Mi sombra.

Acababa de llegar a casa de mis padres. Mis superiores en el cuartel me habían notado ansioso, irritable y preocupado; por lo que me habían concedido un permiso temporal.

Era de noche y hacía horas que no veía a… Mi sombra. Sí, por muy raro que sonara, ella me había dejado, ahora era independiente a mí y me acechaba sigilosa para atacarme. Yo lo sabía, lo sabía bien. Sin embargo, hacía horas que había dejado de verla… ¿Había sido todo una paranoia mental? ¿Lo único que tenía que hacer era volver a casa para recuperarme? Quizás todo había sido fruto de una locura temporal.

Mis padres ya estaban dormidos. Miré detenidamente mi habitación. Las paredes blancas me reconfortaron de una manera inexplicable. En mi hogar estaría seguro. Aquí no me pasaría nada.

Necesitaba dormir, llevaba días sin hacerlo. Llevaba días vigilando mí alrededor en busca de la sombra que me acechaba. Debía descansar. Me puse ropa cómoda y me recosté sobre mi cama. Deslicé el cuchillo, que había cogido de la cocina, bajo la almohada. El olor de las sábanas me recordó una vez más que estaba en casa. Pensé que simplemente se trataba del suavizante floral que utilizaba mi madre para lavar la ropa, pero es que hasta ese detalle me decía que entre estas cuatro paredes estaría a salvo. No obstante, no quise buscar mi sombra, no quería tentar a la suerte. No me encontraba lo suficientemente fuerte como para enfrentar que algo no cuadrara.

Le di al interruptor de la pared que me quedaba a la altura de la rodilla y la luz se apagó. Tome aire y lo solté con lentitud. “Relájate, todo ha pasado”, me dije a mí mismo aferrado a mi cuchillo. Me concentré en dejar sin fuerza cada músculo de mi cuerpo. Empecé por las piernas y fui subiendo. Pronto, mis ojos se cerraron y el sueño llegó.

Mi pulso saltó de repente y abrí los ojos asustado. Había sentido a alguien más en la habitación. Temía encender la luz y encontrarla de nuevo a mi lado. No quería volver a verla ni en mis peores pesadillas. Mis oídos se agudizaron. El peso de alguien sentándose en la cama hizo que me tensara por completo. Encendí la luz con un movimiento.

Antes siquiera de poder apreciarla, ya estaba de pie y con el cuchillo agarrado fuertemente entre mis manos.

—Basta —dije temblando.

La sombra se encontraba sentada en el filo de la cama. Podía imaginar sus ojos oscuros examinándome. Era inútil, no podía huir de ella, jamás me dejaría en paz, me perseguiría hasta mi muerte.

—Vete.

Mi sombra pareció reírse de mi desgracia. Se incorporó pausadamente y alzó un cuchillo. Podía verlo con claridad, lo sostenía con su mano derecha. Parecía ensimismada en sus movimientos, calculando el momento exacto en el que me atacaría.

Había llegado el momento. Esto no podía continuar, no lo soportaría ni un minuto más. Alcé mi cuchillo y nos enzarzamos en una pelea descomunal. Mi sombra se movía tan rápido como lo hacía yo y era tan ágil y tan astuta como lo era yo.

Me agaché justo cuando su cuchillo dibujaba un arco perfecto para hundirse en mi piel. Salté en el aire y clavé mi arma en su estómago. La sangre negra emanó de su cuerpo, la oscuridad se fue deshaciendo como si se tratara de un líquido viscoso que se evaporó en cuestión de minutos.

Grité y reí eufórico. La adrenalina corría por mis venas como lava ardiendo. Me sentí invencible.

—¿Hijo? —La voz rota de mi madre interrumpió mi alegría. Su entrecejo fruncido me indicó que algo no iba bien. Su chillido desmedido me sobresaltó.

El cuchillo se escapó entre mis dedos, haciendo que el sonido metálico retumbara en la estancia al golpear contra el suelo. Mi padre irrumpió en la habitación y corrió a mi lado.

—¿Qué has hecho hijo? ¿Qué has hecho?

La mano de mi padre presionó la herida, bajé la mirada y la visión de la sangre me mareó. La sombra también me había herido, había conseguido cuanto había ansiado. Sin embargo, sonreí porque yo la había matado.

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