Anís

Aquella casa estaba custodiada por naranjos sucios, con los troncos pintados de blanco. La pequeña Paz había intentado probar algunos de sus frutos; se le había quedado la resina de las hojas verde monte en sus pequeños dedos (minúsculos y todavía sin callos ni cicatrices). Se los había chupado, solamente para escupir después. Esos frutos tan brillantes estaban amargos. Aquellas pequeñas lunas naranjas, naranjísimas, estaban correosas, como rebosantes de la bilis y las lágrimas de los habitantes de aquel barrio.

La pequeña Paz, cuando jugaba debajo de aquellos guardianes andaluces (los que ella llamaba “los árboles mentirosos de primavera”) siempre iba acompañada de dos lagartijas de su misma edad, que le susurraban cosas al oído cuando le mordían los lóbulos de las orejas. Eran pura bisutería natural. Le decían cosas con sus mordiscos y su saliva pegajosa. Le hacían cosquillas, aunque las lagartijas nunca pretendieron hacerle cosquillas. Paz sólo lo intuía.

— ¡Pacita! ¡A comer!

— ¡Ya voy!

La hora de comer era una de las fiestas del día. Pero no cuando llegaba corriendo a la mesa y había un plato de ensalada en ella, mirándola fijamente. Su abuela era famosa por hacer las ensaladas más fuertes del pueblo. Ahogaba las hojas de la lechuga en cataratas de vinagre. ¿Quién era capaz de tragarse aquello? Pacita dudaba de la existencia de ese alguien. Hasta podía ver los labios fruncidos de su abuela mientras masticaba su propia comida. El orgullo era el emblema de su familia aunque, como el secreto de las lagartijas, Paz únicamente podía volver a intuirlo, todavía sin comprender demasiado.Leer más »