Estefanía en febrero

Al contrario que al resto de los niños de su edad, a Estefanía no le gustan demasiado los fines de semana. Cuando, al sonar el timbre de las dos en punto, todos sus compañeros salen corriendo de clase, ella aprovecha siempre los últimos segundos de esa semana ya extinta para recoger uno a uno sus lápices de colores y guardarlos en el estuche. Sabe que se mezclarán una vez dentro, pero ya ha hecho de aquello un ritual, y primero busca el rojo. Más tarde el azul y luego el amarillo. En último lugar siempre va el verde. Tras los colores el sacapuntas. Y al final del todo, justo antes de cerrar la cremallera, la goma de borrar, que más que borrar emborrona de tantos colores como está teñida. Mientras realiza esa tarea y se asegura de que los demás se hayan marchado, lanza alguna que otra mirada furtiva a su maestra, que suele andar borrando la pizarra o recogiendo los libros de su escritorio. Rosa es joven y es guapa, y además tiene el pelo casi rojo, algo que a su alumna le encanta. Tras cerrar la cremallera del estuche, se dispone también a guardar sus libros y cuadernos en la mochila. Lo hace con la lentitud que trae la tristeza. No sabe por qué, pero siempre se pone triste los viernes a partir de ese momento. Y a veces siente unas ganas casi incontrolables de abrazar a Rosa. Aunque claro, jamás lo ha hecho.

La mayoría de las veces, Estefanía despide a su señorita en el pasillo. Pero hoy han salido juntas de clase y se han dirigido hacia la puerta de la calle. Allí le espera Josechu, que siempre la recoge antes de ir a la facultad. A Estefanía le da un poco de vergüenza que su hermano hable con su profesora por si dice alguna tontería. Ya se sabe cómo son los hombres. Ella no lo sabe, en realidad. Pero eso es lo que dice su madre.

Josechu la coge en brazos, la despeina y se cuelga su mochila al hombro. Se limita a hacer un gesto con la cabeza a Rosa, como tantas otras veces, y ésta responde como siempre: con una sonrisa repleta de dientes. Estefanía se siente aliviada, aunque se le ha hecho demasiado corta la despedida.

A veces sueña que Rosa va a casa a darle clases particulares de Lengua y que acaban jugando con las decenas de Playmobil que tiene en su cuarto. Hay noches en las que Rosa, en su sueño, se entusiasma con los juguetes de Estefi. Otras, se ríe de ella, llamándola «niño” a carcajadas, como han hecho tantas veces las niñas de Tercero cuando la han visto jugando al fútbol con los chicos de su clase.

Josechu la lleva a hombros hacia casa. Le dice, como cada viernes desde hace meses, que dentro de poco dejará de hacerlo porque ya es casi una “mujercita”. Y también le dice con voz burlona que ya no puede ser su hermano mayor, sino “su hermano a secas”. La niña se ríe porque sabe que está diciendo esas tonterías de viernes para animarla. Aunque no deja de acordarse de Rosa.

A Estefi le preocupa eso que le ocurre. Nunca, hasta que conoció a su señorita, se había sentido de aquel modo.

Ya en el ascensor, Josechu le habla del día de los enamorados, que es el lunes. Ella ya lo sabía, porque sus padres van a salir a celebrarlo este fin de semana. Posiblemente, si su hermano ha hecho planes, a Estefi le tocará quedarse con los abuelos el domingo. Cuando ambos salen, antes de abrir la puerta, Josechu le dice a su hermana:

—¿Me guardas un secreto?

Ella contesta con total naturalidad:

—¿Me compras un euro de esponjitas?

—Te compro dos esponjitas y te cuento un secreto. ¿Te parece poco?

Estefanía lo medita unos instantes y decide que es un buen trato.

—Vale.

Josechu saca del bolsillo interior del chaquetón un estuche pequeño. Lo acerca a la altura de su hermana, lo abre y Estefi puede ver un colgante de plata.

—Es para una chica. ¿Te gusta?

—¿Tienes novia? —Estefanía abre mucho los ojos.

—Bueno, no sé. No sé, llevamos unos meses que quedamos y eso…

La niña está entusiasmada.

—¿Cómo se llama?

—Raquel.

—¿Os dais besos?

Josechu se ríe y cierra el estuche. Se lo lleva al bolsillo.

—¿Y tú para qué quieres saber eso?

—Si os dais besos es tu novia. Me lo dijo Cristina.

—Vaya con Cristina.

—Ella tiene un novio. Y dice que se dan besos.

—Pues tu amiga Cristina es muy chica para eso. Y tú también.

—¿Y qué hacen los novios? Aparte de los besos. Porque a mí me parece muy aburrido.

Josechu vuelve a reír.

—Es verdad. Solo los besos son muy aburridos. A veces los novios van a comer juntos, van al cine. Se dan la mano por la calle y se ríen mucho. Y se gustan.

—¿Cómo sabes quién te gusta?

—Pues… Depende. Si te apetece hacer todo eso, aunque sea sin los besos, es que te gusta alguien. Si te apetece abrazarla o hablar con ella todo el rato y te pones triste si no está es que te gusta mucho, pero mucho mucho.

Estefanía se queda pensativa.

—¿Qué te pasa? ¿Te gusta alguien? —Josechu la mira con preocupación.

—A lo mejor. Pero no estoy segura.

El joven se sienta en la escalera y tira suavemente de la niña para hacerla sentarse a su lado.

—No te sientas mal. Lo primero que tienes que hacer es enterarte de si le gustas. Y si no, ya te gustará otro.

Estefi aprieta los labios. Siente que algo no está bien del todo.

El fin de semana se hace largo, como siempre. Pero esta vez Estefanía no para de pensar en la conversación con Josechu. El domingo por la mañana decide escribirle una carta a Rosa. Sabe que está mal, que no es lo correcto. Pero no le importa. Se la entregará el lunes, cuando salgan del colegio. Sonará el timbre de las dos en punto y, una vez más, se recreará en su ritual de guardar los lápices de colores: primero el rojo, después el azul y el amarillo, y más tarde el verde. Lanzará alguna mirada furtiva a su señorita y cerrará el estuche tras haber guardado también el sacapuntas y la goma de borrar. Guardará en la mochila los libros y los cuadernos. Saldrán juntas de clase y llegarán a la puerta del colegio, donde esperan dos hombres: uno es Josechu, que la recibe con una sonrisa y un ramo pequeñito de flores y el otro es un desconocido algo mayor que lleva también un ramo, mucho más grande y rojo, como el pelo de Rosa. Ese hombre desconocido abraza a su maestra y ella le besa en los labios, no sin antes enseñar esa sonrisa llena de dientes que tanto le gusta a su alumna.

Estefanía se mete la mano en el bolsillo y saca la carta que había escrito para Rosa. Josechu le agarra a su vez la carta, se agacha y la mira. Tiene los ojos vidriosos y su voz suena un poco más aguda de lo habitual.

—¿Quieres venir hoy al cine conmigo y con Raquel? Y le damos juntos el colgante. Seguro que le encantas. Ella también tiene el pelo rojo.

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