Café

— Yo es que no soy muy de llorar.

Ester le mira a través de las lágrimas que empañan sus ojos y le corren por las mejillas y sorbe por la  nariz.

—¿No te da pena?

—¿Pena? No, tía. Titanic no me da pena. Me parece un truño como la copa de un pino, para que te voy a engañar.

Ester coge el mando y le da al pause. La imagen de Leonardo di Caprio hundiéndose en las aguas heladas se congela aún más.

—¿Perdona?

—¿No te das cuenta de todos los fallos argumentales que tiene? Vamos a ver, era un amor condenado al fracaso. No hace ni diez días que se conocen y ya se aman, ¿quién puede creerse eso? En cuanto llegaran a puerto ella le iba a dar la patada, iba a dársela porque él es un mindundi que se dedica a pintar mujeres desnudas  y tiene más cara que espalda.

—Tiene once oscars.

—El Retorno del Rey también tiene once oscars, y ahí sí que se muere gente.

—No me puedo creer que lloraras con el Retorno del Rey.

Isabel se acomoda en su sitio del sofá y la mira con incredulidad.

—Yo no lloré con el Retorno del Rey, ¿cómo voy a llorar con esa película?

Se pone de pie y se dirige a la cocina con la intención de ponerse un café. Había accedido a ver aquel pastelón de película solo porque a Ester le encantaban las películas romanticonas de sofá y kleenex.

—¿Y nunca has llorado con una película?

Isabel tarda un poco en contestar. Golpea la tapa del café rítmicamente con las uñas y espera a que la cafetera empiece a chisporrotear antes de decir nada.

—Bueno, sí. Yo lloraba mucho con E.T.

—¿Con E.T? ¿El extraterrestre?

La voz de Ester suena más cerca y cuando Isa se gira desde la cafetera la encuentra apoyada en el quicio de la puerta de la cocina. La mira inquisitivamente esperando a que explique lo que acaba de decir. Isabel se encoge de hombros.

—Mira Ester, ahí había amor. No amor de Hollywood, precocinado y listo para que lo calientes y te des un hartón de llorar como los que tú te pegas. Entre el bicho y el niño había un vínculo de verdad, uno especial. Y cuando se va y se señala a sí mismo y le dice “Au”, el otro le contesta “Estaré aquí mismo”. Señalándose el corazón, joder. Dime que eso no es de llorar.

—Chica, pues me dejas muerta.

—En cambio a ti, cuanto más trágico e imposible sea todo, mejor. Estás tan metida en todo el rollo de la princesa Disney que no eres capaz de vez que Rose es más puta que las gallinas y que se podían haber turnado en el tablón. Prefieres pensar que su amor es imposible y que por eso es bonito. Pues te voy a decir una cosa: los amores imposibles son, además de una mierda, imposibles.

Isabel retira la jarra de la cafetera. Se ha cabreado tanto que le tiembla la mano cuando se sirve el café en la taza y la deja a medio llenar por miedo a derramarlo todo.

—¿Sabes? —Lo dice sin girarse a mirar a Ester, pero con un tono de voz más suave.— Mi madre siempre lloraba con Quédate a mi lado. Siempre en la misma escena, cuando Susan Sarandon y Julia Roberts hablaban sobre la boda de la niña. Una vez la pillamos haciendo zapping justo por esa escena y se puso a llorar. Yo me reí de ella porque ni siquiera le estaba siguiendo el hilo. Ahora siempre que la veo lloro.

Abre la puerta de la nevera en busca de la leche, solo con la intención de ocultar su rostro el tiempo suficiente para que sus ojos dejen de estar vidriosos y el frío le refresque la cara. Ester le toca el hombro suavemente.

—Lo amores imposibles no están tan mal, Isa. Quiero decir ¿qué gracia tiene una película de amor si no hay trama? ¿Sin conflicto?

Isabel cierra con fuerza la puerta de la nevera, haciendo que Ester de un respingo. Estaba acostumbrada a ciertos cambios de humor en Isabel, pero eran tan repentinos que a veces se le hacía difícil seguirle el hilo.

—Dime una cosa, Ester. Desde que compartimos piso, hace dos años, ¿con cuántos tíos has estado? Y no me refiero a estado de salir. Me refiero a estar de estar, ¿cuántos tienes en el cuentakilómetros? ¿A cuántos te has zorreado y te has metido en la cama?

—Yo que sé —No deja ver que eso de zorrear le ha ofendido un poco.— Pues unos seis o siete.

—Y de esos seis o siete, hija de mi vida, ¿con cuántos has fantaseado y revoloteado en esta cocina como si fueras Blancanieves, pensando que serían el hombre de tu vida? —Ester bufa, haciendo memoria—. Ya te lo digo yo: ocho. Y si tú te crees que saliendo una noche y zumbándote al primero que parece no tener venéreas vas a encontrar a tu príncipe azul, siento contarte el final de la historia, pero te equivocas. Y probablemente alguno de esos pobres chavales que han pasado por tu potro de tortura merecía la pena, pero tú, que buscas al príncipe Eric con barba y camisa de cuadros, no puedes verlo.

Ester se cruza de brazos y apoya la espalda en la pared de la cocina. Los azulejos están fríos y evita dar un respingo cuando apoya la parte baja de la espalda que la camiseta que lleva deja al aire, para no perder la dignidad que le están quitando en esa habitación.

—Mira, Isabel. El amor sí existe, el amor existe con mayúsculas, el amor de las películas, el amor de Titanic, y del Diario de Noa. Pero para que exista tienes que tener valor y salir a por él, salir a buscarlo, porque desde luego no va a venir a ti mientras tú te tomas un café en tu sofá y te dedicas a ser cínica y romper los sueños de la gente.  Así que, como soy una adulta que puede hacer lo que le da la gana, si quiero me enamoraré cada semana de un tío distinto y cuando vea que no valen nada, iré a llorar a tu hombro. Porque eres mi amiga, porque así funciona este mundo que tanto odias. Y ET, para tu conocimiento, da grimita.

Isabel le mira seria durante un par de segundos, pero no puede evitar soltar una risita entre dientes. Antes de que se dé cuenta, ambas están riéndose como adolescentes hasta que se le saltan las lágrimas. Ester se acera a Isabel y le abraza.

—Sé que lo estás pasando mal con lo de tu madre, pero créeme. El amor mola y los amores imposibles son geniales, sobre todo cuando se hacen realidad.

Isabel se separa de Ester encogiéndose de hombros.

—Tengo que hacer una llamada.

Isabel sale de la cocina, coge el teléfono inalámbrico y se lo lleva a su dormitorio. Se sienta de espaldas a la puerta cerrada, en el borde de la cama, y busca el teléfono de su padre en la memoria. Al quinto pitido, cuando estaba a punto de colgar, su padre descuelga el teléfono.

—¿Sí?

—¿Dónde te habías dejado el teléfono esta vez? ¿Dentro de la nevera?

—¿Te crees que estoy chocho? Estaba en el cestillo del baño. Un sitio perfecto. —Isabel se ríe quedamente.— ¿Cómo estás hija?

—¿Cómo estás tú, papá? ¿Necesitas que pase por casa? ¿A cocinarte algo?

—Nena, no subestimes la capacidad de tu padre de freírse un huevo. Mi manejo de la plancha es excelente, por no hablar de mi capacidad de memorizar teléfonos de comida a domicilio.

—De memorizar en la puerta de la nevera.

—Obviamente. No te preocupes por mí, preocúpate por ti. ¿Qué tal todo?

—Bien. Bueno, ya sabes. Tirando.

—¿Has hablado con Ester?

Si el teléfono no hubiera sido inalámbrico, Isabel habría retorcido entre sus dedos el cable enrollado que une el auricular. Como no podía, retorcía el trozo de sábanas que quedaban entre sus piernas.

—No, papá. No creo que pueda.

—Sabes que me tienes para lo que quieras, tesoro.

Desde dentro, oye a Ester gritar.

—¡Se te enfría el café!

—¿Sabes una cosa, papá? Los amores imposibles son una mierda.

3 comentarios en “Café

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s