Amor oxidado

Resultaba curioso leer la cantidad de cosas que la gente es capaz de escribir en la puerta de un servicio público. Mientras me relajaba en la tranquilidad de mi silencio, me hacía gracia leer las ocurrencias de algunos “poetas de váter”. Desde el típico “Te quiero Claudia” hasta alguna semi-reflexión profunda del tipo: “Dicen que tendremos el cielo que en la Tierra nos ganemos, pero el premio siempre es triste porque tienes que morirte para que un día lo disfrutemos.” 
Mientras sonreía por lo que acababa de leer, me subí los pantalones y tiré de la cadena. Salí a la zona de lavabos y froté mis manos de forma mecánica mientras me miraba en el espejo, roto y lleno de pintadas. 
El reflejo me mostró un rostro cansado. El de un bicho raro al que nadie entendía y que se encontraba siempre fuera de lugar. Ese rostro que daba la sensación a muchos de que iba por encima de las circunstancias y que, por el contrario, estaba sólo y triste.
El día de trabajo había sido duro. Los cinco minutos sentado sobre la fría taza habían sido los mejores de toda la jornada. Un jefe inepto que compensaba su falta de conocimiento con el ansia por demostrar su poder, hacía que estuviese cansado de aquella rutina. Cada día al llegar me proponía dejarlo. Que fuese el último. Pero nunca lo era. Así que cogí el abrigo colgado de la percha y salí a la calle. La noche era cerrada, los coches pasaban a toda velocidad, y el sonido de las ambulancias de un hospital cercano era la mayor sensación de vida que podía sentirse en varias manzanas. Cada vez que sonaba una, me decía: “Un niño que nace”. ¿Para qué pensar algo negativo? Como cada semana, me senté en la parada del autobús a esperar a que ella viniese a recogerme. Miré el reloj y comprobé que no debía tardar mucho. A la vez que metía de nuevo la mano en el bolsillo me deslumbró con las ráfagas de su coche al acercarse.
Cuando me monté, un frío beso sirvió de saludo. Después, ella comenzó a hablar sin parar. Yo, me dediqué a escuchar sin ganas, lamentando un poco no poder interesarme. Sus frases entraban en mí como cuando la lluvia golpea las ventanas. Sólo pude pensar en el hecho de que hubo un tiempo en el que sólo con hablar conseguía que los problemas se hiciesen pequeños y las respuestas cobrasen sentido. Sin darme cuenta, el coche se detuvo en el motel de siempre. Subí a la habitación que tanto conocía y me vi inmerso en otra sesión de sexo automático. Sabía que es lo que tenía que hacer para llegar a casa lo antes posible. Me moví de forma rutinaria y me acomodé de tal manera que no tuviese que hacer mucho esfuerzo. Incluso bostecé un par de veces sin que ella lo notara. Al terminar, sin dejar apenas tiempo para una muestra de cariño, me levanté y me metí en el baño. Estaba cansado de que me repitiese que esto era así por mi culpa. Ya se había llevado años con la absurda idea de que viviésemos juntos y nos casásemos. Yo no tenía tiempo para tonterías de niños y matrimonios. Pasado un tiempo, y viendo que yo no avanzaba, ella se cansó de esperarme y arregló su vida. No la culpo. Sin embargo, me gusta que tenga la necesidad de verme. Aunque esto ya no sea más que amor oxidado. Aburrido de lo físico pero demasiado ocupado como para sentir algo más.
Escuché como se cerraba la puerta de la habitación. Salí de nuevo y me asomé por la ventana. Ella volvía a casa. A su vida, a su realidad. Su marido la esperaría en casa. Como siempre.
Yo, bajé a recepción. El muchacho me dijo que la mujer ya había pagado. Y, como siempre, volví a casa solo. Demasiado ocupado como para intentar crear una vida de verdad. Demasiado egoísta como para amar a alguien además de a mí mismo.

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