Transparente

Nadia se despertó con un fuerte pinchazo en la planta del pie. Se incorporó de un salto con un aullido alarmado. Las pisadas urgentes de su madre por el pasillo culminaron cuando abrió de una brazada la puerta de su habitación con un histérico “¿Qué? ¿Qué tienes, qué te pasa?”. Nadia tranquilizó a su madre, “Nada, ha sido una pesadilla, no te preocupes”. Ella la miró con cara compungida desde el marco de la puerta. Dudó un segundo, pero luego se acercó a la cama y besó rápidamente la frente de Nadia. Su hija apretó los labios y le dio las buenas noches. Permaneció tensa escuchando las pisadas de vuelta por el pasillo y sólo se relajó cuando hubo escuchado la puerta cerrarse.

Se amasó la rodilla para intentar paliar la molestia. El reloj sólo marcaba las 2:18 de la mañana. Volvió a tumbarse boca arriba. Respiró hondo y cerró los ojos. Los mantuvo cerrados, intentando no apretarlos, haciendo un esfuerzo por relajar los músculos de la frente y concentrándose en mantener una respiración constante. Pero el fuerte pinchazo le atenazaba con fuerza la planta del pie derecho, palpitando hacia el empeine y el tobillo. Nadia se pellizcó el antebrazo, se concentró en ese dolor punzante y en mantener los ojos relajados y cerrados. Pero el otro dolor reclamaba su atención con cada pulsación de su corazón, como si le clavasen un clavo enorme como los que usaban los romanos para crucificar a los criminales y a los mesías. Rindiéndose, Nadia sacudió la pierna con impaciencia, se incorporó sobre la almohada y encendió el ordenador en la mesita. Puso el principio de una película que había visto mil veces. Intentó concentrarse en cada detalle, cada movimiento de los actores, la configuración que habían elegido los técnicos de iluminación. Repasó mentalmente todos los ángulos que había escogido el director de fotografía, haciendo un esfuerzo consciente por ignorar el ardor que subía por su pierna derecha.

Pero no lo consiguió. Se pellizcó el muslo, clavándose las uñas en la carne, y apretó los dientes. Apartó las sábanas y se asió la rodilla con ambas manos. Miró su pie transparente que no dejaba de mandar sacudidas de alto voltaje con. cada. latido. Contrajo mentalmente los dedos, pero no sirvió de nada. Se sentó en el borde de la cama y alcanzó sus muletas. Fue lo más sigilosamente que pudo hasta la terraza del salón y se dejó caer en una silla de plástico. Aun de noche, aquel agosto seguía siendo sofocante. Se aferró al reposabrazos de la silla y estiró los dedos transparentes de su pie derecho.

Las células de Nadia mueren y se regeneran día a día, segundo a segundo, pero Nadia sigue siendo Nadia. Se pregunta en qué se convirtieron todas aquellas células que componían el resto de su pierna derecha. Allá donde estén, Nadia sigue siendo Nadia. Y le duele la planta del pie.

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