Elementales y Cambiantes

Nota de autora: El siguiente texto es el comienzo de Elementales y Cambiantes, mi primera novela publicada con Ediciones En Huida.

 

Estaba jadeando. Había tenido uno de esos sueños que se convertían en pesadillas al despertar. En ellos veía a Ángel con más claridad de la debida. Lo veía entrar por la puerta de mi casa mirando hacia las escaleras, yo bajaba corriendo por ellas, me abalanzaba hacia él abrazándolo y él me correspondía acogiéndome entre sus fuertes brazos. Segundos después, corría y corría, pero jamás podía alcanzarlo. Solo veía su espalda que se alejaba, mis piernas me quemaban y el corazón me ahogaba. Pero sabía que era él, con su pelo rubio oscuro, su piel de un característico moreno rojizo y sus ojos color miel, sin duda, era él.

No era justo pasar por esto a mis diecisiete años. Hacía un año que Ángel había muerto en un accidente de moto y aún seguía persiguiéndolo en sueños. Al pensar en la palabra muerto las lágrimas comenzaron a precipitarse por mis mejillas. Jamás pronunciaba esa palabra en voz alta, pero sí que la pensaba, sabía que había sucedido, sabía que era real y, sin embargo, no podía pronunciarla.

Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano y me giré en la cama. Quizás esas pesadillas se debían a que no había podido despedirme de él, a que no había podido estar en su entierro… Eso me llevaba martirizando desde entonces.

Aquel fatídico día había intercambiando apenas unas frases por teléfono con Silvia, la madre de Ángel, que, destrozada, me había indicado que el entierro era exclusivamente familiar y que se celebraría en Los Picos, un paraje natural a cientos y cientos de kilómetros de aquí, en el que los bosques y la nieve eran la única compañía. Su familia lo había despedido allí sin ninguna razón aparente para mí, pues Ángel nunca había nombrado aquel lugar. Yo siempre había pensado que él era de aquí, de Camia.

Estaba empapada en sudor tras la pesadilla, miré la hora que indicaba mi móvil: las cuatro de la madrugada. Debía dormir, era consciente de ello, pero no podía. Me levanté de la cama y abrí la ventana de mi habitación dejando que el aire fresco de la noche me despejara. Observé la calle y por un instante creí ver a Ángel en el parque que había frente a mi casa.

Más de una vez, cuando me había despertado sobresaltada por mis pesadillas, había jurado verlo en mi habitación, justo donde me encontraba yo ahora, en el alféizar de la ventana. Pero eso era imposible y lo sabía. Era curioso cómo lo podía imaginar en todas partes.

Permanecí sentada en el alféizar, pegué mis piernas a mi pecho y las rodeé con mis manos abrazándome. Sonreí, ahora podía sonreír. Intenté memorizar una vez más cada detalle de su recuerdo para poder mantenerlo vivo en mí. Me daba pánico que se me pudiera olvidar su olor, su risa o incluso cada lunar de su piel. A menudo me preguntaba si me estaba volviendo loca, pero, aun así, lo recordé una vez más…

Recordé sus ojos oscuros en la noche, su olor dulce y fresco, sus manos enredadas en mi pelo, mis manos alrededor de su cuello. Recordé cómo le gustaba besarme y después apoyar su frente contra la mía quedándose quieto, muy quieto.

La calle estaba desierta, pero no en total silencio, la brisa que corría hacía que las hojas de los árboles del parque produjeran un sonido placentero.

―¡Joder! ¡¿Qué es eso?! ―exclamé sin pensar en voz alta. Me levanté del alféizar de un salto, di un paso hacia atrás y cerré la ventana de golpe.

No podía ser, por una milésima de segundo me había parecido ver a un enorme tigre blanco entre las sombras de los árboles. ¡¿Cómo era capaz de imaginar algo tan real?! ¡Me había vuelto loca! ¡¿Un tigre blanco?! ¡¿En serio, Clara?! ¡¿Y de esas enormes proporciones?!

Necesitaba dormir urgentemente, la próxima jugarreta de mi mente podía ser… no sé, ¿dinosaurios? Me metí corriendo en la cama, olvidándome de mi dichosa imaginación. Definitivamente, tenía que empezar a leer menos. Me centré en mi respiración tranquilizándome y puse todo mi empeño en dormir, pero a medida que el sueño vencía a mis párpados, un tigre blanco acudió a mis pensamientos.

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