Placer de muerte

 

Verá, agente, mi novia y yo llevábamos, por razones lunares, una eternidad sin follar. Esa noche salimos a tomar algo. Cuando, en el baño, vio que no manchaba, nos marchamos de allí ansiosos. A mitad de camino me susurró al oído: “Te prometo que antes de que toques el pomo de tu puerta, te correrás”. Yo tuve una extraña corazonada, y le dije que prefería hacerlo ya en casa, pero ella se lo tomó como un desafío. Jamás podría imaginarme que fuera a pasar…eso. Lo sé, disculpe, no me estoy riendo. A mi novia le gusta llevar las cosas al límite, y no fue hasta que iba a rozar el pomo de casa que se puso de rodillas y me bajó los pantalones. Vivo en un cuarto, y a esas horas en el rellano vacío cualquier ruido se escuchaba amplificado. No quería molestar a mis compañeros, así que, sin que mi novia parase, me moví hasta la puerta de mi vecina.

No lo hice con la más mínima intención, ¡sería absurdo! Me había encontrado con Aurelia varias veces en el ascensor, y sabía que la pobre tenía mal la cadera y estaba prácticamente sorda, así que no la molestaríamos.

Mi novia chupó así y así, y al cabo de unos cinco minutos me corrí. Normalmente apunta hacia una de sus mejillas o su pecho, pero esa noche no le apetecería, y en el último momento me giró a un lado, y casi toda la acumulación cayó en el suelo frente a la puerta de Aurelia. Como ve usted, agente, si alguien es culpable es ella. Yo solo soy el arma, pero ella es quien apretó el gatillo.

Contándolo ahora, parece que todos fueron una concatenación inevitable de sucesos, que tenía que acabar inevitablemente en ese trágico resbalón.

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