Dedos de los pies


Desprenderse de las pasiones y de los deseos es el propósito del entrenamiento Zen. Desde luego que continuándolo hasta el final uno llega a desprenderse de las propias pasiones, pero quedar atrapado en los afectos más trágicos es lo propio de la naturaleza humana. En otras palabras, si acabáramos de extinguir las pasiones humanas, sentiríamos que hemos extinguido la vida humana y la naturaleza humana, por eso tengo un espíritu débil que quiere liberarme pero que al mismo tiempo no quiere acabar de liberarme por completo. 

Taneda Santôka


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Candela

Candela despertó temprano. Aún con los sueños índigos pegados a las pestañas, pudo saludar a las primeras albas blancas; ellas cosían una mañana nueva, desgajada de semanas. A esa hora, el día no tenía ningún nombre. Estaba sencillo, huérfano, libre.

Candela supo que el día se llamaría como ella. Se preparó para orar y dar las gracias por la fresca oportunidad que venía con él y, al unir las palmas de las manos, el cuello le pegó un salto que la hizo boquear. Procurando relajarse, cerró la boca y tragó saliva para limpiarse por dentro. Levantó las persianas todavía más; las nuevas luces la tranquilizarían, como una caricia en la cabeza.
Inspiró y llenó los pulmones de aire templado, pero un quejido sorprendente y melódico se le escapó con el segundo salto. La garganta estaba intentando decírselo: algo se había atorado y tragar no hacía más que hervir la transformación que se le precipitaba allí dentro.

Candela no sabía qué hacer. Cada vez que quería llamar a alguien que pudiese ayudarla, no hacía más que tararear una canción que no había escuchado nunca. Pero, cuando sin quererlo, se oyó canturrear en voz baja, con susurros casi sonoros, no pudo hacer otra cosa que bajar los párpados y respirar hondo. La luna, un orbe remolón indistinto a lo demás, todavía estaba dando un paseo por el firmamento casi encendido.Leer más »

Anís

Aquella casa estaba custodiada por naranjos sucios, con los troncos pintados de blanco. La pequeña Paz había intentado probar algunos de sus frutos; se le había quedado la resina de las hojas verde monte en sus pequeños dedos (minúsculos y todavía sin callos ni cicatrices). Se los había chupado, solamente para escupir después. Esos frutos tan brillantes estaban amargos. Aquellas pequeñas lunas naranjas, naranjísimas, estaban correosas, como rebosantes de la bilis y las lágrimas de los habitantes de aquel barrio.

La pequeña Paz, cuando jugaba debajo de aquellos guardianes andaluces (los que ella llamaba “los árboles mentirosos de primavera”) siempre iba acompañada de dos lagartijas de su misma edad, que le susurraban cosas al oído cuando le mordían los lóbulos de las orejas. Eran pura bisutería natural. Le decían cosas con sus mordiscos y su saliva pegajosa. Le hacían cosquillas, aunque las lagartijas nunca pretendieron hacerle cosquillas. Paz sólo lo intuía.

— ¡Pacita! ¡A comer!

— ¡Ya voy!

La hora de comer era una de las fiestas del día. Pero no cuando llegaba corriendo a la mesa y había un plato de ensalada en ella, mirándola fijamente. Su abuela era famosa por hacer las ensaladas más fuertes del pueblo. Ahogaba las hojas de la lechuga en cataratas de vinagre. ¿Quién era capaz de tragarse aquello? Pacita dudaba de la existencia de ese alguien. Hasta podía ver los labios fruncidos de su abuela mientras masticaba su propia comida. El orgullo era el emblema de su familia aunque, como el secreto de las lagartijas, Paz únicamente podía volver a intuirlo, todavía sin comprender demasiado.Leer más »