Doscientos noventa y nueve mil kilómetros por segundo

 

 

 

Setecientos noventa y dos, casi trescientos.

El ritmo de una canción de cuando éramos muy niños. Y no nos conocimos. Quizás tú dabas patadas al pupitre en la clase de al lado cuando yo miraba las hojas mojadas y aplastadas en el suelo del patio.

Seguro que tú te preguntabas por qué eras amigo de ese niño que gritaba tanto mientras yo me iba. Seguro que enterraste las manos en la tierra varias veces, tantas como yo me rasqué el codo sola en una esquina en el recreo.

Quizá huiste, como yo. Quizá intentaste creer y confiar, como yo. Quizá me sentiste alguna noche que sin saber por qué se te salía una lágrima o una sonrisa por la comisura. Hasta cuando dejaste de manchártelas de chocolate. Y mendigaste un beso mientras yo caminaba por las nubes de sueños ajenos. Pocos, pero nítidos. No me imaginaste tantas veces como yo, pero, cuando nos descubrimos, fuiste tú quien me reconoció. Aunque yo me había pasado noches enteras buscando el verde en la almohada.

 

Encuentro el romanticismo en las teclas más estridentes del sintetizador. Pinto guerras de pájaros en la arena con estos dedos de colores que tú me das. No sé rimar. Las culturas viejas y nostálgicas del mar se encuentran todas enredadas y enterradas en tu pelo. Nadie entiende lo que escribo salvo tú.

 

Puedo sentir tus besos en mi nariz cada vez que la arrugo y sonrío. Paso la palma de mi mano a dos milímetros de tu frente y se forman universos.

 

El espacio vacío entre tu mente y la mía no lo atraviesa el sonido, pero sí la luz.

4 comentarios en “Doscientos noventa y nueve mil kilómetros por segundo

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