Hide

Silencio. La clave es pasar completamente desapercibido. Llevo años subiendo a los montes algunas noches en busca de animales salvajes. Suelo ir a por jabalíes, corzos y algunos lobos, pero esta vez aspiro a un botín mayor: el águila real. He estado ya algunas semanas siguiendo sus huellas y estoy seguro de que hoy, al fin, va a ser mía.

Aún es muy temprano, quedan dos horas antes de que empiece a amanecer. Es buen momento para ir montando el sistema de camuflaje. Voy a permanecer oculto, en silencio y prácticamente inmóvil durante bastante tiempo, así que debo buscar una superficie cómoda en la que montar mi pequeña tienda disimulada con ramas por encima. Este parece un buen lugar, desde aquí tendré buena visibilidad. El sol aparecerá por mi espalda, ligeramente desplazado a la derecha, e iluminará desde primera hora el risco escarpado que tengo enfrente. Parece que va a ser un día poco nublado, así que la luz entrará con fuerza y dará un tono algo rojizo a esa pared terrosa donde se posará el águila. La vegetación no es muy densa precisamente aquí, pero lo suficiente como para que el escondite pase desapercibido. Unos pasos más adelante ya estaría demasiado expuesto; aquí estoy bien camuflado. Voy a limpiar las hojas secas que hay en el suelo para evitar que crujan por debajo de la tienda cuando esté ahí dentro acostado y me mueva para cambiar de postura. Toda precaución es poca.

Esa pequeña bolsa de tela abierta va a ser mi casa por no sé cuánto tiempo, el que necesite. He avisado a mi mujer de que no me espere este fin de semana. Ella no responde, no me mira cuando le digo eso. No quepo  por la entrada si no me quito antes la mochila. Comienza mi aventura en la más absoluta soledad, sin saber, realmente, lo que me voy a encontrar. Ahora toca montar el equipo. Hoy vengo especialmente bien armado, no se me puede escapar nada. La tienda continúa siendo tan incómoda como recordaba. Voy a colocar la mochila en el hueco que le corresponde y a comenzar a preparar todo el material. Cuando termine, comeré algo, que empiezo a estar hambriento.

Este bocadillo está hecho como le gusta a mi hijo Marcos. Cuando era más pequeño, alguna vez lo traía conmigo, pero ahora dice que no le gusta, que es demasiado tiempo esperando, casi siempre para nada. Juan y Julia nunca han conocido este mundo, esa es una batalla que ha ganado mi mujer, de momento. Ella no entiende que esta es la mejor forma de conocer la naturaleza. Jamón serrano, aceite y, sobre todo, un buen pan, así le gustan y me ha acabado convenciendo. Siempre hago así los bocadillos. Hoy llevo varios en la mochila, pero no todos iguales. He venido preparado porque no sé cuánto tiempo acamparé aquí.

Marcos tiene razón, la espera es aburrida, son muchas horas muertas, pero, precisamente por eso, al final, se disfruta más. Este no es un camino de rosas, pero todo forma parte del ritual. Es el pequeño sacrificio para poder disfrutar del espectáculo del mundo animal. Yo ahora anoto en mi diario todo el proceso y cómo pinta la situación. Hace treinta minutos que estoy escondido y todavía no he visto nada, esa no es buena señal, pero aún queda tiempo. Debo permanecer en silencio desde este mismo momento si quiero tener alguna posibilidad. Los animales tienen que sentirse cómodos de nuevo en este territorio. Poco a poco, irán volviendo y las águilas no sospecharán nada. Muchas veces la vista nos engaña, en la naturaleza es muy a menudo, así que hay que emplear otros sentidos. Durante toda la noche debo estar atento a cualquier sonido para detectar qué tengo a mi alrededor. Es tarea de oídos expertos identificar las especies, pero yo ya tengo algo de experiencia.

El sol empieza a emerger, como estaba previsto, por las montañas a mi espalda y ya muestra el espectacular paisaje que, aun estando ante mis ojos tanto tiempo, permanecía oculto por la oscuridad de la noche. Los rayos se deslizan por el claro de ese pequeño bosque y dan a iluminar a la pared en la que, de un momento a otro, volarán las rapaces. También golpean con fuerza el gran lago que queda a mi derecha. Demasiada luz, no contaba con ello. Hasta ahora solamente he visto varios conejos y he escuchado a unos jabalíes no demasiado lejos, pero con el nuevo día ya se aprecian algunas cabras en la ladera e incluso me ha parecido identificar un ciervo hace unos minutos. Las aves ya se han despertado y sus cantos inundan la mañana. Debo de tener un nido de oropéndolas cerca porque escucho su hermosa melodía muy definida. Ya están, pues, todos los ingredientes en sus posiciones, si todo ha salido bien, solo queda esperar el vuelo de las águilas.

Ahí están. Se acercan por la derecha, aunque no las puedo contemplar bien por el reflejo del lago. No sé cuántas vienen, pero al menos he visto tres. Será mejor que me prepare para disparar antes de que se posen. Son hermosas y ya están muy cerca. Todo listo. Se mueven rápido así que hay que apuntar bien. Ya tengo a una. Qué bonita que eres…

―¡Mierda, mierda, mierda! Se ha ido, ¡me ha visto y se ha ido! La estaba apuntando, he visto cómo me miraba y cómo alejaba a las demás de allí. ¡Toda la maldita noche aquí esperando para nada!

He salido del hide para dar un paseo y relajarme de nuevo porque con mi cabreo he espantado a todo lo que hubiera cerca. Ya hasta la madrugada de mañana no vale la pena volver, pero he dejado el escondite ahí para que continúen acostumbrándose a él. Yo había seguido los consejos que me dieron David y Oscar, que son unos fotógrafos de aves impresionantes. Hice todo lo que me dijeron y aún así, he fracasado.

Cuando llegué la primera vez, escogí el lugar donde me ocultaría para lograr los mejores planos. También marqué el camino que seguiría y estudié a fondo cómo ser invisible para los animales retiré de él todo lo que no me permitiera amortiguar mis pasos, incluso tuve que esquivar una finca porque los perros podían delatarme, como ya les había pasado a ellos una vez. Además, hace dos días que no me ducho, solo he empleado agua y un desodorante sin olor. Para moverme por la montaña, no podía hacerlo de la manera tradicional, porque los animales reconocen la cadencia de los pasos humanos. Desgraciadamente somos únicos también para eso. Anoche me sentí muy ridículo buscando formas alternativas de caminar como si fueran pasos de baile hasta que, finalmente, opté por moverme a cuatro patas. Una vez instalado me di cuenta de que eso no servía de nada si, una vez he llegado, tengo que montar toda la tienda, pero bueno, lo hice.

A pesar de todo, he fallado por un error mínimo que mañana mismo pienso corregir. A pesar de que contaba con el sol de espaldas, las aves han detectado el objetivo telescópico de mi cámara. Intuyo que, aunque había animales cerca, habrían notado algo extraño y cuando han visto el cristal han huido. Pero habrán sido detalles mínimos porque, si no, ni siquiera se habrían dejado ver. Ahora es el momento de subsanar ese error. El objetivo no tiene que resultar incómodo a los animales, así que colocaré un señuelo en su posición durante todo el día.

Me encantaría poder contarle todo esto a alguien, pero no se me ocurre nadie al que pueda llamar y que pueda interesarle esta aventura. Volveré al hide y lo anotaré todo en mi diario antes de hacer algunos sudokus.

Con la claridad de la primera hora de la mañana del domingo, vuelvo a vislumbrar, en este hermoso paraíso natural, el majestuoso vuelo de las águilas reales y me dispongo a capturar el instante en el que comienzan a descender hacia el risco. Las tengo muy cerca y empiezo a disparar. Un águila se ha posado a pocos metros, puedo contemplar sus plumas de tonos marrones y oscuros, sus potentes garras y su pico curvado. Le acabo de hacer una fotografía justo en el momento en el que extendía las alas para levantar el vuelo. He conseguido unas imágenes impresionantes, esta tarde podré volver a casa con la cabeza bien alta y enseñarles lo que he conseguido. Les va a encantar. Lo que no entienden es que es mucho más emocionante vivirlo que verlo luego en la pantalla del televisor.

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