Recuerdo

Si se remontaba al comienzo de su vida, lo que se encontraba era dolor. Al nacer había aparecido sin más en medio de la sala. Ellos no la habían visto, o quizás habían preferido no ver que de la relación que acababa de morir había nacido algo vivo. Recuerdo se había colocado en silencio entre ambos, haciendo que dejaran de poder verse como lo hacían antes. Él se había ido, y había dejado a Recuerdo con Ella. Ella se había sentado en el sofá, escondiendo el rostro entre las manos, mirando sin ver a través de sus dedos, separados ligeramente en un anhelo. Leer más »

Abel, Abel, Abel

“Cuando sea mayor de edad me iré de casa” se repetía Abel desde los doce años. Sus padres nunca le habían pegado ni maltratado, simplemente sentía que no encajaba en aquel lugar.

Era hijo único, de modo que todo el cariño o desidia que tuvieran sus padres hacia él no podía ser repartido. Y era lo segundo. Claro que, Abel, nunca deseó tener hermanos. Pero no como quien no desea algo que no conoce, sino como aquel que odia una idea. Sus padres le habían enseñado a no desear nada, ni siquiera lo que se tiene.Leer más »

Hermanas

—¿Sabes lo que me ha pasado viniendo para acá? —pregunta Blanca esperanzada.

—No. —La voz suave de Elena sorprende a Blanca. Le ha respondido.

—Un policía, un policía ha intentado ligar conmigo. Pero no te creas que me lo estoy imaginando, ha sido de forma descarada. ¿Te lo puedes creer? ¡Un policía! ¿En qué mundo estamos? ¿Eso no es abuso de autoridad?

Blanca está muy nerviosa. Siempre ha mantenido la esperanza, pero hace mucho tiempo que Elena no muestra interés por nada, ni siquiera por lo que a ella le pase. Toma una bocanada de aire e intenta serenarse. Sólo ve ojos en el rostro de Elena, unos inmensos ojos redondos y azules. Espera por una respuesta, pero realmente no cree que vaya a obtenerla. Sin embargo, esa voz suave vuelve a sorprenderla:Leer más »

Fundamentos para escri-bi-vir

«La vida es para quien se conforma. La poesía, para quien sueña y desea…» Elvira Sastre.

El silencio no solo puede almacenarse en los labios porque existen tantos tipos de silencios como gritos contiene el mundo.

Existen los silencios impuestos. Aquellos que obligan a los pueblos a dejar las calles a oscuras. Toques de queda que vacían las calles de ruido. Ciudades petrificadas que demandan el calor intercambiable de todos los peatones que se miran, se cruzan y vigilan en todos los pasos de cebras y semáforos.

Existen silencios de derrota. Silencios que se amontonan en la puerta de los portales como la nieve de los inviernos más duros y que solo pueden apartarse con las grandes palas metálicas de las palabras.Leer más »

El último sueño

[Era verano y el galán de noche estallaba en el patio. El dulzor empapaba el aire y se posaba sobre las pestañas que, vencidas, caían lentas a cada parpadeo . Las palabras escritas se mezclaban con la conversación que transcurría alrededor de la mesa, como un amasijo de ficción que envolvía a todos los presentes. La brisa de la noche parecía venir de otro tiempo que era, a la vez, mejor e irreal. Se preguntó si siempre se sentiría lejos. Si estaba condenada a ser una extrajera perpetua en su propia casa, como una maceta mal trasplantada, nunca pudo echar raíces.

Aquella casa era una isla de la que ni siquiera había considerado marcharse. Era una prisión sin cadenas cuya puerta no existía. Un laberinto de recuerdos. Seguía en la terraza, escuchando las voces, las palabras que no deseaba discriminar, mientras hundía la nariz entre las páginas del libro y sorbía restos de agua a través de un mechón de pelo que estaba endurecido y sabía a cloro.  Las voces se fueron alejando hacia el interior de la casa.

Escuchó su nombre, varias veces, lo ignoró. Colocó los talones sobre la silla en la que estaba sentada y se abrazó las pantorrillas mientras sus pupilas devoraban más y más líneas. Su piel desprendía calor y sudaba crema solar.Leer más »

El Silencio del Algodón

La noche que su marido murió, Seema se vistió de blanco. Seema no lloró durante el funeral, pero lloró luego, cuando terminó de limpiar y purificar el hogar de su esposo. Sólo lloró una vez, y ya no lo hizo más. No cuando abandonaba su sari favorito, de seda granate, azul y naranja, en un cajón de la casa. No cuando guardaba las joyas de boda de su difunta madre junto con las joyas de la familia de su esposo. No mientras su bruñido pelo negro caía sin vida al suelo. Ni siquiera cuando consiguió tragar que no volvería a ver a sus dos hijos varones, a los que su abuela no permitió verla marchar.

Seema se despidió junto con su marido del color; se convirtió en un ser blanco, un objeto sin pronombre. Seema dejó atrás la casa de su esposo, se marcó la frente con ceniza y se marchó para siempre de su vida.

Leer más »

La liebre con la tortuga

Cuando vio a la tortuga recibiendo el premio de la Gran Carrera, y siendo manteada por todos los animales del bosque, la liebre se marchó a casa arrastrando los pies. Allí en su pequeña madriguera estaban su mujer Mamá liebre y sus tres liebrecitas. Al contarle lo ocurrido, Mamá liebre se puso muy furiosa.

—¡Te reíste de la pobre tortuga! Podrías haber ganado, pero fuiste arrogante, y ahora hemos perdido el dinero del premio. ¿Cómo van a comer y vestirse ahora nuestros hijos?

Al oír esas palabras, todo el orgullo desapareció en el corazón de liebre, que muy triste, respondió.

—Hablaré con la tortuga, le pediré disculpas y le explicaré nuestra situación. Es una tortuga humilde, seguro que nos ayuda.

Y con esa idea en mente, la liebre fue arrastrando los pies hasta la morada de la tortuga. Al llegar a la puerta dio un brinco de asombro. Antes su casa estaba entre unas raíces secas, pero ahora tenía un árbol entero para ella. Una ardilla muy elegante y estirada, le detuvo con una mano en la puerta.

—El Rayo Verde ya no firma autógrafos.

—Ardilla, soy yo, ¡liebre! El Rayo Azul. Vengo a hablar con tortuga.

—El Rayo Azul… ¡Ah!… sí —dijo sin mucho entusiasmo—. Pasa.Leer más »