¿Me cuentas un cuento?

¿Me cuentas un cuento? Necesito que me protejas.

Acurrúcate a mi lado y envuélveme con tus brazos. Hace mucho frío ahí fuera. Los problemas son mucho más grandes lejos de estas sábanas. Las tristezas, más duraderas.

Yo sólo te pido que sigas aquí, que esperes a que me duerma. Hoy me da miedo el aire. La soledad me ha llegado rodeado de personas y no sé cómo decirle que no la necesito. Te necesito a ti. Necesito tus caricias, tus sonrisas, tus palabras tranquilizadoras. Ven a mi lado. Me da igual el disfraz que te pongas. No me importa que me digas lo que sientas y lo que piensas, pero por favor, en este momento lánzame una cuerda que me ayude a salir un segundo.

Ya se me olvidó esa estúpida idea de que soy perfecto. La máscara de malo del cuento dejó de serlo y me da miedo que no vuelva a acompañarme. Ahora me conoces como lo que soy, un mortal más. Ni soy tan increíble como pensabas ni tan santo como me vendía. Pero es que, ni siendo yo muy diablo has dejado de confiar en mí.Leer más »

Punto de cruz

La poesía requiere, en cierto modo, tener las pupilas más grandes del mundo.

El escritor de poesía camina solo. Cuando sale de casa, deja los abrigos más mundanos y minúsculos colgados de la percha, ya que, pese a su insignificante tamaño, le pesan demasiado.
El instinto de este hacedor de palabras es punzante. No se le escapan los hilos de lana roja que le enredan con los árboles, los edificios, el alquitrán y el polvo. Sin embargo, estos hilos le cortan y despedazan en miríadas de átomos, que sirven de pasto a las gacelas y de abono a los cerezos.

Como intérprete del abismo, su vocación consiste en conocer el pensamiento que nace de habitar un cuerpo humano, una maquinaria tan perfecta y titánica. Qué supone vivir con una lengua que calla más o menos, con unas cuencas de los ojos más o menos profundas.
Para trabajar, el poeta extiende los brazos, deja caer la cabeza y se convierte en una ofrenda a la diosa, a esa diosa que le infla el cerebro de imágenes.Leer más »

Madriguera

Las hormigas, los huesos de la tierra temprana, se preguntan: ¿quién nos dejó aquí?
Se asoman por la bóveda de su agujero y solamente ven esos puñados de barro refulgente, atados por la gravedad en el que parece un suelo bocabajo.

¿Quién nos dejó aquí? ¿Será ese demonio blanco, con rejillas y lupa? ¿Será el monstruo provocador de huracanes, el de la nariz con forma de tornado? ¿Serán los dinosaurios con alas, los asesinos inesperados, a destiempo?

¿Somos sólo la comida de alguien más?Leer más »

Oda a la infancia

En mi tarjeta de visita soy un presidente de empresa. En mi mente soy un programador de juegos. Pero en mi corazón soy un gamer.

Mi cabello no es dorado, pero tengo ropajes verdes y mucho valor. No me gusta el chicle, pero adoro esa bolita rosa con sus blandos mofletes. No tengo ningún hermano, pero si lo tuviera, yo iría de rojo y él de verde. Desearía tener una camiseta de rayas azules y amarillas con una gorra roja; y un compañero llamado Lucas. Querría tener un ratón amarillo por mascota; o en su defecto un dinosaurio verde. Viajaría por el espacio haciendo barrel roll y tendría un traje naranja que se transformaría en una morfosfera. Me enfrentaría a los enemigos en trepidantes batallas de globos y volaría por el cielo batiendo mis alas de ángel.

Entonces no sería un niño, sino el Héroe del Tiempo. O quizás no sería un héroe, pero rescataría princesas de sus castillos. Entonces no tendría una mascota, sino más de 150; y combatiría en el espacio, a pesar de ser mujer.

En realidad, no me hace falta desear…

…porque tú me los has dado todos.

En memoria de Satoru Iwata.

Gracias por hacer de nuestra infancia una época llena de sueños e ilusiones.

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Escrito por Alegría Jiménez

(in) Condicional

Si vas a irte, llévate tu olor. Que me duele.

Si vas a irte, llévate los recuerdos del pasado, de un pasado más hermoso que cualquier vago bosquejo del futuro que me queda. Si vas a irte, llévate tus cosas, y las fotos, y tu luz. Esa luz que me has dejado por todas partes.

Si vas a irte, llévate tu hueco de la cama, que ahora es grande y fría y solo pregunta por ti. Si vas a irte, llévate de la repisa el cepillo de dientes, porque sin ti no tiene otra función que la de sentirse solo y sentirme sola.Leer más »

Síndrome de Florencia

Se suceden las luces desenfocadas desde el autobús. Se refractan en las gotas de lluvia como las notas de esa guitarra frotada; se empañan mi aliento, el tuyo, el de la chica sudaméricana de dos asientos más atrás y el de un amigo olvidado sin distinción en los cristales. “Romper aquí”, en caso de emergencia. Volcamos por dentro, siempre nos ha parecido una chorrada el cinturón de seguridad, no hay un martillo con el que romper el cristal y escapar. Sigur Ros me rasga el corazón a base de aullidos débiles, y de los auriculares se agolpa entre mis párpados. Navegan en mis lagrimales las cortas, las antiniebla y las de posición. Sucio síndrome de Florencia, ataca la piel de gallina con agujas de colores. Íntima, se infla en mi estómago, blanca, una emoción que no alcanzo a nombrar. Aun sosteniendo tu mano, estoy sola con el post-rock y el ronroneo del motor. Floto, anclada al asiento, en eso que se me expande dentro y me oprime los órganos.

Te clavo las uñas y me miras y me amas, y yo deseo:

Ojalá, ojalá estuvieses conmigo aquí dentro.

Carlota

Era guapa. Hola, soy Carlota, dijo, y salió del coche. Brillaba. Su pelo rubio bailaba en su cabeza, cayendo hasta sus hombros. ¿Y vosotros?, preguntó. Nos presentamos y en el coche entramos. Yo estudio derecho, su pelo seguía bailando. ¿Y vosotros? Mi novio es abogado y yo estudio derecho. Sus ojos brillaban como brillan los ojos de un niño ante un juguete. ¿Sois escritores? Poetas entonces, ¿no? Su boca era fresa. Recitadme algo, ¿vale? Vestía elegante. Bueno, mejor os canto algo. Encima cantaba bien. ¿Conocéis a Pedro? Es mi novio, es abogado. Yo aún no soy abogada, estoy estudiando derecho. Pronto lo seré, mi novio ya lo es. Sus pies eran pequeños, pequeños pero elegantes. Unos zapatos de princesa los vestían. Me habéis dicho que sois poetas, ¿verdad? Qué bien. Siguió cantando.

Llegamos al lugar y del coche bajamos. No me acuerdo de vuestros nombres, ¿o sí? Espera que intente acordarme. Yo me llamo Carlota. Ese de ahí es mi novio Pedro. Hola Pedro, estos son los poetas. Éste es Pedro, mi novio. Es abogado, yo aún no lo soy, pero lo seré. Estudio derecho, ¿sabéis? El bar era una ruina. La cerveza, cara y aguachirri. Pero ella brillaba allí. Vaya, hay un grupo. Bailó. Bailó. Bailó y cantó. Bebió cerveza. Oíd, poetas, ¿habéis conocido a mi novio? Es ese, se llama Pedro. Es abogado. Yo lo seré próximamente. Estoy estudiando derecho. Vosotros estudiáis literatura, ¿verdad? Que guay.Leer más »

Balas de versos

Te duelo tanto que mis huellas han borrado la tinta de todos tus poemas.

No hay paz para ti.

Dios ha decidido no darle tregua al río de lava que sangra desde tu corazón hasta mis arterias. Si pudiera ver a través de él, solo encontraría una habitación oscura con una única bombilla que parpadea a la espera de que algún barco se deje guiar por tu faro (roto, despedazado). Así sois desde que un día, decidisteis romper todas las farolas de mi calle para ser una luz perdida en mitad de un océano que abarca avenidas, salas de multicine, semáforos en rojo y retrovisores de coches con pintalabios que no son los míos, a la espera, siempre, de que algún guardacostas, o un autobús nocturno, cualquiera, os traiga a casa, y os rescate.

Esperança Torres