¡Cumpleaños feliz!

Cuentan las antiguas leyendas que, un día, llegaría una generación de literatos destinados a cambiar el mundo a través de las palabras, que sería un grupo heterogéneo de artistas que, cada uno de ellos, con su propio estilo, conseguirían cambiar la concepción de literatura y, además, el mundo también.

Nosotros seguimos buscando esa generación, para acabar con ellos y engañar al mundo con nuestros cuentos fáciles y poemitas de tres al cuarto. ¡Hoy, queridos, la generación trambólica cumple un año! Y es que hoy hace un año que este blog se inauguró, y no podemos estar más contentos.Leer más »

La boda

“El amor más sincero siempre es libre.”

 

— ¿Crees que debería casarme?

A Ruth se le infló el pecho bajo el escote de su vestido blanco y corto, y lo besó en los labios.

—Sí, ya sabes que lo creo.

Elías bajó la vista turbada al suelo, con los pensamientos tropezándose entre sí y apretó la mano con que la sujetaba.

La habitación tenía colores pálidos y ligeros, como el día que era claro y fresco pero sin brisa. La luz atravesaba las ventanas y Elías sólo podía pensar en lo guapa que estaba su amiga, con el pelo recogido con flores, las clavículas al aire y los sentidos a ras de piel y a la vista.

—Escúchame —pidió ella.

—Te escucho. —Elías sonrió son la boca cerrada y volvió a mirarla, aunque sus ojos parecían todo iris y tenía miedo de no saber salir de ellos.

—Tú la quieres.

—Sí.

—Y ella te quiere.

—Lo sé.

—Pues no hay más que hablar. Hace un día precioso para una boda.—Se sentó en su regazo y lo abrazó apretando las pestañas.

—A ti también te quiero.

—Ya lo sé. —Ruth le acarició la nuca y volvió a besarle—. Y yo, te quiero mucho.

Él tomó una de sus piernas y se la colocó detrás, con una a cada costado, para anudarla a su cintura, y dejó su barbilla en la curva del cuello de la muchacha.

—Hueles a ti.

Ruth soltó una carcajada, de las que sonaban desde la profundidad del estómago y le hacían inclinar la cabeza hacia atrás, de las que reverberaban en las paredes  y que Elías sabía con total certeza que extrañaría por encima de todo.

— ¿Y cómo es eso?

—Pues a ti. —Le pasó el aliento por el cuello y Ruth suspiró con el bello erizado y la melancolía prematura haciendo grumos en su pecho.Leer más »

Click

—No me esperes.

Cerró la puerta. El sonido del pestillo encajándose en el marco me despertó cada noche de las que viví después de ella. Un “click” que sonaba a “no me esperes”.

Cuentos de heroínas II: El conocimiento

Sólo hay un dios, y es el conocimiento, y una maldad, que es la ignorancia

(Platón)

En el aire quedó flotando una neblina cargada de hierbabuena y romero, que se mantuvo suspendida aún durante nueve días después de que su cuerpo se hubiera quemado. Los que asistieron a la ejecución pública aseguraron que sus chillidos sonaban a madera de roble crujiendo y crepitando.

Ella era toda matriz, cálida y honda como el vientre mismo de la tierra. Tenía los ojos llenos bosque y el tacto de su tez era de musgo y dientes de león. Desde niña se había criado acostumbrada a la soledad de la montaña. Se alimentaba sólo de tierra húmeda, hincaba los dedos entre las lombrices y se llenaba la boca. Vivía en lo profundo, sitiada por torres de libros cuyas hojas gastadas de leerse eran traslúcidas como las alas de los murciélagos que los sobrevolaban. Había consagrado su vida al estudio de las artes y las ciencias. Conocía los designios del cielo y de los hombres, los caminos recorridos y los entresijos del porvenir. Se encontraba en posesión de todos los secretos de la existencia, los llevaba escritos en el filo de los labios y se los sacudía de vez en cuando, y entonces su voz sonaba a lluvia y a lejanía.

Nunca aparecía si no la llamaban. Rompía el estrépito de la vegetación con su ropa blanca y miraba siempre a las estrellas. Los misterios se enfilaban entre sus vértebras y la mantenían erguida, susurrando secretos para los que el mundo no tenía escudos. El conocimiento es peligroso, libera el alma. Si silbabas su nombre, aparecía entre las raíces, y te concedía un pedazo de sabiduría vieja como el sonido del viento. No le negaba a nadie el saber que perseguían, pero no siempre traían consigo las preguntas acertadas. Sus designios eran semillas que sus receptores alimentaban de esperanza, odio o impaciencia; ella las plantaba y se marchaba sin hacer ruido.Leer más »

Dulcinea se ha despertado…

“Hoy os invito a que abracéis con fuerza un libro, podéis elegir uno cualquiera, y le deis la vuelta. Sacudidlo, para que los personajes caigan y sean ellos los que os lean a vosotros. Hay almas compartidas que se reconocen a través de las letras que nos dejan. Feliz día de la pasión, feliz día del libro.”

 

Dulcinea se ha despertado con Shakespeare anudado a su melena. Ha soñado que se conocían en una noche de verano y que le ponía alas. Se ha quedado con un verso del soneto que le susurró al oído hormigueando en las pupilas.

Dulcinea ha soñado que Shakespeare la abrazaba, que le regalaba una rosa y hablaba de manchas en la boca y peregrinos que las borran con un beso. Se ha llenado los labios con sus lunares y ha guardado su número exacto debajo de la lengua.

Dulcinea se ha despertado con el canto de la alondra, mientras que, a medio camino entre los dos mundos, Shakespeare aún le acariciaba las muñecas y le suplicaba por algunos minutos más en su cama, objetando que sin duda se trataba del ruiseñor arrullando la noche.Leer más »

El último sueño

[Era verano y el galán de noche estallaba en el patio. El dulzor empapaba el aire y se posaba sobre las pestañas que, vencidas, caían lentas a cada parpadeo . Las palabras escritas se mezclaban con la conversación que transcurría alrededor de la mesa, como un amasijo de ficción que envolvía a todos los presentes. La brisa de la noche parecía venir de otro tiempo que era, a la vez, mejor e irreal. Se preguntó si siempre se sentiría lejos. Si estaba condenada a ser una extrajera perpetua en su propia casa, como una maceta mal trasplantada, nunca pudo echar raíces.

Aquella casa era una isla de la que ni siquiera había considerado marcharse. Era una prisión sin cadenas cuya puerta no existía. Un laberinto de recuerdos. Seguía en la terraza, escuchando las voces, las palabras que no deseaba discriminar, mientras hundía la nariz entre las páginas del libro y sorbía restos de agua a través de un mechón de pelo que estaba endurecido y sabía a cloro.  Las voces se fueron alejando hacia el interior de la casa.

Escuchó su nombre, varias veces, lo ignoró. Colocó los talones sobre la silla en la que estaba sentada y se abrazó las pantorrillas mientras sus pupilas devoraban más y más líneas. Su piel desprendía calor y sudaba crema solar.Leer más »

Poema XX, desde otra orilla

La distancia y el tiempo son los mejores conductores para la melancolía. Tenía una colección de recuerdos, uno para cada hora. Un arsenal de nostalgias con las que esperar. Hojas sin márgenes y arena esparcida en el pelo. Era cuanto quedaba. Y, de entre todo ello, un poema y un mechero, que llegaron con un susurro desde otra orilla. Desde la playa al otro lado del océano, navegaron sus ecos, reverberando contra las rocas, grintando y agitando versos en la memoria.Leer más »

La última niña perdida (parte II)

Segunda parte de la historia de Aline, que puedes encontrar en el blog personal de la autora: Los fuegos fatuos.

El día era todo luz, azul como no lo había sido desde más tiempo del que podía condesar su memoria, años que mascaba entre muela y muela. Abrió la ventana y dejó que entrase el cielo en la habitación. Tiritó. El frío le abrasó las mejillas pero eso no la detuvo. Se sentó en el alféizar con los pies por fuera y estiró los brazos en un movimiento que nacía desde sus clavículas. Tenía que ser pájaro. Encerrar al tigre que la dominaba y ser libre. Dibujó en la mente los colores que tendría su plumaje, los paisajes que sobrevolaría, sola, sin Peter, sin nadie.

—¿Puedo jugar?

Aline dejó de batir sus alas invisibles al notar las manos del chico en su cintura.

—No.

—¿Por qué?

Ignoró su pregunta y formuló otra.

—Parece que hoy estás de muy buen humor, ¿no es así?

Él sonrió y arrugó la nariz, en un gesto que guardaba sólo para hacerla sonreír. Imitó sus anteriores movimientos alrededor de ella. Subía y bajaba los brazos envolviéndola en un círculo de miradas gruesas.

—¿Así se juega?
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