acariciar un peluche que respira. Me dijo que pellizcara sus pezones y yo lo hice. Siguió besándome en la boca, el cuello y el pecho, y después de un rato me levantó y me llevó a su dormitorio.

−No tengas miedo, Christian, esto es solo un juego. Lo vamos a pasar muy bien−, dijo, y acarició el pelo de mi cabeza, como todos los mayores hacían.

Me tumbó en su cama y siguió besándome. Yo seguía acariciando su velludo pecho, y entonces noté algo grande y duro en sus pantalones. Me dijo que los desabrochara y le ayudara a quitárselos. Él hizo lo mismo conmigo. Estábamos en calzoncillos y su pito estaba grande y duro. El mío también.

Me volvió a besar y me quitó los calzoncillos. Cogió mi pito con sus manos y empezó a chuparlo. Su bigote me hacía muchas cosquillas, pero me gustaba, o eso creo. Sentí unas ganas repentinas de hacer pipí, y cuando él retiró su boca de mi pito un líquido blanco salía de él. Pensé que serían babas. Ahora entiendo qué era aquello. Después de eso, me obligó a quitarle los calzoncillos, y un enorme pito peludo salió de allí. Me dijo que lo tocara sin miedo, que lo acariciara. Sus huevos eran grandes.

−Chúpalo, −me dijo.−Dios querría que lo hicieras.

Con cara de asco, probé a chuparlo. No era desagradable, pero tampoco me gustaba. El padre Michael cogió mi cabeza y metió todo su pito en mi boca. Casi me atraganto. Tras un rato chupando su pito, me lo sacó de la boca y volvió a besarme. Después de su pito, su lengua me gustó más. Ahora lo acariciaba sin que él tuviera que decirme cómo. Estaba aprendiendo.

Me dio la vuelta en la cama y empezó a tocar mi culo. De repente noté que algo mojado acariciaba la raja de mis nalgas, era su pito. Un dolor enorme me recorrió la columna cuando su pito se introdujo en mi culo. Entonces noté cómo entraba y salía varias veces. El padre Michael gemía y respiraba forzosamente. Se tumbó encima de mí y empezó a besar mi cuello, mientras su pito seguía frotándose en el interior de mi culo. Notaba su pecho peludo en mi espalda, sus pezones, duros, contra mis omóplatos.

−Lo estás haciendo muy bien, Michael.

Volvió a besar mi boca, con su espesa barba, y con su gran mano frotaba mi pene a la vez que me follaba. Me estaba follando.

Me levantó y me dijo que le acompañara a la ducha, que era el momento de darnos un baño. Me besó allí mientras el agua, helada, recorría nuestros cuerpos. El pelo de su pecho, surcado de agua, dibujaba ramas como de un árbol. Me hizo chuparle los pezones, y después su pene otra vez, hasta que el semen salió del mismo y recorrió mi barbilla y mi pecho. Jadeó y me besó. Me abrazó. Me ayudó a ducharme, me enjabonó entero y después me ayudó a vestirme.

−Lo hemos pasado muy bien, ¿verdad?

Yo, que no sabía si podía responder que no, le dije que sí. Sonrió, me besó y me dio una bolsa con galletas de chocolate. Me dijo que podíamos jugar a ese juego alguna vez más, si yo quería. Le dije que vale, timorato de lo que podría pasar si decía que no.

Pero no volvió a ocurrir. Dos semanas más tarde, el padre Michael fue arrestado por abusos a menores. Yo no quise contarles a mis padres que era uno de los niños de los que había abusado, por miedo a que me castigaran o algo peor. Era un niño. Durante un mes, mi pueblo se llenó de periodistas que preguntaban a todo el mundo si sabía algo.

Una periodista rubia, muy guapa, vestida con un traje de ejecutiva, me preguntó si yo sabía algo, y yo le contesté que no. Aún hoy me arrepiento de no haber contado la verdad. Quizás mis padres me podrían haber ayudado con todo lo que pasó después de eso.

Mi adolescencia se convirtió en un completo caos, no tenía amigos y desconfiaba de todo el mundo a mi alrededor. Si el padre Michael, que era un enviado de Dios, me había hecho eso, ¿qué podrían hacerme las personas que no creían en el creador? Desconfiaba de los compañeros de clase, tenía miedo de las chicas.

Cuando acabé el instituto, mi padre me llevó a trabajar con él a la fábrica de cerveza del pueblo. Después de dos años, el jefe me ascendió y me trasladé cerca de Boston, donde estaba la sede central de la empresa. Desde entonces y hasta hoy he estado trabajando allí.

Mi vida, hoy en día, se reduce al trabajo, volver a mi apartamento de doscientos dólares al mes, comida basura y cigarrillos baratos.

Desde aquel día no he vuelto a follar con nadie. Ni un beso. Me duele el contacto físico. Ni siquiera puedo abrazar a mi madre sin que mi alma se resienta.

El padre Michael arruinó mi vida, y también la de muchos niños como yo.

El día antes de mudarme aquí, mi padre me llevó a beber cerveza después del trabajo. No he parado de beber desde entonces. Es el único medio que conozco para dormir. Todos los días, después del trabajo voy directo, sin cambiarme, ducharme ni nada, al bar más cercano a mi casa. La camarera, Fátima, marroquí, es muy guapa y agradable, pero sabe que si yo voy al bar es para estar solo y beber. A veces llama al taxi para que me lleve a casa, porque estoy demasiado borracho para hacerlo por mi cuenta.

−Hola a todos, mi nombre es Christian y soy alcohólico. Esta es mi historia.

Recuerdo

Si se remontaba al comienzo de su vida, lo que se encontraba era dolor. Al nacer había aparecido sin más en medio de la sala. Ellos no la habían visto, o quizás habían preferido no ver que de la relación que acababa de morir había nacido algo vivo. Recuerdo se había colocado en silencio entre ambos, haciendo que dejaran de poder verse como lo hacían antes. Él se había ido, y había dejado a Recuerdo con Ella. Ella se había sentado en el sofá, escondiendo el rostro entre las manos, mirando sin ver a través de sus dedos, separados ligeramente en un anhelo. Leer más »

La liebre con la tortuga

Cuando vio a la tortuga recibiendo el premio de la Gran Carrera, y siendo manteada por todos los animales del bosque, la liebre se marchó a casa arrastrando los pies. Allí en su pequeña madriguera estaban su mujer Mamá liebre y sus tres liebrecitas. Al contarle lo ocurrido, Mamá liebre se puso muy furiosa.

—¡Te reíste de la pobre tortuga! Podrías haber ganado, pero fuiste arrogante, y ahora hemos perdido el dinero del premio. ¿Cómo van a comer y vestirse ahora nuestros hijos?

Al oír esas palabras, todo el orgullo desapareció en el corazón de liebre, que muy triste, respondió.

—Hablaré con la tortuga, le pediré disculpas y le explicaré nuestra situación. Es una tortuga humilde, seguro que nos ayuda.

Y con esa idea en mente, la liebre fue arrastrando los pies hasta la morada de la tortuga. Al llegar a la puerta dio un brinco de asombro. Antes su casa estaba entre unas raíces secas, pero ahora tenía un árbol entero para ella. Una ardilla muy elegante y estirada, le detuvo con una mano en la puerta.

—El Rayo Verde ya no firma autógrafos.

—Ardilla, soy yo, ¡liebre! El Rayo Azul. Vengo a hablar con tortuga.

—El Rayo Azul… ¡Ah!… sí —dijo sin mucho entusiasmo—. Pasa.Leer más »

El cajón del desamor

La historia aquí relatada está inspirada en hechos reales, y sin embargo ocultos. Tan ocultos que probablemente hayan pasado desapercibidos para muchos de vosotros. Hasta ahora. Por ello, los nombres que aquí aparecen no son los verdaderos, y cualquier similitud con su vida cotidiana, lector, será una mera coincidencia.

Tin y Tina era una pareja que, ya desde el comienzo, parecían estar hechos el uno para el otro. Se criaron en el mismo lugar, y  casi en la misma fecha; tuvieron los mismos amigos y siempre viajaron juntos. Se parecían incluso en los detalles más pequeños de su aspecto (algunos, hasta habrían dicho que eran hermanos): ambos eran deportistas, y muy resistentes a los tropiezos. Eran bajitos y delgados, pero con mucha personalidad. Se querían tanto que, durante mucho tiempo, no podían estar separados el uno del otro. Pero, como todas las parejas, tenían sus diferencias; como por ejemplo que Tin era diestro, y Tina zurda. Sin embargo, esto mismo hacía que se complementaran a la perfección.Leer más »

La joyita Tomarés.

Pedro era (pues ya no lo es) el “niño pródigo” de la familia Tomarés.

Había terminado sus estudios de ingeniería química en Madrid, y su Máster en Chemical Research por la University of London con una calificación que le colocaba en los primeros puestos de las listas curriculares. Antes de que cerrase su maleta en Inglaterra para volver a España a plantear su futuro, el banco Santander se adelantó a ofrecerle uno. Por lo visto, ciertas ecuaciones de este tipo de ingeniería eran muy similares y útiles para la banca, especialmente para un nuevo sector llamado confirming, donde querían incorporarle. Con veinticuatro años, Pedro Tomarés ya tenía su propio despacho, ganaba seis mil euros al mes e iba al trabajo con una corbata distinta cada día. Ah, y además era (pues ya no lo es) guapo, o handsome, como él decía.

Se convirtió en el orgullo de los Tomarés. Toda la familia se abrió cuentas en el Santander, donde recibían un trato especial. Y como el trabajo le tenía tan ocupado que ya casi nunca podía asistir a las reuniones familiares, siempre se reservaba una parte de las comidas, entre el aperitivo y el plato principal, en la que solo se hablaba de él. De lo inteligente que era, el futuro que le esperaba (la abuela Luche incluso decía que llegaría a ser Presidente) y lo guapo que salía en sus selfies.Leer más »

La última niña perdida (parte II)

Segunda parte de la historia de Aline, que puedes encontrar en el blog personal de la autora: Los fuegos fatuos.

El día era todo luz, azul como no lo había sido desde más tiempo del que podía condesar su memoria, años que mascaba entre muela y muela. Abrió la ventana y dejó que entrase el cielo en la habitación. Tiritó. El frío le abrasó las mejillas pero eso no la detuvo. Se sentó en el alféizar con los pies por fuera y estiró los brazos en un movimiento que nacía desde sus clavículas. Tenía que ser pájaro. Encerrar al tigre que la dominaba y ser libre. Dibujó en la mente los colores que tendría su plumaje, los paisajes que sobrevolaría, sola, sin Peter, sin nadie.

—¿Puedo jugar?

Aline dejó de batir sus alas invisibles al notar las manos del chico en su cintura.

—No.

—¿Por qué?

Ignoró su pregunta y formuló otra.

—Parece que hoy estás de muy buen humor, ¿no es así?

Él sonrió y arrugó la nariz, en un gesto que guardaba sólo para hacerla sonreír. Imitó sus anteriores movimientos alrededor de ella. Subía y bajaba los brazos envolviéndola en un círculo de miradas gruesas.

—¿Así se juega?
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Ya no

−Y, dime, ¿cómo sienta una fama tan repentina a alguien como tú?

−Pues si te digo la verdad, mejor de lo que esperaba. Los fans de hoy en día son muy respetuosos, o al menos conmigo lo son. En un principio pensaba que sería una locura absoluta y que mi intimidad se vería en problemas, pero para nada. Mis referentes en el mundo de la fama entre comillas siempre han sido avasallados por sus fans e intentan ocultarse para que no les reconozcan, pero yo puedo ir por la calle sin que me asalten y, si alguien se acerca, lo hace desde un total respeto, pidiéndome por favor un autógrafo o una foto.

−También podría ser por el público de tu programa, ¿no crees?

−Bueno, según los índices de audiencia y las encuestas, la edad media de mi audiencia es de 25 años, y eso que es un programa cultural. ¿Quién me lo iba a decir a mí? Pensaba que nadie vería un programa así en un horario así, por lo que puedes imaginar mi sorpresa.

−Sí, la imagino. Bueno, en realidad, casi la comparto porque este programa también goza de una muy cómoda audiencia parara ser un late show o como se diga. Ja, ja, ja.

−Yo soy fan de tu programa, Felix. De hecho, eres uno de esos referentes de los que hablaba anteriormente. Según leía en las redes sociales, las masas te adoran. Creo recordar una anécdota que leí no sé, hace un año y medio o así, que decía que te tuviste que encerrar en un servicio en un centro comercial porque un grupo de señoras te estaban acosando. Reí y luego me… Puedo decir lo que quiera en este horario, ¿no?Leer más »

Los estantes cromáticos, los semblantes dibujados

En el callejón más remoto del barrio de Santa Cruz se encuentra la que sin duda será la tiendecilla más pintoresca de toda la ciudad: la tienda de máscaras hechas a mano de Enrique Pino, al que todos en la zona conocen como Enriquete, hijo de Enriqueto, nieto de Enrique.

No podrás pasar por aquel angosto pasaje sin fijarte en la maravillosa cristalera en la que, a modo de escaparate, se exponen máscaras de todos los tamaños, tipos y colores. Carteles con precios las acompañan, también adornados con cintas brillantes que los atan a los orificios que permiten la visión. El mismo precio escrito en el sofisticado pedazo de cartón que cuelga de cada careta se convierte en un adorno más: su color cambia, a juego siempre con la máscara cuyo coste indica.

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