Un día no tan cotidiano en la vida de Crespín y Doroteo.

—Buenos días, Crespi —el viejo Doroteo se acercaba lentamente, dejando con su panza un surco en la arena—. Hoy has madrugado mucho.

—Estamos en la mejor época del año, Doro, no quiero perderme ni un rayo de sol —respondió Crespín, y se desperezó con gusto—. Ven, Doro, túmbate aquí conmigo.

—Eso iba a hacer —respondió Doro. Caminaba despacio y pesadamente.  Cuando llegó junto a Crespín, se quedó quieto un momento, un momento largo. Las tortugas siempre se tomaban su tiempo para todo, y Doro era muy tortuga. Finalmente cogió impulso y, con la maestría que le dieron las décadas, giró sobre sí mismo y se tumbó sobre su caparazón limpiamente.

—¡Guau! Que buena tumbada esa, Doro —Crespín, recostado también con la panza arriba, agitó las aletas como si quisiera aplaudir—. Yo he tenido que retorcerme un rato por la arena ¿sabes?, hasta que una ola me ha empujado y ya lo he conseguido —Crespín estiró el cuello hacia las nubes con una sonrisa de placer—. Cuesta mucho a veces, pero merece la pena.

—Eres joven y pequeño —Doroteo estiró sus extremidades y su cabeza con un gemido, y cuando ya no podía más, las dejo caer, flácidas—. Ya cogerás la técnica.

Era un día despejado, tanto en el cielo como en la playa. El sol apenas acababa de asomar, pero ya ardía, las gaviotas graznaban y el mar se mecía suavemente. En este entorno, Doroteo Caparazónduro y Crespín Cuellicorto dormitaban despreocupadamente en la arena pálida sobre sus caparazones, con la panza bien hacia arriba, la cabeza echada para atrás, los ojos cerrados y la boca abierta;  igual que hacían todos los días.Leer más »

Mi Querido Diario

Apenas recuerdo ya su cara. El frío me envuelve cuando lo intento, pero más porque en mi personalidad está el establecer poderosos vínculos con quien sea capaz de confiar en mí, que por un sentimiento amistoso real.

¿Quién soy? No es necesario que tenga un nombre realmente, aunque me solían, y me suelen llamar: Querido Diario.

A diferencia de para vosotros, para mí el nombre no es algo importante. Lo que es importante respecto a mí es lo que una vez llevé dentro: toda una serie de aventuras, secretos, mentiras, lágrimas, algo de alcohol y hasta babas de perro… Y sobre todo, una sucesión de inconfesables sucesos escritos a sangre fría. Aunque tal vez la sangre no sea el fluido corporal más exacto para la metáfora, pero utilizar el que sería apropiado podría resultar grosero, y eso es algo que no se puede permitir algo tan exquisito como yo. Nada menos que un tomo de edición muy limitada.

Afortunadamente, todo eso ya pasó. Estoy limpio. Y ahora mi interior solo se llena con letras bonitas que dibujan viajes a otros mundos, paisajes que quitan el sentido, poemas que emocionarían al diario de Lorca y proyectos, muchos proyectos tachados, y otros aún por tachar.

El cambio fue gracias a ella. Decidió justo a tiempo saltar de aquel barco que se hundía en mitad de la tormenta y arrancó de mis entrañas todas esas páginas escritas con letra irregular y renglones torcidos, como si se hubiesen garabateado en estado de ebriedad pero sin el como. Y si no lo estaba, lo fingía. Debido a esto ahora soy más delgado, más fino, pero también más ligero. Libre de la culpa, del remordimiento y de la impotencia que durante meses retorció mis solapas.

Y por eso, me siento capaz de abrir mis páginas y mostrar esa historia tatuada en mi piel.Leer más »

Todo lo que tiene que ocurrir para que se despeje un escritor

Con la predisposición inicial de despejar los pensamientos aturullados de mi mente, decido salir a la playa que hay tras las rocas. Una cala de un par de kilómetros entre un chiringuito y un mirador sobre el mar donde, a estas horas, no habrá más que un par de pescadores y algún corredor esporádico.

Para llegar a la cala tengo que caminar sobre unas rocas y, tras un pequeño fragmento de playa, atravesar la desembocadura del río Guadalorce que cubre hasta la cintura. Solo estando allí, con el mirador a lo lejos, el sonido del mar y la luz pálida del sol entreoculto por las nubes ya me relajo, aun así echo a correr para evitar pensar y llego hasta el mirador jadeando.  Mis pensamientos siguen dando vueltas, de modo que decido hacer un poco de ejercicio. Al principio lo hago con cuidado, pues no tenía pensado mancharme de tierra, pero comprendo que si quiero vaciar mi endemoniada cabeza tengo que tomar medidas más drásticas. Y no me doy tregua. Después de una hora sin descanso haciendo ejercicio estoy tan cansado que realmente, a chispazos, dejo de pensar en la pelea que acabamos de tener. Aún así, cuando me siento a contemplar el mar, las gaviotas, los ciclistas que se han parado en el mirador y el crucero a lo lejos con todas esas personas  y sus propias mentes, me doy cuenta de que sigo enfadado.

Pensaba que el paseo y el ejercicio me quitarían la mierda y me harían ver lo que en el fondo sé: que la quiero, que todo ha sido una tontería, pero es que… pero es que… Los “pero es que” seguían ahí. Intento respirar hondo y meditar, por momentos me olvido de todo, me percibo solo a mi mismo como ser individual e independiente y a la naturaleza. Pero al abrir los ojos vuelven los “pero es que”, así que me doy por vencido y decido marcharme de allí.Leer más »