El lugar y el momento clave de mi infancia.

Nota de autora: Extracto de una escena perteneciente a una historia más larga.

Lo recuerdo como si tuviera nueve años de nuevo… Los tibios rayos del sol cayendo sobre el mar y la arena, mis pies descalzos en contacto con los diminutos granos de cálida tierra, las olas ruidosas chocando entre ellas.

Los rescoldos de un enfado se apagan en mi interior a medida que voy sintiendo mí alrededor… He salido corriendo de casa después de discutir con mi madre.

Levanto la vista y la bruma de la tarde sobre la playa es sumamente hermosa. No hay casi nadie paseando por aquí, las familias y veraneantes ya han emprendido la marcha. Nunca he entendido porqué se van todos en el mejor momento. Lo especial de este lugar son sus vistas, concretamente al atardecer…

De mi cuello cuelga una vieja cámara de fotografía Canon que mi abuelo tenía entre sus cosas. Casi nunca la usaba, pero mi madre la guarda con sumo cariño. A veces la cojo y jugueteo con sus botones, pero hasta hoy no la he sacado de casa, supongo que lo he hecho hoy por pura rebeldía contra mamá… Sé que no le va a gustar.

Camino despacio. A mi izquierda la inmensidad del océano, a mi derecha multitud de vegetación del verde más intenso. Al fondo, una gran montaña le pone punto y final al paisaje.

El sonido de las gaviotas graznando por encima de mí es espectacular, siempre me ha gustado verlas planear en el cielo. Cojo una bocanada de aire y el olor a salitre lo impregna absolutamente todo.

Alzo la cámara y apunto al sol anaranjado que desciende minuto a minuto para esconderse bajo el mar. Pero de repente, me quedo paralizado. El click característico que suele emitir la cámara al presionar el botón para que se haga la foto, no suena. Ya no huelo nada. Mi corazón da un salto en mi pecho y poco a poco va cogiendo un ritmo rápido en el que soy capaz de escuchar mis pulsaciones como tambores en mis oídos. La sangre se concentra en mis mejillas hasta hacerlas arder.

Doy algunos pasos algo atontados y me escondo tras un arbusto. Levanto de nuevo la cámara y enfoco a la chica que está en la orilla. Debe tener más o menos mi edad. Observo cómo se agacha evaluando restos de conchas sin cesar. Sólo puedo captar su perfil, su melena al viento, su piel clara y brillante por el agua que aún la baña.

Realizo una foto casi con temor. Sin embargo, tras la primera instantánea, multitud de ellas son hechas con precisión. Pruebo con cada uno de los botones de la cámara cambiando y jugando con la luz. El sonido de la Canon me ensordece, es como si estuviera en una especie de trance. No sé de dónde me surge esta necesidad, pero no paro de hacer fotos en diferentes ángulos desde mi posición. De pronto, la niña me mira, sonríe y corre junto a sus padres.

Este es, sin duda, el lugar y el momento que recuerdo como clave en mi infancia.

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