Oroneta

El cielo de Madrid destila un tono grisáceo que se va apagando en las últimas horas del día. Marina se mueve por las calles empedradas cargada con su caja de herramientas y con ganas de llegar a casa de una maldita vez. Estos días, sin sol ni nubes, son los que le resultan más pesados y, en realidad, no sabe el porqué. Continúa avanzando hacia la Gran Vía mientras contempla los carteles que incentivan a los ciudadanos a mantener limpia una ciudad que no consigue purificarse. Y el denso filtro que ha puesto la atmósfera a la luz natural no contribuye demasiado. Pero no es la ciudad, sino el alma normalmente intrépida y alegre de Marina la que parece sumida en la oscuridad y es incapaz de percibir algo el punto de vista más positivo. Si otros días se contentaría pensado que no va a llover, hoy su mirada se ha fijado en las asquerosas colillas que yacen en la boca de metro de Callao, por la que debe descender para llegar cuanto antes a su hogar.

Su mono de Telefónica y sus utensilios de trabajo la delatan. Marina siempre se ha sentido observada, pero jamás le ha dado la menor importancia, ya sabe que no es habitual ver a una mujer instalando redes de teléfono y fibra para particulares, pero la sociedad irá cambiando con el tiempo. Hoy tampoco le preocupan las miradas ajenas, le molesta más su flequillo en los ojos y ella sabe que esa es una mala señal. Y lo peor de todo es que sabe que hoy ha sido un día bastante productivo. Solo ha visitado dos viviendas con los cables del router mal enchufados y para el último cliente, a pesar de estar baja de ánimo y de no tener una escalera, ha conseguido encontrar el cable que necesitaba y solucionar el problema. Cualquier otro día volvería a casa riéndose entre dientes al imaginarse a sí misma subida a la reja de esa ventana a casi tres metros de altura y apoyada con un solo pie porque tenía que estirarse para llegar al amasijo aquel, pero hoy piensa que, efectivamente, no le pagan lo suficiente por jugarse la vida de esta manera. Y no solo no le pagan lo suficiente, sino que no le renuevan el contrato. Marina solo necesitaba estabilidad y fue eso lo que le prometieron cuando comenzó a trabajar. La llamada de su jefe de esta tarde, realmente, le ha borrado la sonrisa de la cara. Ahora viaja en el metro desesperada por llegar a casa, por tumbarse en la cama y llorar, por escuchar los inútiles ánimos de Fátima… ¿Y, luego, qué?

No sabe qué hacer. Su trabajo le permitía pagar el alquiler y los gastos y ahorrar una pequeña cantidad, pero prácticamente nada. Desde que se independizó, su novia aún no ha encontrado ningún trabajo, así que Marina las ha mantenido a las dos, pero cuando sus padres se divorciaron, la situación se desbordó. Su madre, con graves problemas de movilidad en las piernas, tuvo que mudarse con ellas y el piso no es lo suficientemente grande para las tres. Fátima le había dicho que, cuando encontrara trabajo, buscarían algo mejor. Es un amor, siempre ha tratado de ayudar a pesar de las incómodas circunstancias inesperadas. Pero, ahora, todos esos planes se han esfumado, lo importante es poder seguir pagando el alquiler.

El metro huele especialmente mal esta tarde y Marina está ansiosa por salir de una vez. Ha visto a unas adolescentes hablando de banalidades y criticando a algún que otro profesor y desea volver a esa época en que las preocupaciones eran otras. La frenada del tren la despierta de su trance y sale al andén, dispuesta a continuar su viaje más por inercia que por decisión. Ya es prácticamente de noche y comienza a hacer frío. Ya lo tiene claro, mañana se corta el flequillo, no lo aguanta más. Nunca le había causado molestias, pero hoy está más sensible de lo habitual. Y más cansada. Le espera un largo fin de semana.

El piso en el que vive Marina con su madre y con Fátima es un bajo interior con un pequeño salón-recibidor invadido por una cama que se aprecia a simple vista que no pertenecía a la vivienda. La cocina está separada por una barra americana y, en un lateral hay una puerta que conduce a la habitación y a un baño demasiado estrecho para que su madre se maneje con comodidad con las muletas. Además, existe otra puerta más que da a un patio vergonzosamente diminuto, al que no encontraron más utilidad que la de colocar el tendedero. En este momento, esta no es la casa que necesitan.

Cuando entra, encuentra a Fátima sentada delante del ordenador y a su madre sentada en la cama leyendo. Para ella el mundo estaba a punto de desaparecer y parece que todo sigue igual. Entra, saluda secamente y entra en la habitación, sabiendo que su novia acudirá tras ella. Pero su madre también se acerca a preguntarle qué le ocurre. Marina no quiere contárselo, pero no acaba teniendo más remedio. Escoge bien sus palabras para no hacerla sentirse una carga y la conversación se extiende durante más de una hora. Ambas han tratado de animarla, pero no han tenido ningún éxito. Marina decide irse a la cama sin tener sueño y sintiéndose una completa inútil. No sabe si pegará ojo en toda la noche. Pasa mucho tiempo acostada con los ojos abiertos en la oscuridad y el más profundo silencio, pero, finalmente cae en los brazos de Morfeo, unos brazos nada placenteros en esta ocasión.


En contra de lo que podría esperar, Marina se la levantado temprano este sábado y con más ánimo. Abre la ventana del salón para cambiar el aire, aunque no entra casi luz y enciende el ordenador, dispuesta a buscar ofertas de empleo. Nadie más se ha despertado y en su tediosa tarea solamente la acompaña el ruidoso graznido de las golondrinas, que comienza siempre de buena mañana. No le desagrada del todo, pero su búsqueda está resultando bastante infructuosa.

En un momento indeterminado, escucha un ruido poco habitual en el patio y descubre que uno de los cantos de aquellos pájaros se ha vuelto demasiado cercano. Parece que una pobre cría ha caído y ya no puede levantar el vuelo. Eso la distrae un poco, pero trata de no desviar sus pensamientos. Sin embargo, ya es demasiado tarde; la golondrina ha despertado a Fátima y a su madre, así que sabe que va a desaparecer toda su tranquilidad. Las dos la ven más receptiva y, de nuevo, tratan de animarla. Marina aún no se siente preparada para superar este trance, tiene demasiada presión encima, pero, aunque no lo reconozca, se siente agradecida por estos intentos.

La golondrina continúa revoloteando sin éxito por el patio y Marina buscando trabajo con los mismos resultados. Fátima la está ayudando y su madre ha decidido vigilar a ese animal desde la habitación. No le hacen mucha gracia los pájaros, pero tampoco quiere tener una golondrina muerta en el patio. Protegida por el cristal de la puerta la observa mover una y otra vez saltar y mover las alas, pero no logra levantar el vuelo. Sin embargo, cada vez está más cerca.

Marina acaba de escuchar, asustada, el grito de su madre y el revoloteo del ave por dentro de la casa. Mira a su novia y la descubre con la mano en el pecho y respirando hondo por aquel incidente sorpresa. Entonces la ve y le indica a Marina que gire la cabeza porque la golondrina acaba de posarse sobre su teclado. Su madre acaba de cerrar la puerta de golpe y el teléfono empieza a sonar.

―¿Diga?… Sí…. Sí, soy yo… Claro, claro que me acuerdo… Sí… Sí… Pues mira, Jorge, sí que estoy interesada, de hecho, me va a venir muy bien…Sí, ya sé que no es mucho, pero, bueno, por algo se empieza… Claro que sí… Por supuesto, pues yo encantada… Muchísimas gracias, de verdad, muchas gracias por acordarte de mí… Adiós, Jorge, adiós.

La golondrina permanece inmóvil, como un elemento más en la decoración. Fátima no le ha quitado ojo de encima, pero, realmente, estaba pendiente de la conversación. Su madre también ha abierto la puerta a pesar de la amenaza animal para preguntarle quién era.

―¿Os acordáis de Jorge Rodríguez, el de Citresma, la empresa en la que estuve de prácticas el año pasado? Pues este hombre es muy emprendedor y está montado un pequeño proyecto para llevar páginas web y tal. El caso es que ha estado repasando “currículums” y ha pensado en mí. De momento es muy poquito lo que ofrecen, no da para vivir ni mucho menos, pero también son cosas sencillitas, que no quitan demasiado tiempo, así que podré compajinarlo fácilmente con otro trabajo.

La cara de Marina vuelve a ser la de siempre y el flequillo ya no le molesta. Podría haber pensado que si no la hubieran despedido estaría todo solucionado, pero lo está viendo como una nueva oportunidad, una ventana abierta por la que entrar y que seguramente la ayudará a volar. Marina repara entonces en el ave inmóvil que tiene a pocos centímetros.

Las tres acaban de salir del edificio, aún es temprano, pero el sol ha irrumpido con fuerza y el día rebosa claridad. La golondrina trata de zafarse pellizcando las manos de su captora, pero ya están en el parque y aún se escucha en canto de las aves matinales. Marina abre sus manos y ve cómo, rápidamente, empieza a volar hasta que desaparece de su vista. El sol la ha cegado, pero la ha llenado de felicidad. Vuelven a casa disfrutando del agradable clima cuando Marina pregunta de qué especie sería esa ave.

―¿Eso? Eso es una oroneta.

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