La analítica

Jorge fue al médico para una revisión rutinaria, y dos meses después le llamaron para decirle que le quedaban seis meses de vida. Eso es una putada. El médico no había dado muchas noticias malas y en su segundo titubeo Jorge colgó. Por lo visto tenía un cáncer completamente imposible de curar radicado en su cerebro. ¡Qué cojones! ¡Él se sentía bien! ¡Era joven y llevaba una vida sana! ¿De verdad iba a morir en seis meses?

El desgraciado de Jorge no volvió a responder a las llamadas del médico. Salió de la oficina sin avisar a nadie y se marchó a casa. Preparó la comida antes de que  llegaran su mujer e hijos del trabajo y escuela. Cuando le preguntaron qué hacía allí tan temprano, Jorge respondió que le habían despedido por recortes y que pediría el desempleo hasta que encontrara otro trabajo. Su mujer sonrió y le abrazó. No se preocupaba, Jorge siempre había sabido buscarse la vida.

No sé si Jorge era así de templado antes o no, pero una cosa la tenía bien clara desde el principio: no decirle nada a nadie. Y para mí, eso es de valiente.

Clara, su esposa, incluso le alentó a tomarse un par de semanas sabáticas. Había trabajado como un burro durante años y se las merecía; ya buscaría trabajo luego.  Jorge lo agradeció y la abrazó con fuerza. Pero claro, no pensaba buscar trabajo.

La excusa de la despedida le sirvió para estar cabizbajo durante unos días, pero tuvo que rebuscar algo en su interior para sonreír y actuar con normalidad (que en realidad era sin sonreír mucho).  Durante ese tiempo fue el marido ejemplar. Limpió la casa y cocinó todos los días, recogía a sus hijos del colegio y daba masajes en los pies a su mujer. Quedó con sus viejos y nuevos amigos, también con los del trabajo. Tuvo que tener una reunión con su jefe para explicarle su escenario y pedirle por favor que le siguiera el juego de su destitución. Le abrazó, le dijo que había sido un gran empleado, que era uno de sus mejores especialistas y que si hiciera falta, se encargaría de ayudar a su familia económicamente una vez hubiera pasado a mejor vida. «Mejor vida, será capullo. Este cabrón solo quiere tirarse a mi mujer», pensó Jorge saliendo del despacho.

Al salir, su compañero de la mesa contigua, Andrés, le cogió para hablar con él y decirle que iban a organizar una fiesta de despedida. Jorge se negó, pero acabó aceptando que se verían ese fin de semana.

Quedaron en el bar Alatar de la esquina y charlaron y brindaron, asegurándose que mantendrían el contacto y seguirían invitándole a las barbacoas de empresa. Incluso contarían con él para el amigo invisible en navidad, dentro de nueve meses.  Jorge bebió como nunca y le llevaron a casa.

Ese lunes recibió una llamada del doctor que  le dio un escalofrío y no respondió. Había visto a su tío morir de cáncer, no pensaba sufrir la quimioterapia ni soportar sermones médicos. Viviría los meses que le quedaban lo mejor que pudiera y punto.

Su hermana Lucía era enfermera y era la única persona aparte de Jorge y su jefe que sabía de su esperanza de vida. Ella le había recomendado ir de vez en cuando al hospital para que le hicieran revisiones y le aplicaran medicamentos en caso de ser necesario. Pero le aseguró que no quería pasarse sus últimos meses drogado, por no contar con que tendría que mentir una y otra vez a su familia para explicar a dónde iba cuando iba al hospital y porqué se le veía tan extraño.

El resto del tiempo, Jorge aprovechaba para dejar todo listo. Para que cuando se descubriera la verdad, toda la burocracia estuviera hecha. Jorge habló con sus abogados para cerrar sus últimas voluntades y la herencia. Llamó al tanatorio, a la empresa de ataúdes, abrió una cuenta de ahorro en el banco y grabó un vídeo que le entregó a su hermana Lucía, que debía dárselo a su familia una vez hubiera muerto.

El resto de semanas quiso decirles a sus dos hijos todo lo que no podría decirles el resto de su vida, pero no lo hizo. En lugar de eso se dedicó a jugar con ellos como no podría jugar el resto de su vida. Sin sermones, sin charlas. No quería un drama, quería normalidad en todo salvo en el sexo, que llegó a triplicarlo haciéndole el amor a su mujer tres veces al día. Ella estaba encantadísima.

A las seis semanas, tras haber bloqueado  el número de teléfono del hospital y del doctor, recibió una carta que quemó sin abrir.

Esa noche Jorge salió a correr por el barrio. Al llegar a casa, vio desde fuera a su mujer poniéndole la cena a sus dos hijos. A ella se la veía cansada y triste. Jorge cogió su teléfono, que llevaba para escuchar música, y sin pensar en lo que estaba haciendo le escribió un mensaje a Ana.

Al día siguiente, mientras Lucía trabajaba y los niños estaban en el colegio, Ana fue a su casa. Tomaron vino a las diez de la mañana, hablaron sobre los viejos tiempos, cuando ambos estaban secretamente enamorados pero con los novios equivocados, y le contó que iba a morir en menos de cuatro meses. Era la tercera y última persona que sabría la situación de Jorge.

Después follaron.

Cuando Ana se fue, Jorge no tuvo tiempo de cocinar y pidió pollo asado para la comida.

Cuando Lucía llegó vio una mancha de vino en el sofá, pero no dijo nada hasta la noche, cuando ambos se disponían a acostarse en su cama de matrimonio. Jorge intentaba matar a una mosca que no paraba de zumbar por la habitación, cuando Lucía le dijo que tenían que hablar.

Le reconoció que lo veía extraño, extrañamente amable y servicial,  y que había visto una mancha de vino en el sofá y una botella a la mitad. Jorge admitió que le había dado un ataque depresivo por su falta de trabajo y había bebido, que no había más.

Esa noche durmieron cada uno hacia un lado, y la mañana siguiente Jorge se empeñó con todos los medios a su alcance en limpiar esa mancha de vino que era imborrable.

No podía seguir viendo a Ana en su casa, de modo que esa noche, el cabrón de Jorge quedó con Ana en casa de ella, cuando su marido estaba  aún trabajando. Volvieron a follar y lloraron por lo que nunca fueron ni podrán ser; por el daño que se causaban a partir del placer y del egoísmo, sabiendo que ambas cosas eran una simple fantasía perecedera, en cuanto pereciera él. Pero decidieron seguir haciéndolo, porque disfrutaban, porque eran inconscientes y porque tenían la certeza de que se iba a terminar, de que no iría a más, provocando situaciones irreales de quererse divorciar generando dos familias desestructuradas.

El lunes,  por la mañana de la séptima semana, el doctor Horacio se presentó en casa de Jorge. Le reprochó primero el no haberle respondido al correo ni sus cientos de llamadas, pero poco podía reprender un médico que demasiado mal lo había hecho él.

Entregándole una carta, con unas analíticas, le informó de que una confusión había ocurrido al momento de las pruebas, y las muestras se habían traspapelado. Quién tenía cáncer cerebral incurable con una esperanza de vida de seis meses no era Jorge López García, sino Jose López García. Un desconocido de apellidos iguales al que ya solo quedaban tres meses de vida, y solo se preocupaba por cuidar un poco el colesterol.

 

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