Nunca Jamás.

La puerta se abre con un chirrido molesto. Dentro, todo es oscuridad.

—No sé a quién habrá untado usted para llegar hasta aquí, pero debe tener mucho interés.

No le digo nada al celador mientras se hace a un lado para que pueda entrar.

—Ahora mismo es inofensivo, si necesita algo estaré al final del pasillo.

Asiento con la cabeza y el hombre cierra la puerta tras de mí. El hedor que emana de la oscuridad es repulsivo, tengo que apoyarme sobre la pared acolchada para que el olor del sudor y las heces no me haga desplomarme. Tardo unos segundos en acostumbrarme a la penumbra que reina en la habitación sin ventanas. Puedo oír su respiración pesada en un rincón del cuarto. Me cuesta un par de minutos de incómodo silencio reconocer sus facciones en la oscuridad. Tiene el pelo rubio apelmazado y húmedo, pegado a la frene. Tiembla violentamente, pero no sé si se trata de frío o de que su cuerpo echa de menos los opiáceos.

Sinceramente no me importa.

—No tiene buen aspecto, señor Petterson.

Por primera vez desde que he entrado parece percatarse de mi presencia. Me sonríe mostrándome una hilera de dientes podridos. A pesar de su edad su rostro conserva rasgos infantiles y por un momento parece un niño.

Por un momento.

—Sabía que volverías, Michael. Le saludaría, pero… —Se encoge de hombros dentro de la camisa de fuerza—. No me veo con posibilidades.Leer más »

Última parada

Eva está de pie con Jaime entre las vías 5 y 6 de la estación de trenes. A su lado, su madre y su padre se despedían de ellos. En la vía 5 un viejo tren de cercanías procedente del campus universitario deja en la estación a cientos de estudiantes que pronto se distribuyen entre la gente. Eva aprieta la maleta contra sí. 
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Ladrillo Visto

ESCENA I

 (La pared del fondo está revestida de ladrillo rojo desvaído, con pinturas callejeras aquí y allá. Hay diseminados a lo largo del escenario varias cajas de cartón rotas, un carrito de la compra oxidado al que le falta una rueda que está lleno de revistas viejas y latas de conservas. En el extremo derecho hay un bidón de chapa oxidado y ennegrecido. En el centro hay dos montones de mantas sucias, dando la impresión de que son utilizadas por dos personas para dormir. Leer más »

Recuerdo

Si se remontaba al comienzo de su vida, lo que se encontraba era dolor. Al nacer había aparecido sin más en medio de la sala. Ellos no la habían visto, o quizás habían preferido no ver que de la relación que acababa de morir había nacido algo vivo. Recuerdo se había colocado en silencio entre ambos, haciendo que dejaran de poder verse como lo hacían antes. Él se había ido, y había dejado a Recuerdo con Ella. Ella se había sentado en el sofá, escondiendo el rostro entre las manos, mirando sin ver a través de sus dedos, separados ligeramente en un anhelo. Leer más »

Café

— Yo es que no soy muy de llorar.

Ester le mira a través de las lágrimas que empañan sus ojos y le corren por las mejillas y sorbe por la  nariz.

—¿No te da pena?

—¿Pena? No, tía. Titanic no me da pena. Me parece un truño como la copa de un pino, para que te voy a engañar.

Ester coge el mando y le da al pause. La imagen de Leonardo di Caprio hundiéndose en las aguas heladas se congela aún más.Leer más »

Tiempo

El teléfono suena cuando está colocándose correctamente un último mechón de cabello frente al espejo. Tarda un poco en localizar la fuente del zumbido bajo prendas y prendas de ropa que ha ido sacando del armario en un proceso más ritual que de verdadera búsqueda. Cuando por fin lo encuentra, sus hombros se desinflan en un pinchazo de decepción y cierta congoja. Su nombre aparece en la pantalla iluminado como un faro cuya señal prefiere ignorar deslizando el dedo suavemente hacia el disco rojo que parpadea ante ella. Suspira. Había intentado decírselo de muchas formas, aunque la mayoría habían resultado harto tópicas. No es por ti, es por mí. Debes creerme, no te convengo. No estoy preparada para una relación estable a largo plazo.Leer más »

Blanco nuclear

Se despierta como quien se despierta de un sueño después de una noche en una casa ajena. Tarda unos segundos en ubicarse, en lo que el mundo a su alrededor aparece bajo las manchas oscuras que nublan sus ojos. Mira a su alrededor. En una pared un reloj marca las tres y cuarto de la tarde. Solo hace poco más de una hora que se tumbó en la camilla y el anestesista bromeó sobre su escaso peso. Desde entonces, todo ha sido un espacio en blanco en su cabeza.Leer más »

La timidez de los árboles

A sus veintidós años había abrazado la mediocridad como si se tratara de un viejo amigo. De los que si conocieras ahora nunca tolerarías, pero que por alguna razón sigues manteniendo cerca. Solo porque te recuerdan tiempos mejores que a lo mejor nunca existieron, en realidad.

Sale de casa como cada tarde, y espera a que la puerta se cierre tras de sí antes de comenzar a andar. Las hojas de los árboles se arremolinan en torno a sus tobillos, como si el mundo intentara evitar que pusiera un pie detrás del otro.

Le había conocido dos años antes, en la universidad. Ella estaba sentada junto a la biblioteca, chocando un talón contra el otro después de haber recibido un suspenso fulminante. Él le invitó a un café y le dijo que le gustaban sus ojos.

Ella sonrió.

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