Café

— Yo es que no soy muy de llorar.

Ester le mira a través de las lágrimas que empañan sus ojos y le corren por las mejillas y sorbe por la  nariz.

—¿No te da pena?

—¿Pena? No, tía. Titanic no me da pena. Me parece un truño como la copa de un pino, para que te voy a engañar.

Ester coge el mando y le da al pause. La imagen de Leonardo di Caprio hundiéndose en las aguas heladas se congela aún más.Leer más »

Estefanía en febrero

Al contrario que al resto de los niños de su edad, a Estefanía no le gustan demasiado los fines de semana. Cuando, al sonar el timbre de las dos en punto, todos sus compañeros salen corriendo de clase, ella aprovecha siempre los últimos segundos de esa semana ya extinta para recoger uno a uno sus lápices de colores y guardarlos en el estuche. Sabe que se mezclarán una vez dentro, pero ya ha hecho de aquello un ritual, y primero busca el rojo. Más tarde el azul y luego el amarillo. En último lugar siempre va el verde. Tras los colores el sacapuntas. Y al final del todo, justo antes de cerrar la cremallera, la goma de borrar, que más que borrar emborrona de tantos colores como está teñida. Mientras realiza esa tarea y se asegura de que los demás se hayan marchado, lanza alguna que otra mirada furtiva a su maestra, que suele andar borrando la pizarra o recogiendo los libros de su escritorio. Rosa es joven y es guapa, y además tiene el pelo casi rojo, algo que a su alumna le encanta. Tras cerrar la cremallera del estuche, se dispone también a guardar sus libros y cuadernos en la mochila. Lo hace con la lentitud que trae la tristeza. No sabe por qué, pero siempre se pone triste los viernes a partir de ese momento. Y a veces siente unas ganas casi incontrolables de abrazar a Rosa. Aunque claro, jamás lo ha hecho.

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