El último caso de Martín Vera (I)

Summary: En la clase de Martín se ha cometido un crimen, un acto delictivo que él no iba a dejar pasar. Llevando en la sangre una férrea justicia inculcada y teniendo un padre policía, su carrera como detective infantil se había visto alzada gracias a situaciones como esta. En la clase de Martín se había escrito un crimen y él sería el encargado de resolverlo.

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—El culpable eres… ¡tú! — alzó su brazo de manera afilada, señalando con su índice sin vacilación alguna.

En el centro de aquel corro de alumnos en el que se había convertido la clase de Lengua de aquel día, Martín acababa de acusar de robo sin miedo alguno al hijo de la directora.

—Pero tú de qué vas, listillo — replicó el acusado, una vez recuperado de la sorpresa inicial. Se acercó rápidamente a Martín, quedando frente a él. Su estatura lo hacía ver como un gigante al lado de él: le sacaba medio cuerpo, además de ser partícipe de la gran predilección por el deporte de la que hacía gala. — Mira que te la estás jugando aquí mismo. ¿Qué quieres, que te haga puré? — lo amenazó en tono de burla. Aquel enclenque nunca sería capaz de enfrentarse a él, pensaba confiado.

—¡Mateo!

—¡Ha sido él, señorita! — se defendió con molestia. — Estoy harto de que esté acusándonos a todos sin pruebas con sus jueguecitos de detectives — dio un golpe en la mesa que consiguió asustar a todos los integrantes de la clase, incluyendo a la profesora. Mateo tenía un carácter explosivo, lo que ocasionaba que su persona infundiera un respeto basado más bien en la sumisión en lugar de la admiración. — Que tu padre sea policía no te convierte a ti en uno, fideo con gafas. — Ahora fue el turno del acusado de señalar con el dedo a Martín, quien tan solo suspiró pesadamente por el espectáculo que estaban formando. Odiaba cuando las cosas se volvían de esa manera. — Además, no tienes ninguna prueba. Solo estás acusando a ciegas para llamar la atención — se cruzó de brazos de manera altiva, sabiéndose ganador frente a aquel renacuajo.

Martín sonrió. Había mordido el anzuelo.

—En eso, mi querido Mateo, te equivocas — se ajustó ligeramente las gafas antes de volver a encarar a su compañero. — ¡Por supuesto que tengo pruebas! — golpeó firmemente su mesa para respaldar su alegato.

En ese momento, los alumnos comenzaron a cuchichear entre ellos. Todos sabían de las habilidades de Martín cuando de resolver un caso se trataba. Sin embargo, también sabían de todas las influencias que poseía Mateo dentro del colegio como para poder hacer prácticamente lo que le viniese en gana sin que tuviera que hacer frente a las consecuencias. Los placeres de ser el hijo de la directora, y más aún de una que siempre le daba la razón a él. Aquella clase de Lengua se había tornado en todo un duelo de titanes en lugar de la aburrida rivalidad entre sujeto y predicado, propia del tema de sintaxis que estaban repasando.

—Niños, calmaos. — María José, la profesora y tutora de la clase de 6ºA, se levantó de su asiento, observando cómo su clase perdía poco a poco la compostura y se volvía un debate propio de un programa de televisión. Había sido la tutora de aquellos niños desde primer curso, por lo que sabía de antemano lo agudizada que estaba la rivalidad entre Martín y Mateo, sobre todo desde que el primero se había ganado el reconocimiento de la directora al resolver el caso del ladrón de alimentos del comedor escolar. — ¡Basta!

Los alumnos callaron en seco y se apartaron, abriendo el paso para que su profesora se adentrase en el terrero de combate entre Martín y Mateo. El pequeño policía se mostraba tranquilo ante la situación, mientras que Mateo dibujaba en su rostro todo el odio que sentía en aquel momento por el retaco que se atrevía a acusarlo delante de todos.

La profesora llegó ante ellos y los observó inquisitivamente.

—Mateo, cambia esa cara — el chico solo bufó, volteando la cara. María José sabía que seguramente el niño armaría una rabieta en cuanto tuviera a su madre delante. Pero mientras estaba bajo el dominio de su aula, intentaría evitar ese momento todo lo posible. A veces, ella misma se asustaba del poder de la genética entre padres e hijos. — Y Martín, ¿estás seguro de lo que dices? Hemos revisado absolutamente todos los rincones de la clase y no ha aparecido. Puede que haya sido alguien de fuera de la clase…

—Sí, señorita. — la interrumpió antes de terminar la frase. — Tengo pruebas sólidas sobre las que basar mi acusación — clavó su mirada directamente sobre Mateo, con aire retador.

María José suspiró, resignándose a dar por perdida la clase de sintaxis que estaba prevista para hoy. Era consciente de que cuando Martín dejaba salir su lado investigador, nada podía detenerlo hasta que encontraba la verdad. Y sinceramente, ella tampoco tenía el ánimo para continuar la jornada con normalidad después del robo.

—Está bien — accedió finalmente. — Expón tus pruebas ante todos para que podamos juzgarlas.

—Muchas gracias, señorita — agradeció con un movimiento de cabeza. Acto seguido, se dirigió a la pizarra verde que presidía la pared principal de la clase. — Me remitiré a los hechos constatados: hoy a las 13:02, se ha producido un robo en las instalaciones del colegio. El objeto sustraído es el contenido de una caja de lata con motivos franceses que la señorita María José guardaba en el segundo cajón de su escritorio. Dicho contenido consistía en el dinero recaudado por todos los alumnos de la clase de 6ºA para su viaje de fin de curso, del cual su tutora es la responsable; y que hoy había traído a clase, por ser día de recogida y recuento. ¿Me equivoco, señorita? — se dirigió directamente hacia su profesora, una vez terminó de señalar los datos más importantes en la pizarra.

—No, Martín. Como cada viernes, traigo la recaudación de cada uno para llevar las cuentas. — A veces, seguía sorprendiéndose ante la labia que demostraba aquel niño cuando de jerga policial se trataba. Se le hacía difícil de asimilar que un niño de tan solo doce años supiera a ciencia cierta el significado completo de muchos de los términos criminológicos que solía usar en sus explicaciones. Por ello le resultaba tan atrayente verlo desenvolverse en ese ambiente.

—Bien — asintió conforme. — Usted, señorita, suele llegar puntual, concretamente, a las 8:30, puesto que le gusta dejar preparadas todas las cosas en el aula para cuando los alumnos entren. Por lo tanto, la caja con el dinero se encontraba desde ese momento en las inmediaciones del colegio — sentenció mirando a todos sus compañeros, quienes lo escuchaban atentos y expectantes. Las deducciones de Martín eran un espectáculo, mucho más intrigante que las series de televisión policiacas que exhibían actualmente en la televisión. — A las 9:30, la señorita María José procedió al recuento habitual de cada viernes. La acción no duró más de media hora. De este modo, a las 10:01 de la mañana, todos fuimos testigos de cómo la caja con su contenido volvía a guardarse en el segundo cajón del escritorio. — De repente, Martín se separó de la pizarra y se dirigió a la mesa de su profesora. El mueble parecía un gigante comparado con la estatura del niño, pero la determinación de su mirada logró acrecentar la creciente figura de madera presidida por una pantalla de ordenador. — Todos nos olvidamos de la estancia de la caja en la clase… — hizo una pausa dramática — ¡Todos excepto uno! — dio un fuerte golpe en la mesa y señaló hacia el frente con la tiza aún en su mano derecha.

Sus compañeros ahogaron un respiro. Siguieron con la mirada la dirección a la cual señalaba con ferocidad la tiza; Mateo volvía a encontrarse en el punto de mira de las palabras del pequeño con gafas. Gruñó para sí mismo, estaba seguro de que después de aquello, Martín se las iba a pagar con creces.

—Dicha persona había ideado un plan casi perfecto, magistral si se me permite el halago — Martín prosiguió con su explicación. Retiró su brazo acusador y se dedicó a juguetear con la tiza, mientras caminaba de un lado a otro delante de la pizarra. — A las 11:45, durante la hora del recreo, el culpable entró en esta clase y sustrajo el objeto en cuestión, aprovechando la ausencia de personal en ella.

—¡Alto ahí, listillo! — saltó Mateo, indignado. — ¿Y cómo se supone que lo hizo? — le preguntó con burla y autosuficiencia. — Te recuerdo, enano, que las clases permanecen cerradas durante el recreo y que solo los profesores tienen las llaves.

Los alumnos comenzaron a cuchichear. Era cierto que nadie pudo haber entrado en el aula durante los treinta minutos de recreo diario. Desde aquel incidente hacía varios años donde varios niños molestaban a otros hasta dejarlos encerrados en los baños y armarios del colegio, nadie podía entrar en el edificio durante ese periodo de tiempo a excepción de los profesores.

—Mateo tiene razón.

—Nadie puede entrar en las clases.

—Tal vez no fuera él…

El acusado se cruzó de brazos con una sonrisa despectiva hacia Martín. La duda razonable que había sembrado volvía a poner la balanza a su favor. El joven detective dibujó una sonrisa tranquila: todavía no había dicho la última palabra en aquel caso, y pensaba hacerlo al estilo Martín Vera.

—Niños, silencio. — La profesora volvió a interceder entre ambos alumnos. — Martín, siento decirte que Mateo tiene razón: los alumnos tenéis prohibida la entrada en clase durante el recreo a no ser que os acompañe un adulto y bajo circunstancias especiales. — Comprendía la insistencia del niño: ser hijo de un policía se lleva en la sangre. Pero ante pruebas contundentes como aquella, no podía interceder a su favor.

Pero Martín se volvió hacia su audiencia y alzó su mano, exhibiendo un gesto de negación con el movimiento de la tiza en ella.

—En eso, señorita, se equivoca — y con deliberada lentitud, volvió a colocarse bien las gafas. — Hay una persona que sí pudo haber tenido acceso a las instalaciones del colegio durante la hora del recreo. Una persona que no tuvo más que inventar una excusa que, con total seguridad, jamás sería constatada. Una persona que posee relación sanguínea directa con un adulto influyente de esta institución. — Para cuando terminó su discurso, Martín había recorrido el pequeño espacio que separaba la pizarra del corro de alumnos y se paró desafiante ante uno en concreto. — Tú, Mateo.

—Yo a ti te… — se abalanzó sobre él, cogiéndolo del cuello de la camiseta y alzándolo en el aire. Martín en ningún momento dejo de clavar su mirada en la del hijo de la directora.

—¡Mateo, ya basta! — La profesora intercedió entre ellos, separándolos. Mateo soltó al niño con gafas de un empujón que casi lo tira al suelo; él solo se ajustó la ropa con elegancia. Esas acciones solo sumaban puntos que conseguían ponerlo en evidencia y sentenciaban su juicio.

Caminó nuevamente hacia la pizarra y se preparó. Era hora de terminar con todo el espectáculo. Mateo ya había tenido su momento de gloria y ahora le tocaba cumplir su condena por creerse mejor que nadie, por creer que podría burlar a la autoridad de Martín Vera.

—¡Compañeros! — dio un fuerte golpe sobre la pizarra que sobresaltó a todos. — Fue Mateo quien ingresó en la clase y hurtó el dinero — afirmó sin temor. — Pidió a su madre, la directora de este centro, el juego de llaves maestras para entrar en la clase. Seguramente con alguna excusa inconsistente, pero que ella jamás pondría en duda: es la palabra de su hijo. No le supuso ningún esfuerzo abrir la puerta y sacar la caja de su lugar. Después, solo tenía que salir del lugar con el mismo sigilo con el que había entrado.

—¡Esto es increíble! — bufó el acusado, cruzándose de brazos mientras era contenido por la profesora de abalanzarse nuevamente sobre Martín. — ¡No puedes probar nada de lo que dices!

—Al contrario, querido Mateo. ¡Sí que puedo!

—¡Mientes!

—¡Yo jamás miento! — aseveró. — Y las pruebas tampoco.

Acto seguido, Martín llevó su mano izquierda al bolsillo de su pantalón. El tintineo de algo metálico resonó entre el silencio expectante de la clase. Nadie dudaba de que aquello sería la prueba que esclarecería todo aquel misterio.

—Esta es la prueba — y expuso a todo el mundo un juego de llaves que hizo volverse del color de la pared a Mateo, quien instintivamente llevó una de sus manos a su bolsillo, palpándolo completamente vacío.

—Esas son… — citó con incredulidad la profesora ante el reconocimiento del objeto.

—El juego de llaves maestras de la directora, el objeto que se utilizó para abrir la puerta de la clase — afirmó.

—¿Y de dónde las has sacado, fideo? ¿No será que tú eres el ladrón y estás intentando incriminarme? — Martín se dio cuenta: la voz de Mateo comenzaba a quebrarse. Se sabía acorralado y estaba actuando por miedo.

—En el suelo de la pista de fútbol. Se te han debido de caer mientras estábamos en Educación Física, clase que teníamos a las 12:00, justo después de la hora del recreo, hecho que te impidió devolvérselas a la directora.

—¡No puedes demostrar eso! Bien se le pudieron caer a mi madre durante el recreo y tú las recogiste para llevar a cabo el robo y dejarme mal a mí delante de ella porque me tienes envida, enano.

—Te vuelvo a recordar, Mateo, que tengo pruebas. En plural — Martín dejó el juego de llaves sobre la mesa de la profesora. Alzó la mirada, decidida y retadora, y observó a su alrededor: la señorita María José estaba impactada, sus compañeros de clase cuchicheaban en tono creciente y Mateo temblaba de pies a cabeza ante la mención de otra posible prueba en su contra. Inspiró profundamente y sintió correr por sus venas la sangre de los Martín Vera, la sangre de un policía. — ¡Esta es la segunda prueba! — De un saltó, se subió a la mesa y señaló algo en el techo.

La diminuta figura del niño detective se impuso sobre toda la clase. Como si del ganador de una medalla de oro se tratase, Martín alzó ambas manos, haciendo que todos visualizasen aquello que él estaba mostrando.

Mateo ahogó un grito.

Martín carraspeó impaciente.

—Desde la semana pasada, el edificio posee un sistema de seguridad regido por cámaras de vigilancia para impedir el robo fuera de las horas lectivas o ser de utilidad en caso de una emergencia — expuso. — Todos los alumnos de esta clase éramos conscientes de ello, he incluso se nos mostró su uso durante el simulacro de incendios ofrecido por la unidad de bomberos — hizo una pausa para coger aire. — Todos salvo uno, quien estuvo ausente por enfermedad toda la semana. Tú, Mateo — señaló lentamente. — Tú eras el único que desconocía la existencia de estas cámaras, por ello, no tuviste miedo alguno en intentar perpetrar un crimen bajo su atenta mirada… — bajó de un salto de la mesa y se irguió frente a todos. — ¡Un crimen que se encuentra recogido en las grabaciones del día de hoy!

La estupefacción no se hizo esperar: las miradas acusadoras se cernieron sobre el acusado, que no hacía más que apretar los puños en señal de frustración y rabia. Martín había vuelto a dejarlo en ridículo y una vez más recibía los aplausos y ovaciones que deberían ser para él. Mateo quería haber sido el héroe del día: él era quien debía encontrar la caja y entregarla, para eso la había robado. Solo quería la atención que ese niño policía le robaba a diario con su juego detectivesco.

—Y con esto, termino la exposición del caso — concluyó, dirigiéndose a su sitio y sentándose con diligencia. — Al revisar las cintas encontrarán las imágenes en las que el acusado entra con las llaves en el aula y sustrae el contenido del segundo cajón: la caja con el dinero.

La clase permaneció unos segundos en silencio antes de estallar en aplausos hacia su maestro detective encarnado en el cuerpo de un niño de doce años. Todos se abalanzaron a su alrededor en círculo, haciéndole preguntas sobre cómo había podido deducir todo aquello tan fácilmente.

Sin embargo, todavía quedaba una pregunta sin respuesta:

—Un momento — habló Abraham. — Hemos registrado toda la clase, incluyendo las cosas de cada uno y no hemos encontrado el dinero. Si Mateo fue quien lo robó, entonces ¿dónde está el dinero?

—Fácil — río Martín mientras recogía sus cosas: el timbre sonaría en cualquier momento, marcando el fin de aquella jornada de clases que había sido muy revitalizante para su carrera policial infantil en alza. — En el doble bolsillo interno de su mochila.

—¿Y tú como demonios sabes que mi mochila tiene un bolsillo interno? — La voz volvió al cuerpo de Mateo, en un último intento por hacer quedar mal a Martín: él iba a sufrir un castigo, pero al menos se iría feliz de saber que aquel enano con gafas lo acompañaría por pasarse de listo. —¡Me has registrado! — se hizo la víctima con falsa voz ultrajada. — Señorita, ¡eso es invasión de la propiedad privada! Tanto que te jactas de querer ser policía y te saltas las reglas cuando te conviene.

Martín simplemente se puso de pie, abriéndose paso entre sus compañeros y dirigió sus pasos hacia Mateo, que seguía mirándolo con molestia y asco.

—Mateo, eres tan estúpido que se te olvida que tenemos el mismo modelo de mochila — apuntó, colgándose la mochila al hombre, dejando ver que, efectivamente, se trataba del mismo modelo que la de su compañero, salvo que en color azul.

El sonido del timbre inundó la clase en ese momento. Las clases habían terminado; y con ellas el cierre de un nuevo caso. El joven detective suspiró tranquilo y se dirigió a la puerta de su aula para abandonarla rumbo a su casa.

—Un nuevo caso resuelto por el detective Martín — se dijo a si mismo con orgullo.

Ajeno a todo esto, en las inmediaciones de aquel colegio, las sombras de un nuevo crimen comenzaban a gestarse: dos figuras ocultas bajo una capucha, entregaban una pequeña bolsa blanca a un niño a cambio de dinero. Mientras tanto, un tiroteo estallaba en el centro de la ciudad; y el detective Martín Vera acudía al lugar como era su deber.

Nadie podía saber que todo aquello no era más que el comienzo.

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