Cuentos de heroínas III: El valor

La suya había sido una historia hilvanada a base de injusticias. Una tras otra escupieron la tinta con la que se derramó en los libros, en los murales, mosaicos, lucernas, papiros y vasijas de barro su destino y su leyenda.

Su nombre significaba “protectora” y desde su nacimiento su sino la llevó a dar sin remedio. Era audaz y temprana, como una tormenta en verano estaba llena de luz y de fuerza. No se amedrantaba fácilmente y encontraba huecos por donde empujarse dentro de cada miedo. Fue esta naturaleza indómita la que condujo al mismo Poseidón a violarla en pleno templo.

Las doncellas de Atenea realizaban los ritos como cada día, en su danza sincronizada y mística de gasas volando que se mezclaban con el aire dorado y empapado de olor a aceite y agua de flores, cuando irrumpió en su serenidad lozana una corriente de agua venida de la nada. El dios silenció los cánticos con su voz de cascada furiosa. En visitas anteriores había advertido la fiereza de la joven virgen que la destacaba del resto, exponiéndola. Esta indocilidad había despertado en su ego la necesidad de doblegarla. Quería ver extinguirse la llama crepitante de fuego que ardía en las pupilas de la sacerdotisa. Para ello, la humillación no terminaba en desgarrarla como una bestia, no, su adicción a los juegos le impulsó a condenar no sólo su cuerpo, sino a mortificar su mente o su alma, dejándolo a elección de la víctima.Leer más »