La boda

“El amor más sincero siempre es libre.”

 

— ¿Crees que debería casarme?

A Ruth se le infló el pecho bajo el escote de su vestido blanco y corto, y lo besó en los labios.

—Sí, ya sabes que lo creo.

Elías bajó la vista turbada al suelo, con los pensamientos tropezándose entre sí y apretó la mano con que la sujetaba.

La habitación tenía colores pálidos y ligeros, como el día que era claro y fresco pero sin brisa. La luz atravesaba las ventanas y Elías sólo podía pensar en lo guapa que estaba su amiga, con el pelo recogido con flores, las clavículas al aire y los sentidos a ras de piel y a la vista.

—Escúchame —pidió ella.

—Te escucho. —Elías sonrió son la boca cerrada y volvió a mirarla, aunque sus ojos parecían todo iris y tenía miedo de no saber salir de ellos.

—Tú la quieres.

—Sí.

—Y ella te quiere.

—Lo sé.

—Pues no hay más que hablar. Hace un día precioso para una boda.—Se sentó en su regazo y lo abrazó apretando las pestañas.

—A ti también te quiero.

—Ya lo sé. —Ruth le acarició la nuca y volvió a besarle—. Y yo, te quiero mucho.

Él tomó una de sus piernas y se la colocó detrás, con una a cada costado, para anudarla a su cintura, y dejó su barbilla en la curva del cuello de la muchacha.

—Hueles a ti.

Ruth soltó una carcajada, de las que sonaban desde la profundidad del estómago y le hacían inclinar la cabeza hacia atrás, de las que reverberaban en las paredes  y que Elías sabía con total certeza que extrañaría por encima de todo.

— ¿Y cómo es eso?

—Pues a ti. —Le pasó el aliento por el cuello y Ruth suspiró con el bello erizado y la melancolía prematura haciendo grumos en su pecho.Leer más »