Sobrevaloradas

Habíamos estado hablando de ese día casi todos los días desde hacía varias semanas. Marta se casaba y Laura era la encargada de preparar su despedida de soltera. La verdad es que mi relación con la novia se reducía a la clasificación de meras conocidas, en cambio, Laura y yo habíamos sido amigas en la adolescencia. Pero ya se sabe, cosas que pasan… habíamos perdido el contacto con el paso de los años.

Yo había decidido no ir a la despedida, las razones eran evidentes, nada me unía a las que asistirían a tal evento. No conocía a nadie, no eran mis amigas y además, tenía cosas que hacer en casa. Para más inri yo había sido invitada a la boda por ser la novia de uno de los amigos del novio y probablemente Marta no notaría que yo no estuviera en su despedida de soltera. Sin embargo, cada día que pasaba yo veía, vía Whatsapp, cómo el número de asistentes al evento disminuía drásticamente.

 

 

Laura y yo habíamos quedado en un café días antes de la despedida de Marta. Hacía años que no nos veíamos, pero Laura no había cambiado. Era esbelta y su rubio natural le hacía tener un aspecto infantil.

—Julia, lo que no es normal es que la pobre chica vaya a celebrar su despedida y ni las primas vayan. ¿Sabes quienes vamos? Su cuñada, mi cuñada y yo —dijo Laura a la par que se pasaba las manos por su pelo y se hacía la mítica cola alta que yo tan bien había conocido cuando apenas teníamos edad para salir con chicos.

—Pobre Marta, algo le ha debido de pasar porque siempre ha sido una buena niña —le dije a la que había sido mi amiga de la adolescencia. Me masajeé las sienes y negué con la cabeza—. Venga, apúntame en la lista de asistentes, que voy a la despedida.

 

 

Abrí la puerta del local y me senté en la acera bajo el frio de la noche. Llevábamos cuatro horas de despedida. Habíamos cenado y ahora nos habíamos trasladado a una discoteca de la zona para continuar con la fiesta. Podía divisar el río desde mi posición, lo observé escuchando de fondo el ruido a mí alrededor. Mi mirada se centró en un barco que pasaba, pero justo a mi izquierda algo llamó mi atención… Marta estaba andando de un lado a otro unos metros más allá de donde yo me encontraba, se paró y se encendió un cigarrillo. Me levanté y me dirigí hacia la novia, pero no me vio, siguió moviéndose y fumando como si no hubiera un mañana. Nunca la había visto así, pero tampoco es que hubiéramos coincidido tantas veces.

—¿Qué te ocurre? —le pregunté, haciendo que Marta se girara de repente y me mirara con los ojos muy abiertos.

—¿Cómo? No me ocurre nada —murmuró con un hilo de voz.

—¡Venga ya! No hace falta que me mientas, vamos, mujer… desahógate —le propuse.

Observé a la novia. Laura había tenido la idea de que Marta fuera vestida de blanco y las demás de negro. Según ella, así nos asegurábamos de que la novia destacara. Marta destacaba, pero porque llevaba una banda cruzada a la altura del pecho en rosa fucsia que decía: “Novia del año” y sobre todo porque llevaba un pene a modo de corona en la cabeza. Cuando ella se movía el pene se movía, por lo que sonreí al verlo balanceándose en la cabeza de la novia. Cualquier vestigio de sonrisa murió en mis labios al escuchar la voz temblorosa de Marta iniciar su discurso…

—Es que acabo de ver a alguien, pero ha sido de casualidad, yo no sabía que él estaba aquí. Si lo hubiera sabido, no hubiera venido, te lo juro —dijo casi sin respirar—. Ay, perdón. Perdóname. Olvida lo que te he dicho, no puedo contarte nada. Lo siento, sólo me he puesto nerviosa.

Marta le dio una calada más al cigarro y lo tiró. El humo que salió de sus labios llegó empujado por la brisa hasta donde yo estaba.

—No pasa nada, Marta… No tienes que contarme nada —le aseguré—. Tú tranquilízate a ver si te va a dar algo.

Los segundos pasaron y ninguna habló. Estudié su cara contraída, sus dientes capturaban su labio inferior con fuerza.

—Bueno, realmente me gustaría poder soltarlo a ver si así me quito esta sensación de encima —dijo de repente a la vez que tiraba al suelo lo que quedaba del cigarrillo que se había estado fumando—. Si te lo cuento, ¿prometes no decírselo a nadie?

Asentí a modo de respuesta y Marta comenzó su discurso. A medida que hablaba, se desahogaba y sus movimientos iban disminuyendo.

—Por eso no han venido tus primas, ¿verdad? Ellas lo sabían.

 

 

Semanas después, el sol hacía acto de presencia en la ceremonia de Marta y ésta me saludó con un simple asentimiento de cabeza. El futuro marido sonrió al lado de la que en minutos sería su esposa de forma oficial. Dirigí mi mirada a la de mi novio y él me devolvió el gesto. Le había contado a mi novio lo que me había dicho Marta y aunque él había estado a punto de decírselo a su amigo, finalmente no lo hizo porque yo se lo impedí.

—No me puedo creer que encima me salude con tanta naturalidad —le dije a mi novio acercándome a su oído.

—¿Y qué quieres que haga la muchacha? Ella lo quiere… ¿No fue eso lo que me dijiste para que no se lo contara a mi amigo?

—Bueno, todo el mundo se equivoca, pero creo que querer no es acostarse con uno de su pueblo y después casarse como si nada.

—Ya, bueno, la fidelidad está sobrevalorada.

Me giré para encarar a mi novio y él desvió su mirada a otra parte.

—¿En serio piensas eso? —le pregunté agarrando el filo de su chaqueta.

—Julia, yo…

Lo miré a los ojos.

—¿A qué viene esta opinión sobre la fidelidad? —le pregunté bajando la voz—. Tú siempre has dicho que si quieres a alguien, piensas en el daño que podrías hacerle, en el riesgo que sería besar a otra persona y que por eso mismo, por no perderla, no lo harías.

—¿Es que uno no puede cambiar de opinión? —murmuró en mi oído.

Pasé mi peso de un pie al otro y miré hacia el suelo. Llevaba unos tacones color crema y un vestido negro que me llegaba hasta las rodillas. Paseé mis manos por la tela del vestido secando el sudor de mis manos.

—¿En la despedida de soltero de tu amigo la semana pasada pasó algo que deba saber? —Levanté la vista para tener clara la respuesta. Su expresión lo dijo todo—. Quizás esta boda y esta relación también están sobrevaloradas. —Cogí aire, me di media vuelta y salí de allí con la cabeza muy alta y la mirada en el suelo.

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