La flecha de Andrew

Summary: Andrew es el nuevo Cupido, el dios del amor. Su trabajo no es fácil, no consiste únicamente en lanzar flechas de un lado a otro para unir a dos personas. Todo estaba establecido según el destino y debía hacerse en el momento exacto. Andrew llevaba muchos años realizando la tarea de unir a aquellos seres inferiores… hasta que ese día se cortó con una de sus propias flechas…

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Desde siempre había observado a los humanos: se levantaban, comían, trabajaban, interaccionaban con otros humanos, comían de nuevo y dormían, para repetir el mismo proceso al día siguiente. La misma monótona rutina sucesivamente; sin ningún cambio, sin salirse de lo establecido.

Eran unos seres de destino estipulado.

Y sin embargo, su único deseo en aquella mísera vida, era encontrar a esa persona a quien denominaban “su media naranja”; alguien que los comprendiera, que los complementase, que los amase… Y ese precisamente, era su cometido.

Recogió su carcaj con flechas y su arco de oro, alistó su túnica blanca y batió ligeramente sus mullidas alas. Una sonrisa se dibujó en su rostro al sentir el viento acariciar sus blancas plumas. Tomó impulso y alzó el vuelo desde las nubes hasta su destino: la Tierra repleta de humanos a los que debía ayudar.

Porque él, Andrew, era el nuevo Cupido, el dios del amor.

No era fácil hacer su trabajo. No consistía únicamente en lanzar flechas aquí y allá para unir a dos personas que no se conocían de nada. Todo estaba perfectamente escrito desde los albores del tiempo; él solo proporcionaba una pequeña ayuda. Además, Andrew había sido instruido para ello desde el día de su nacimiento; tenía el don.

Divisó a su objetivo: una joven que caminaba despreocupada por la calle de aquella ciudad. Sus alas vibraron al son del viento y su cuerpo tembló de emoción. A pesar de que aquellos seres lo irritaban con su pasiva indiferencia después de tantos años observándolos, siempre lo sobrecogía el mismo sentimiento de emoción a la hora de lanzar sus flechas.

Cogió una flecha y ésta cantó. Un brillo dorado recubrió al objeto al entrar en contacto con la cuerda tensa de su arco. Arco y flecha resonaron al unísono junto a sus alas. Cerró los ojos e inspiró profundamente: el momento había llegado. Apuntó y…

… disparó.

Acertó de lleno en el corazón de aquella chica de cabello azabache, sin que ella se percatase de nada. La flecha, invisible a los ojos de aquellos seres inferiores, intensificaba su brillo al entrar en contacto con la persona a la que iban dirigidas. Mas eso solo duraba unos segundos que él debía aprovechar para hacer resonar a la flecha compañera de esa. Andrew se apresuró a sacar otra flecha del carcaj en su espalda. Ésta también se sincronizó con su arco y sus alas al ínfimo contacto. Debía darse prisa, el destino no debía ser cambiado: aquella flecha debía llegar al corazón del joven rubio que estaba a punto de doblar la esquina y chocaría con la joven morena.

Era su destino el encontrarse.

Todo parecía acontecer bajo los designios de las imposiciones del sino, cuando algo inesperado ocurrió… Fue tan solo un instante, un rápido movimiento, uno mal calculado al preparar la nueva flecha… Un movimiento que hizo que la punta de la flecha arañase la piel de su mano ligeramente justo antes de ser lanzada.

—Rayos… — gruñó para sí mismo. Andrew se llevó la mano a la boca para intentar aliviar la pequeña quemazón que sentía.

Pero fue demasiado tarde.

Su sangre se enervaba corriendo velozmente por sus venas y su corazón latía desenfrenado en su pecho. El calor subía por su cuerpo de manera vertiginosa. Su respiración era entrecortada y sentía como se ahogaba sin razón alguna, acrecentando la sensación de mareo que lo rodeó. Y para más inri, aquella herida en su mano ardía de manera dolorosa. ¡No! ¡De ninguna manera! Aquello no podía estar pasando. Él no podría haber sido tan despistado como para dejarse engatusar por su propia mano, por su propio don.

¡Él no era como aquellos simples humanos! ¡Él era Cupido! Tenía el poder sobre ellos, sobre su sino. ¡Jamás dejaría que su poder interfiriera con ello! Y por supuesto, en modo alguno podría dejar que esa quemazón se apoderase de él. ¡No! Tenía que resistir, tenía que luchar.

Pero todo pensamiento racional desapareció en el momento en el que sus ojos se posaron en ella, aquella joven de cabello azabache que se abrazaba al joven con el que acababa de tropezarse. Desde ese instante, solamente tuvo ojos para ella.

—Hermosa… —aquel susurro se escapó de sus labios. El arrepentimiento arremetió contra él como un certero golpe.

¿Qué había hecho? ¿Había sido tan torpe como para cometer semejante falta en su trabajo? Esa humana acababa de apoderarse de su corazón debido a esa herida provocada por sus flechas del amor.

Alzó el vuelo intentando huir de allí, de lo que él mismo acababa de provocar. Sin embargo, no consiguió sino que su corazón se oprimiera de la manera más dolorosa que jamás había sentido, hasta hacerlo perder el conocimiento.

Entonces lo supo: acababa de condenarse a sí mismo.

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Al despertar, lo primero que vio fueron unos preciosos ojos verdes que lo dejaron sin respiración. Jamás había visto un color tan hermoso. Mas cuando descubrió a quién pertenecían, quiso morir allí mismo. Era aquella joven, la chica de su perdición.

Ella le sonrió con dulzura, acariciando su cabello. Se percató de que había adoptado instintivamente su forma humana: sus alas habían desaparecido, sus ropajes eran mundanas prendas humanas, su arco y su carcaj tampoco estaban y su cabello era de color castaño en lugar de dorado. Odiaba verse rebajado a ese nivel, se reprendía por haber cometido tal error. Ahora no sería capaz de presentarse ante su familia sin sentir el peso de la deshonra sobre él. Su corazón dolido desgarraba su pecho: no merecía ser llamado Cupido.

Las suaves caricias de las manos de la joven parecían apartar aquellos sentimientos. Tuvo la oportunidad de huir de ahí, de borrarle la memoria a ella y regresar a su mundo, aceptando su falta. Pudo haberla dejado en manos del destino, ya que su misión estaba cumplida. Debía haberse alejado y haberla olvidado como a todos aquellos a los que había unido…

Simplemente, no pudo: el poder de sus flechas había arraigado completamente en su corazón.

Permaneció junto a ella, aún sabiendo que estaba prohibido. Se olvidó de sus responsabilidades, de su identidad, de su divinidad. Utilizó sus poderes para atestiguar una historia que probase su origen humano; y  poco a poco se fue acercando a ella, sintiendo como su corazón se perdía desviviéndose por la joven. Incluso llegó a besarla una noche sucumbiendo al deseo irrefrenable provocado por su magia. Casi juró que podría vivir toda la vida en aquella ilusa fantasía…

… hasta que ésta se desvaneció.

La joven susurró un nombre en sueños, un nombre de un chico que no era él. Un nombre que él sabía, estaba destinado para ella: el nombre del dueño de la flecha compañera de la que había alcanzado a la joven.

Experimentó tal sentimiento de amargura y dolor, que fue casi insoportable. La sangre hervía en su interior y solo sentía deseos de estrangular a ese joven por saberse en los pensamientos de ella. La rabia lo cegó sin contemplación y el poder de la flecha que lo había herido terminó de corromper aquel sentimiento. Quiso que ella jamás se encontrara con ese chico otra vez, los celos lo hicieron perder el control hasta el punto de utilizar su magia para cambiar la historia. Ya no le importaba nada, sabía que lo destituirían si alguna vez volvía a su mundo. Por eso, prefería intentar luchar contra el destino si así permanecía a su lado.

Sin embargo, como él sabía, todo estaba escrito.

Un día se presentó el joven en casa de ella y pidió permiso para estar a solas con la chica. A él no le quedó otra opción más que resignarse. En el momento en el que cerró la puerta principal y los dejó solos, sabía lo que iba a suceder. Sintió cómo en su corazón se abría en una gran brecha imposible de cerrar. Adoptó su forma de ángel y se aprovechó de su posición para observarlos. Los vio juntos, abrazados: ella lloraba pero sonreía radiante y él susurraba palabras en su oído… y finalmente, un beso unió sus labios.

Andrew lo sabía y aún así no lo soportó. Quiso abalanzarse sobre ellos y golpear a ese joven. ¡Cómo se atrevía a robarla de su lado! Estaba a punto de hacerlo, cuando de repente, una poderosa luz lo cegó y lo envolvió. Al abrir los ojos, la imponente figura de su padre, el anterior dios Cupido, se alzaba ante él con una mirada endurecida en su rostro.

—¡No debes interferir! Ya causaste bastante daño…
—¡Pero yo la amo! — se indignó él.
—Eso no es amor. No es tu corazón quién manda, sino la influencia de tu poder sobre el mismo — dijo con voz serena. — No puedo dejarte cometer una locura de la que luego te arrepentirías. A pesar de todo, eres mi hijo… — su padre se dio la vuelta y desapareció envuelto en un haz de luz. Acto seguido, Andrew fue apresado.

Se le prohibió volver a bajar a la Tierra hasta que su alma estuviera limpia. Andrew, furioso, se aisló completamente. Tenía el corazón roto y sentía como se hundía cada vez más en su desdicha. Había sido destituido de su cargo, le habían quitado las alas y sus armas; y además lo habían obligado a conservar la forma humana que había adoptado, consiguiendo que todos los ángeles lo repudiaran ante la imagen de alguien inferior. Aquello solo conseguía deprimirlo más.

A pesar de que se le había prohibido terminantemente vigilar siquiera el progreso de la chica, eso no impidió que Andrew lo hiciera. Y la visión solo le causó más dolor: ellos eran felices. Vivían juntos, se habían casado y tenían dos niños pequeños que eran la viva imagen de la joven. Cerró los ojos, mientras las lágrimas escapaban de sus ojos. Su puño se estampó contra el suelo, sabiéndose impotente. Era el destino,  y Andrew no podía enfrentarse a él.

— ¿Te encuentras bien? — una dulce voz lo sacó de su desdicha.
— Sí, no te preocupes. Solo necesito estar solo… — contestó desganado. En ese momento, solo quería abrazarse a sí mismo en su melancolía. Ni siquiera se dignó a mirar a la chica.
— Entiendo… — susurró y pudo jurar que atisbó la tristeza en su voz. Pero no le importaba. — Aunque el Andrew que yo conocía nunca se comportaría así.

La sintió retirarse, sin apenas prestar atención a sus palabras. De pronto, un extraño calor comenzó a subir por su cuerpo, un calor familiar, un calor que él adoraba. Sintió algo cantar a su lado y un destello dorado atrajo su atención. Al girarse, encontró su arco dorado, refulgiendo vivamente, así como un montón de flechas doradas esparcidas por el suelo.

La confusión atisbó su mente. Se le habían retirado sus herramientas de trabajo, ¿cómo habían llegado hasta allí? Pero hubo algo que confundió todavía más: una pequeña flecha distinta a las demás, una flecha que brillaba con la luz del sol y que parecía llamarlo insistentemente.

La cogió en sus manos: el nombre de Thalia estaba grabado en ella. Algo se removió en su interior al leerlo. Por alguna razón, ese nombre le resultaba familiar y le transmitía una apacible calidez. Su arco vibró y titiló expectante. La flecha pedía ser lanzada; mas él no sabía a quién. La sensación y el canto eran tan fuertes, que Andrew no fue capaz de resistirse. En el momento en el que flecha y arco se unieron, lo sintió…

… y la lanzó sin mirar.

Siguió su recorrido atentamente. Su destino: el corazón de aquella chica de cabello rojizo que momentos antes se había preocupado por él y a la cual veía alejarse despacio. La flecha fue directa hacia su corazón. Andrew sonrió: él jamás fallaba… salvo aquella vez. Los recuerdos de la joven morena volvieron a su mente para mortificarle. Pero cuando estaba a punto de sumergirse nuevamente en su desdicha, el destino quiso que una punzada de dolor azotase su corazón en el mismo instante en el que la flecha de la joven resonaba con ella.

Se sorprendió y asustó al mismo tiempo. Aquello solo podía significar una cosa.

Enloquecido, se puso a buscar frenéticamente en aquel mar de flechas. Revisaba cada una con ahínco, con desesperación… Él sabía perfectamente que los corazones de las personas que están destinadas a encontrarse resuenan al unísono y son capaces de reconocerse en cualquier época o lugar. Que su corazón hubiera sufrido aquel sobresalto que le había dejado una sensación de calidez y ansiedad solo podía significar una cosa…

La verdad se presentó ante él con una palabra lapidaria: Andrew.

Era su nombre. Su nombre estaba escrito en la flecha compañera que brillaba impaciente por ser enviada a su destino… Tenía que ser una broma.

— Esto no puede ser cierto…
— Lo es, hijo.

Su padre apareció de repente detrás de él. Andrew esperaba un regaño, un sermón o que lo volvieran a llevar a prisión; pero solamente encontró la seria y solemne mirada de su padre y, quizás, una pizca de orgullo recobrado en su hijo.

— Pero… pero entonces yo…
— Debes hacerlo – sentenció. – Pues ahora sí estás preparado.

Andrew se quedó consternado. Con gesto tembloroso, recogió suavemente la flecha del suelo y, con el mayor cuidado del mundo, la sostuvo en sus manos. El brillo del artefacto parecía llamarle, y su corazón resonaba al compás del titileo del metal.

Ahora lo comprendía.

Sonrió resignado, mas feliz por haber hallado su camino. Agarró con fuerza la flecha con ambas manos, colocando el extremo afilado apuntando directamente a su corazón. Miró a su padre una vez más y este asintió silenciosamente ante las acciones de su hijo. Andrew cerró los ojos…

… y disparó su flecha.

Después de todo, él también tenía un destino marcado junto a una pareja desde los albores del tiempo.

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