¿Y AHORA QUÉ?

 

Me sentía inseguro. Todo lo que creía saber sobre el sexo se me había caído. Sentía vértigo al encuentro sexual con Amanda. Y no es que no me excitara con ella, sino que la cuestión más bien era que no quería excitarme hasta el punto de salir fuera de mí y fuera de la presencia con Amanda. Otra vez, como muchas cosas que me estaban pasando en mi vida, lo que antes era un valor ahora había pasado a convertirse en una creencia antigua a traspasar. “¡La excitación siempre había sido una cosa deseada!”, me decía a mi mismo desorientado. Y para más inri, la eyaculación tampoco era ya el objetivo del encuentro sexual. ¿Entonces qué? El sexo nos iba bien. Nos lo pasábamos bien. Entonces : ¿Porqué cambiar? Lo cierto es que el cuerpo de Amanda llevaba tiempo mandando señales de que por ahí no. ¿Qué se suponía que tenía que hacer?
Comencé por suprimir o disminuir hasta un número casi anecdótico el número de pajas que me hacía y me olvidé de la pornografia. Me leí algunos libros y vi algunos videos en youtube, pero sobretodo hablé mucho con Amanda y practicamos sexo desde un lugar diferente. Pasamos por diversas etapas.Leer más »

Tiempo

El teléfono suena cuando está colocándose correctamente un último mechón de cabello frente al espejo. Tarda un poco en localizar la fuente del zumbido bajo prendas y prendas de ropa que ha ido sacando del armario en un proceso más ritual que de verdadera búsqueda. Cuando por fin lo encuentra, sus hombros se desinflan en un pinchazo de decepción y cierta congoja. Su nombre aparece en la pantalla iluminado como un faro cuya señal prefiere ignorar deslizando el dedo suavemente hacia el disco rojo que parpadea ante ella. Suspira. Había intentado decírselo de muchas formas, aunque la mayoría habían resultado harto tópicas. No es por ti, es por mí. Debes creerme, no te convengo. No estoy preparada para una relación estable a largo plazo.Leer más »

Jengibre

Mientras llueva afuera,

siempre estaré a tu lado.

Mientras siga la tormenta,

no creeré tus palabras,

me quedo con la sinceridad,

que ni esconder puede

tu mirada.

Que ya le gustaría al oro

valer tanto como el tiempo,

y más vale el tuyo, el nuestro,

el mío a tu lado. Mis guantes

me queman, cuando te toco

con ellos. Mis ojos

destellan cuando te miro,

como yo te miro,

como nadie me mira.Leer más »

La joyita Tomarés.

Pedro era (pues ya no lo es) el “niño pródigo” de la familia Tomarés.

Había terminado sus estudios de ingeniería química en Madrid, y su Máster en Chemical Research por la University of London con una calificación que le colocaba en los primeros puestos de las listas curriculares. Antes de que cerrase su maleta en Inglaterra para volver a España a plantear su futuro, el banco Santander se adelantó a ofrecerle uno. Por lo visto, ciertas ecuaciones de este tipo de ingeniería eran muy similares y útiles para la banca, especialmente para un nuevo sector llamado confirming, donde querían incorporarle. Con veinticuatro años, Pedro Tomarés ya tenía su propio despacho, ganaba seis mil euros al mes e iba al trabajo con una corbata distinta cada día. Ah, y además era (pues ya no lo es) guapo, o handsome, como él decía.

Se convirtió en el orgullo de los Tomarés. Toda la familia se abrió cuentas en el Santander, donde recibían un trato especial. Y como el trabajo le tenía tan ocupado que ya casi nunca podía asistir a las reuniones familiares, siempre se reservaba una parte de las comidas, entre el aperitivo y el plato principal, en la que solo se hablaba de él. De lo inteligente que era, el futuro que le esperaba (la abuela Luche incluso decía que llegaría a ser Presidente) y lo guapo que salía en sus selfies.Leer más »

Amor oxidado

Resultaba curioso leer la cantidad de cosas que la gente es capaz de escribir en la puerta de un servicio público. Mientras me relajaba en la tranquilidad de mi silencio, me hacía gracia leer las ocurrencias de algunos “poetas de váter”. Desde el típico “Te quiero Claudia” hasta alguna semi-reflexión profunda del tipo: “Dicen que tendremos el cielo que en la Tierra nos ganemos, pero el premio siempre es triste porque tienes que morirte para que un día lo disfrutemos.” 
Mientras sonreía por lo que acababa de leer, me subí los pantalones y tiré de la cadena. Salí a la zona de lavabos y froté mis manos de forma mecánica mientras me miraba en el espejo, roto y lleno de pintadas. Leer más »

Cómo concebir un hijo

Él no me mira tanto como a mí me gustaría. Es un hombre muy serio, chapado a la antigua. Cuando nos cruzamos en el pasillo agacha la cabeza y sonríe forzadamente. Me abre la puerta, me da los buenos días cuando llega por la mañana. Es un tío muy educado.

Pocos saben lo que piensa de verdad, lo que le pasa por la cabeza, pero a mí me cuenta sus intimidades, tenemos confianza. En la oficina se ríen de él, llega tarde constantemente y han estado a punto despedirlo. Desde que parece un niño grande hasta que es maricón, hay para todos los gustos.

Compartimos mesa y una vez se confundió de maletín del ordenador. Ese día entablamos relación, y cada vez que me pasa a mí también. A veces, me equivoco queriendo sólo para que él me llame después, y creo que él también.Leer más »

Trampas

—¿En qué piensas, cariño?

—Le doy vueltas a una idea. —Responde él tras un momento—. A una historia que quiero escribir.

Ella no dice nada.

—El libro que hemos visto antes, del periodista ese guapo que le gusta a tus amigas. —Se toma un instante—. ¿No crees que hace un poco de trampa?

—¿Trampa? ¿Por qué?

—Como periodista, utiliza historias impactantes que le llegan de todo el mundo, y las convierte en relatos.

—¿Cómo sabes que lo hace así?

—Lo busqué un poco por internet, y vi que eso era lo que hacía.

—No creo que sea tan así. Y aunque ese sea el caso, no creo que eso sea hacer trampas.

—¿Cómo que no?Leer más »

La última niña perdida (parte II)

Segunda parte de la historia de Aline, que puedes encontrar en el blog personal de la autora: Los fuegos fatuos.

El día era todo luz, azul como no lo había sido desde más tiempo del que podía condesar su memoria, años que mascaba entre muela y muela. Abrió la ventana y dejó que entrase el cielo en la habitación. Tiritó. El frío le abrasó las mejillas pero eso no la detuvo. Se sentó en el alféizar con los pies por fuera y estiró los brazos en un movimiento que nacía desde sus clavículas. Tenía que ser pájaro. Encerrar al tigre que la dominaba y ser libre. Dibujó en la mente los colores que tendría su plumaje, los paisajes que sobrevolaría, sola, sin Peter, sin nadie.

—¿Puedo jugar?

Aline dejó de batir sus alas invisibles al notar las manos del chico en su cintura.

—No.

—¿Por qué?

Ignoró su pregunta y formuló otra.

—Parece que hoy estás de muy buen humor, ¿no es así?

Él sonrió y arrugó la nariz, en un gesto que guardaba sólo para hacerla sonreír. Imitó sus anteriores movimientos alrededor de ella. Subía y bajaba los brazos envolviéndola en un círculo de miradas gruesas.

—¿Así se juega?
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