Nunca Jamás.

La puerta se abre con un chirrido molesto. Dentro, todo es oscuridad.

—No sé a quién habrá untado usted para llegar hasta aquí, pero debe tener mucho interés.

No le digo nada al celador mientras se hace a un lado para que pueda entrar.

—Ahora mismo es inofensivo, si necesita algo estaré al final del pasillo.

Asiento con la cabeza y el hombre cierra la puerta tras de mí. El hedor que emana de la oscuridad es repulsivo, tengo que apoyarme sobre la pared acolchada para que el olor del sudor y las heces no me haga desplomarme. Tardo unos segundos en acostumbrarme a la penumbra que reina en la habitación sin ventanas. Puedo oír su respiración pesada en un rincón del cuarto. Me cuesta un par de minutos de incómodo silencio reconocer sus facciones en la oscuridad. Tiene el pelo rubio apelmazado y húmedo, pegado a la frene. Tiembla violentamente, pero no sé si se trata de frío o de que su cuerpo echa de menos los opiáceos.

Sinceramente no me importa.

—No tiene buen aspecto, señor Petterson.

Por primera vez desde que he entrado parece percatarse de mi presencia. Me sonríe mostrándome una hilera de dientes podridos. A pesar de su edad su rostro conserva rasgos infantiles y por un momento parece un niño.

Por un momento.

—Sabía que volverías, Michael. Le saludaría, pero… —Se encoge de hombros dentro de la camisa de fuerza—. No me veo con posibilidades.

—No quiero tocarle.

—No, claro que no.

Se ríe.

—Ya sabes por qué estoy aquí.

—¿Has perdido algo?

Me meto la mano en el bolsillo de la gabardina y saco las fotos. Las imágenes monocromáticas muestran los cuerpos de niños en descomposición, con evidentes muestras de violencia física y cubiertos aún de la tierra con la que habían sido enterrados.

Las lanzo delante de él y él les dedica una mirada curiosa.

—Hemos encontrado a estos pobres niños enterrados en el sótano de tu casa.

—Se habían perdido, ¿sabes? Yo los encontré.

—Los hombres del Capitán todavía están desenterrando cadáveres. Algunos llevan años ahí. ¿Ya no te gustaban cuando se hacían mayores? ¿O es que se te fue la mano con el polvo de hadas?

—Se habían perdido —repite—. ¿Has venido a contarme un cuento?

Me acercó a él en un solo paso y golpeo sus dientes astillados con la rodilla. Cae al suelo en un golpe sordo y le escucho escupir sangre, salpicando las paredes acolchadas que convenientemente aíslan el sonido al exterior. Agarro su cabeza por el cabello mugriento y le obligo a mirar las fotos.

—¡Mira estos niños! ¡Por el amor de Dios, míralos!

Sus ojos se posan en las fotos, pero su mirada está turbia.

Le dejo caer en el suelo y se ríe.

—Los adultos os tomáis todo muy en serio.

Me paseo por el cuarto, respirando con fuerza. Me acerco a la puerta.

—¡Encended la maldita luz!

—¡No!

Petterson se revuelve sobre sí mismo. De repente parece aterrado.

—La luz la trae. A la Sombra. La trae y me persigue, no me deja. Los niños encendieron la luz. Al final siempre la encienden, cuando crecen y llegan.

Vuelvo a su lado y me siento en cuclillas a su lado. Le hablo al oído.

—Mañana te van a lobotomizar. Te van a meter un picahielos por el ojo, van a removerte ese cerebro de bastardo hasta que se te olvide que te gusta joder con niños, hasta que no sepas ni quien eres y te cagues encima. Pero entonces de tu puñetera mente nunca saldrá lo que quiero.

—Todos los niños están ahí.

–Todos no.

Sus ojos verdes se mueven nerviosos.

—Oh —murmura —. Tú la estás buscando a ella.

Oírle hablar de mi hermana, la forma en la que pronuncia cada palabra, me produce arcadas.

—¿Dónde está?

—Ella no quería darme más niños ¿sabes? No le gustaba que los llevara a volar. Por eso busqué otros. Quería quedarse sus cuentos para ella.

—Mataste a George y a Lily, y a todos los otros. ¿Qué hiciste con ella?

Él me mira. Me mira con lástima, como si yo fuera un juguete roto o un animalillo enfermo. Me miraría como si la lástima fuera un sentimiento que él fuera capaz de desarrollar.

No lo soporto. Me abalanzo sobre él, la sangre de su cara me salpica la ropa y el rostro. La puerta de la habitación se abre y los celadores se tiran sobre mí y me sacan a rastras. Yo forcejeo y grito, mientras él se ríe.

—¿Dónde está Wendy? —grito. —¿Dónde está?

Su risa me persigue por el pasillo. Mañana le convertirán en un vegetal, en poco más que un niño para siempre. Y nunca sabré qué hizo con el cuerpo de mi hermana.

Nunca jamás.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s