El viaje de Elsa

Después de treinta años, María entra en la estación de autobuses de Madrid. Tras esperar unos pocos minutos de cola, y pedir ayuda a una asistenta, saca su billete en dirección a Granada. Luego da un paseo por las tiendas y ve en un escaparate una ristra de pañuelos rojos con ornamentos dorados de flores; muy parecidos al desgastado adorno que ella lleva enroscado en el cuello. Hace treinta años que María no vuelve a casa. Pero ya es hora de reencontrarse con su pasado, y consigo misma.

En Granada, una joven de doce años llamada Elsa se pone de puntillas para meter bajo el cristal un par de billetes, con el que comprará su ticket a Madrid. Con sumo cuidado, dobla el papelito y lo guarda en uno de los bolsillos de su mochila. Es su cumpleaños, y el peor regalo que le pueden hacer sus abuelos es ese: irse a vivir con los titos de Madrid.  Elsa los odia por obligarla a irse, pero no le queda más remedio.

María se compra una botella de agua y se sienta en una cómoda butaca de la sala de espera, pensando en cómo ha cambiado aquel sitio en treinta años. «¿Habré cambiado tanto yo?». Conoce bien la respuesta. De hecho eso es, en parte, lo que le hace volver. Coge una revista de moda y la ojea: por un lado, para dejar volar el tiempo, y por otro, para evitar pensar en su llegada a Granada. Una voz femenina le informa que debe dirigirse al andén once, donde su autocar está a punto de partir.

A pesar de la primavera, la lluvia repiquetea en el techo chapado de la dársena del andén once. El conductor ayuda a Elsa a meter la mochila en el portaequipajes, no sin antes sacar de ella la foto de sus padres. Luego, sin mirarla, el conductor rompe su ticket por la mitad, le da un trozo y le indica que debe ir al asiento 21. Mientras enfila el pasillo, nota las miradas de los demás pasajeros. «Espero que toque en la ventana».

María toma su lugar en el sillón 21. Agradece estar junto a la ventana, pero claro, en clase en clase supra todos lo están. Observa el resto de viajeros subiendo a otros autobuses y se pregunta cuál será la historia de cada uno de ellos. Cuando el vehículo arranca, María se pone los auriculares, reclina el respaldo, se pone una película en su pantalla individual pide a la azafata sus frutos secos y una copa de vino. Al poner el teléfono a cargar ve los más de diez mensajes de su secretaria. Pueden esperar. A continuación saca una pastillita de su bolso y se la toma con un sorbo de vino. A los veintisiete minutos de trayecto, María se queda dormida.

Tras probar más de diez posturas diferentes, Elsa desiste en intentar conciliar el sueño. Apenas tiene espacio para estirar sus pequeñas piernas; a su lado tiene a una señora mayor que huele a sudor y nada más salir el chófer les informa de que la calefacción está estropeada. Hace mucho frío, y se ha dejado la sudadera en la mochila. Es entonces cuando Elsa comienza a enfadarse… con el conductor, con la señora mayor y con sus abuelos: los odia con todas sus fuerzas, por enviarla tan lejos. Pero la fuente de toda su ira son sus padres, por haber muerto en ese estúpido accidente, sin avisar ni despedirse, y haberla dejado sola para que la enviaran a un lugar desconocido. Saca la foto de su bolsillo: están los tres, siendo ella un bebé.  La mira hasta que sus párpados se vencen.

El movimiento cada vez más ralentizado del autocar hace que María cierre la boca, despegue su frente de la ventana y se limpie la saliva de la barbilla, adormilada. «¿Ya es la parada?». Se detienen en una pequeña estación de servicio en mitad de ningún sitio. Otro autobús está llegando también, y aparca junto al suyo. Le apetece un café, pero si lo que quiere es seguir durmiendo y no pensar, será mejor evitarlo. Se pide un sándwich de pavo y mira alrededor en busca de algún lugar para sentarse. Entonces ve a una niña, sentada sola en una mesa apartada y con la mirada perdida en una foto cuadrada. Sin saber qué es, algo se le remueve en el corazón a María al contemplarla.

—Hola, ¿puedo sentarme contigo?

Elsa se guarda la foto y asiente.

—Me llamo María, ¿y tú?

—Elsa.

—Es un nombre precioso.  ¿Estás sola?

—Sí.

—¿Y a dónde vas? No te he visto en mi autobús.

—A Madrid. Desde Granada.

—¡Fíjate, yo al revés! ¿Y por qué viaja sola una chica tan dulce como tú?

Elsa no responde.

—Te entiendo, no tienes por qué decir nada. Yo tampoco viajo por gusto. Ya tenemos algo en común —se apoya en la mesa—. ¿Quieres que nos cambiemos? Nadie lo notaría.

Una dulce risita se escapa de entre los labios de la chiquilla.

—Ojalá. Pero no puedo volver.

María suspira.

—Ni yo, otra cosa que tenemos en común. Podríamos ser grandes amigas, ¿sabes?

—Vale —Elsa levanta un puño cerrado, que María mira sin comprender—. Es un choque. Así me saludo con mis amigas. O lo hacía, ahora no tengo ninguna.

Al ver el pequeño puño suspendido en el aire, María nota cómo se remueven sus sentimientos.

—Acabas de hacer una.

Con el codo alzado, responde el choque. Las dos sonríen. Entonces descubre a Elsa mirando su sándwich.

—¡Ah! ¿Quieres un poco?

—Tengo muy poco dinero…

—Tonterías —se lo tiende—. Quédatelo. Yo ya soy mayor. Tú necesitarás fuerzas para crecer. Sobre todo en una ciudad como Madrid.

—Gracias.  Por cierto, me encanta tu pañuelo. El rojo es mi color favorito.

—¡El mío también! ¿Ves? Estábamos destinadas a encontrarnos aquí, en esta pequeña parada —mira su pañuelo—. Lo compré en una estación de autobuses, pero ya está muy desgatado.

«Como los sentimientos que me hicieron comprarlo».

Elsa coge el sándwich, lo desenvuelve y le da un enorme mordisco. María la observa con detenimiento, deseando por un instante que el mundo se detenga para quedarse allí más tiempo, en ese pequeño oasis del pensamiento, aún lejos de su destino.

De pronto, Elsa la saca de sus reflexiones con un gesto brusco.

—¡Eh! ¡Mira ahí! —Señala con un dedo hacia fuera—. ¿Lo ves?

—¿El qué? —María busca con la mirada a través de la cristalera, pero solo distingue el pequeño patio de mesas, los dos autobuses de ALSA estacionados, la carretera como una gigantesca y zigzagueante serpiente gris y las montañas al otro lado—. ¿El qué? No veo nada.

—Oh, ya se ha ido —Elsa chasquea la lengua—. Justo ahí, en la esquina, había un pajarito con plumas de colores. Se ha puesto a revolotear, picando migas de pan, y ya se ha ido. Era tan bonito.

—Qué pena. —María vuelve a mirar por la ventana, y se da cuenta de que los pasajeros ya están subiendo a ambos autobuses—. Esto sí que da pena. Parece que hay que irse ya.

Ambas se levantan y caminan juntas hasta sus respectivos autocares. Son las últimas que quedan por subir. Elsa la mira.

—No quiero irme. No quiero estar sola.

María se agacha junto a ella y le mira a los ojos, de un verde pistacho vivo y brillante.

—Yo tampoco quiero irme, pero sí necesito estar sola. Por desgracias, es lo que hace falta para encontrarse a una misma. O eso dice mi psicóloga —suspira con fuerza y le da un tironcito de la oreja—. También es lo que hace falta para hacernos mujeres fuertes. ¿Nos vamos, amiga? Estoy segura de que nos volveremos a encontrar.

Elsa le devuelve el choque, y se dan un abrazo, que solo rompen cuando los conductores hacen sonar las bocinas. Se dedican un último vistazo, y sube cada una a su vehículo.

Una vez en su asiento María busca con la mirada a la pequeña Elsa, pero no consigue encontrarla, y cuando retoman la autovía se descubre a sí misma cubriéndose la boca, con los ojos anegados en lágrimas. De algún modo, ese corto contacto con la niña desconocida le ha reconfortado el corazón. Cuando vuelve a despertar, ya ha llegado al a estación de Granada. Y entonces lo ve, solo por un instante. Sin estar muy segura de si pertenece a una alucinación de ensueño o la realidad, María atisba un pequeño pájaro con plumas de colores, revoloteando cerca de su ventana. Cuando desaparece volando por encima del autobús, descubre a su abuelo esperándola. Está solo, en pie, con los hombros caídos, el rostro atacado por las arrugas y el sombrero entre las manos. Como una chiquilla, María rompe a llorar de sentimiento y corre para abrazar a su abuelo… no sin antes quitarse el lazo rojo del cuello, que ha conservado durante treinta años, y tirarlo a la basura del autobús.

—Feliz cumpleaños, Elsita. —le dice, acariciándole el pelo, la voz temblorosa—. Te he echado de menos, y siento que hayas tenido que volver por una cosa tan triste.

—No. Lo siento yo, por haber tardado tanto.

Y por un momento, Elsa María se convirtió en una niña en brazos de su abuelo.

 

Treinta años antes, Elsa pisa por primera vez en su vida la estación de autobuses de Madrid. Mientras espera a que lleguen sus tíos a recogerla pasea por las tiendas, con ira creciente hacia sus padres y sus abuelos. «¿Por qué no pueden cuidar ellos de mi?». Por fin comprende que su momento de crecer, y dejar de ser una niña, ha llegado. Tiene que hacerse una mujer fuerte, y su primer nombre, Elsa, es nombre de niña. Va pensando sobre esto cuando ve algo que llama su atención, y se detiene. Los hoyuelos de sus mejillas florecen con su sonrisa. El ajetreo de la estación se hace más vivo por momentos.

Elsa se reajusta la mochila a la espalda, se guarda la foto en el bolsillo y entra en la tienda de los pañuelos rojos engalanados con flores doradas.

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