¿Podría ser ella?

Repartiendo ingredientes sobre una fina masa, me preguntaba qué estaba haciendo con mi vida. Me veía casi en el mismo punto que estaba meses atrás, solo que más frustrado e impotente. A mi lado, en el lugar inmediatamente anterior y casi hombro con hombro, estaba Isabella. Ella amasaba las bases y yo las rellenaba y las metía directamente al horno. Llevaba varios años trabajando en la pizzería, prácticamente desde que llegó de Colombia enamorada de un español bastante mayor que ella. Vivían juntos y, aunque él trabajaba de comercial en una gran empresa, ella no había querido sentirse como una mantenida y trabajó “de-lo-que-sea” desde que llegó. Habíamos salido de copas alguna vez, siempre en grupo, pero no hablábamos demasiado. Tremendamente atractiva, guapa y de pechos enormes, era la sensación cada vez que nos reuníamos fuera del trabajo. Inevitablemente la mirábamos todos. A mí me resultaba bastante violento a veces y era capaz incluso de esquivarla por no tener un momento incómodo.

Aquella noche estaba extrañamente lenta en su forma de realizar el encargo. Siempre era de las que, en los momentos de mucho trabajo, era eficiente y conseguía sacar las castañas del fuego al grupo. Le eché una ojeada por el rabillo del ojo y me di cuenta de que lloraba ligeramente. Sin decirle nada, pasé por detrás de ella, le acaricié ligeramente la espalda un segundo y la empujé suavemente hacia mi puesto. No quería molestarla preguntándole cómo estaba, así que me limité a realizar su función, que siempre resultaba más monótona y pesada. Ella no dijo nada. Introduciendo los ingredientes en la pizza iba a estar más distraída y su ánimo fue mejorando al compás de la noche.

Al salir no nos dirigimos palabra alguna. Yo iba andando en dirección a la casa de mis padres y ella se detuvo junto a mí con su coche. Bajó la ventanilla y dijo “¡Te invito a tomar algo en casa! Por la ayudita.” Recuerdo lo gracioso que me resultó en aquella ocasión su acento, pero acepté la invitación.

Sentados de lado en un pequeño sofá de dos plazas dejamos que las horas corriesen. Sacó una botella de ron de su país, decía que lo guardaba para las grandes ocasiones y que si era capaz de disfrutarlo, sin necesidad de mezclarlo con otra bebida, sólo hielo, lo dejaría sobre la mesa. Me contó que estaba cansada de su vida, que había venido a España con unas ideas de futuro y que seguía en el mismo punto que seis años antes. Además creía que su novio se acostaba con una compañera de trabajo, aunque aseguraba que eso era algo que no le preocupaba. Hablamos y bebimos. Bebimos y hablamos. Lo hicimos de música, de política, de trabajo y de futuro. Su mirada era cristalina. No me había fijado antes, y eso me hizo recordar los ojos grises de la Maga, que estaba ¡tan lejos!

Realmente me tenía prendado aquella noche. No podía dejar de mirarla, aunque cuando me preguntaba si estaba bien, prefería callarme a confesarle lo que me hacía sentir. Aunque me había prometido a mí mismo que no sacaría el tema si ella no lo hacía, lo único que se me ocurrió fue preguntarle por qué lloraba en el trabajo. Ella me dijo que se iba, que le estaba costando muchísimo pero que iba a hacerlo.

— ¿Cómo que te vas? ¿Te vas del pueblo?

—Me voy de España —dijo. Rompió a llorar de nuevo—. Y no creo que vuelva. Fui una estúpida que se enamoró del hombre equivocado y que siente que ha perdido su tiempo. Me voy a mi casa, a Maicao. Allí tengo a mi gente y lo tengo todo—. Consiguió encogerme el pecho. Entre el alcohol que recorría mi cuerpo y lo que estaba ocurriendo, sentía que me faltaba el aire. Levanté su cara con mis manos y sequé sus lágrimas con mis dedos. —No sé, pero creo que te quiero —Me sorprendió con estas palabras.

— ¿Sí?

—Hace mucho que sé que me gustas, pero acabo de darme cuenta de que te quiero.

Nos besamos. Sonriendo, los dos últimos vasos de ron con hielo dieron con la botella en la basura. No quería irme. Quería estar allí, hablar con ella y que la noche fuese eterna. Sentí que a esa chica alguien la había diseñado para mí. Y pensé aquello de que cuando para un tío el sexo era la segunda opción en una relación, era porque estaba pasando algo muy gordo. Y pasó. Nos llevamos toda la noche pegados el uno al otro. Hablamos mucho, nos acariciamos, follamos e hicimos el amor. Sin darme cuenta, llegué a amar aquel cuerpo desnudo.

Por la mañana, me pidió que me fugase con ella a su país, dejándolo todo. Yo le dije que si no se iba, le haría un sitio en este corazón necesitado de sentimiento y emoción. Pero finalmente, entre idas y venidas, ella cogió su avión y yo la despedí en el aeropuerto.

Me dijo que luchase por lo que quería, que sabía que mis sentimientos eran hacia alguien que también estaba lejos. ¿Podría ser ella la Maga? Realmente no lo sé. No me dio tiempo a comprobarlo.

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