Transparente

Nadia se despertó con un fuerte pinchazo en la planta del pie. Se incorporó de un salto con un aullido alarmado. Las pisadas urgentes de su madre por el pasillo culminaron cuando abrió de una brazada la puerta de su habitación con un histérico “¿Qué? ¿Qué tienes, qué te pasa?”. Nadia tranquilizó a su madre, “Nada, ha sido una pesadilla, no te preocupes”. Ella la miró con cara compungida desde el marco de la puerta. Dudó un segundo, pero luego se acercó a la cama y besó rápidamente la frente de Nadia. Su hija apretó los labios y le dio las buenas noches. Permaneció tensa escuchando las pisadas de vuelta por el pasillo y sólo se relajó cuando hubo escuchado la puerta cerrarse.Leer más »

TRANSFUGISMO DE MADRUGADA


Cuando retomo la consciencia tengo la mandíbula apretada. Con los dedos del pie derecho me  rasco los dedos del pie izquierdo. No soporto la sensación de una picadura de mosquito entre los dedos del pie. Me quedo mirando la luz del aparato repelente de insectos voladores. Un mosquito vuela alrededor como si tal cosa. En el móvil sigue sonando algún podcast. Lo apago. Me levanto y meo. Voy a la cocina y bebo agua. Son las cuatro y media de la madrugada. Regreso a la cama. Busco un podcast de los pasajes del terror del programa La Rosa de los Vientos. Suena pero no lo escucho. No puedo dormir. Me levanto y me siento en el ordenador. Escribo esto mismo. Intento vivir las palabras antes de escribirlas. Estoy mirando la pantalla ahora mismo sin saber qué decir y te imagino tumbado en la cama leyendo en el móvil y pensando que me sobra ego. Y es cierto. Pero lo tengo localizado. Temo que si lo observo más aún, desapareceré disociado en infinitos personajes. Por eso decido darle de comer. Estoy pensando que ya no soporto el aire acondicionado y que ya no siento el calor como antes. Siento menos el calor y más el frío. Cosas que mutan. Lo apago. Me enciendo un cigarro y se me pasa por la cabeza masturbarme. Pero no lo hago porque sé que es solo una medida desesperada para poder dormir o quizá para parar de escribir. Decido seguir escribiendo, y mientras espero que me venga algo intento despistaros con algunos trucos burdos. Tengo que confesaros que no tengo ni puta idea de qué significa la buena literatura. Por no saber no sé ni de estilos, ni de técnicas, ni de generaciones; ni sé distinguir un tipo de literatura de otra. He leído mucho pero sin ningún criterio. Voy dando tumbos de un libro a otro casi sin acordarme del autor del libro, y ni de coña se me pasa por la cabeza intentar diseccionarlo e interpretar por qué escribió lo que escribió, ni en qué época lo escribió, ni qué cojones aportó a la literatura; si es que aportó algo, ni qué influencias tiene. Ese tipo de cosas las dejo a los que no escriben. Tan solo sé si puedo seguir leyéndolo o no. Me doy cuenta de que no quiero seguir leyéndolo cuando comienzo a leer las páginas oblicuamente. Saltándome las páginas con ansiedad de adelantar. Entonces lo dejo. Grandes obras universales las he leído en modo oblicuo y me parecían un tostón. Por el contrario, he leído sorprendido algunas obras desconocidas de autores desconocidos. En definitiva, no tengo ni puta idea de literatura ni sé lo qué es. Ni me interesa saber qué es. De repente paro de escribir. Me pasa cuando tengo que pensar lo qué decir. Creo que es en ese justo momento, en el que el escritor para, y se pone a pensar, cuando pierde el interés. Como ahora mismo. Mejor me levanto. No sé si volveré.

Otro tema es el asunto de las comas y los puntos coma. No conozco nada tan arbitrario y subjetivo como su localización. Es completamente discrecional. He leído las normas pero va ser que no. El escritor puede encontrar razones en la misma frase tanto para poner comas como para no ponerlas. Y de cualquier forma estará bien. Antes me bloqueaba con las comas. Supongo que era por la inercia que tenía antes en clasificar todo en conveniente o no conveniente; en bueno o malo.Yo he decidido finalmente que se pongan ellas solas. Voy escribiendo y de repente el dedo pone una coma y ya está. Así está bien. Y en la poesía ya ni os cuento la paranoia. Pero la poesía es como la izquierda y se le perdona todo. Por eso escribo sobre todo poesía: Para escapar de las normas. La prosa siempre me ha parecido excesiva. Demasiadas palabras. Demasiadas reglas. Debería hacerme de izquierdas pero ya no soy de nada. Aunque me vendría bien enfundarme en el personaje; sobre todo por relajar mi inclinación a la culpa. Una persona de izquierda es siempre superior a ti y además puede hacer lo mismo que tú pero ponerle otro nombre. Es cojonudo. Definitivamente me hago de izquierdas. Así podré pensar en el cuerpo de las mujeres sin sentirme machista. Excitarse con un cuerpo de mujer siendo de derechas es horrible. Cambiando de tema que se me mosquean. Por ejemplo, los dos puntos funcionan distintos a las comas. Los que he puesto antes han sido a posteriori. Los acabo de poner. Los dos puntos también pueden ser discrecionales, pero esos no se me ponen solos. Tengo que volver para ponerlos.

Estoy pensando en un sándwich de nocilla. Me parece una idea cojonuda. Es como la paja que no me he hecho pero no es para tanto. Me voy a levantar a preparármelo. Pero ahora sé que sí voy a volver. Si lo dejáis aquí y seguís bicheando el muro no os culpo por ello. Hasta pronto si eso…

Ya estoy aquí. Mientras me preparaba el sándwich pensaba en el Brexit y en las elecciones. Reino Unido debería de salirse de Europa y Pablo Iglesias debería ganar las elecciones por mayoría absoluta. Nunca se sabe que traerá romperse una pierna. En principio parece una putada pero nunca se sabe. Pues en esto como en todo, igual, nunca sabemos nada. Lo que llegue estará bien. He dejado de tener preferencias. En serio. Al principio solo hacía como si no las tuviera, pero ahora ya no las tengo de verdad. Lo de dejar de tener preferencias y dejar de opinar es como un músculo. La palabra como también me bloquea. No sé nunca si ponerle tilde o no. Por más que leo las normas no me entero. He decidido no ponerla nunca a no ser que vea por ahí danzando un signo de interrogación o de exclamación. Volviendo a lo de las preferencias. Al principio está sobredimensionado de tantos años de opinión, pero a medida que la intención se enfoca en dejar de opinar, el criterio va debilitándose hasta que desaparece casi por completo. Vivir sin criterio por opción y no por incapacidad es nuevo. Si gana Pablo iglesias por mayoría absoluta sería muy interesante. Pero no por lo que cree  la gente. Deseo, si es que ya deseo algo, que gane. Sin acritud y sin miedo. En serio.

Pensando en el panorama político me ha venido una imagen. El parlamento es como la casa de los espejos. Todos se reflejan los unos a los otros. Yo los votaría a todos para no dejar fuera a ninguno de mis personajes, pero como no se puede, pues entonces no voto a ninguno. Ya me parece todo una broma. Un broma muy repetitiva…

Tengo sueño otra vez. Me voy a la cama. Son las cinco y pico. Quizá siga otro día o quizá se quede así. me la suda sin mayúscula al principio después de un punto; por Bukowski. Nunca repaso casi nada. Ni mi vida ni lo que escribo. Qué más da. Y no es desidia. Es discreción. Escribo sobre la marcha. Si tuviera que ponerme delante del ordenador a quebrarme la cabeza sobre lo que escribir os juro que no escribiría nada. Los poemas los escribo directamente sobre el muro de Facebook en el iphone; a veces entre semáforo y semáforo. Supongo que se notará. Y me da igual. Porque no pretendo llegar a nada. No hay sitio adonde llegar. Y además ya he llegado a NINGÚN SITIO. Que es el único sitio donde hay espacio. Buenas noches.

Ya es viernes y me voy para la playa. Ganó el Brexit. Ahora solo falta Pablo Iglesias. La cosa promete. Que os den a los que vais  por ahí dando. Hoy fluyo lo justo y no aprendo nada de vosotros. No me da la gana. Y además no me apetece y ya nunca hago lo que no quiero. Menos mal que ahora soy de izquierdas y tengo corazón. Y ya sé que los malos son siempre los otros.

Era imperdonable escribir,

vivir,

y no ser de izquierdas.

 

ELECCIONES

Nunca Jamás.

La puerta se abre con un chirrido molesto. Dentro, todo es oscuridad.

—No sé a quién habrá untado usted para llegar hasta aquí, pero debe tener mucho interés.

No le digo nada al celador mientras se hace a un lado para que pueda entrar.

—Ahora mismo es inofensivo, si necesita algo estaré al final del pasillo.

Asiento con la cabeza y el hombre cierra la puerta tras de mí. El hedor que emana de la oscuridad es repulsivo, tengo que apoyarme sobre la pared acolchada para que el olor del sudor y las heces no me haga desplomarme. Tardo unos segundos en acostumbrarme a la penumbra que reina en la habitación sin ventanas. Puedo oír su respiración pesada en un rincón del cuarto. Me cuesta un par de minutos de incómodo silencio reconocer sus facciones en la oscuridad. Tiene el pelo rubio apelmazado y húmedo, pegado a la frene. Tiembla violentamente, pero no sé si se trata de frío o de que su cuerpo echa de menos los opiáceos.

Sinceramente no me importa.

—No tiene buen aspecto, señor Petterson.

Por primera vez desde que he entrado parece percatarse de mi presencia. Me sonríe mostrándome una hilera de dientes podridos. A pesar de su edad su rostro conserva rasgos infantiles y por un momento parece un niño.

Por un momento.

—Sabía que volverías, Michael. Le saludaría, pero… —Se encoge de hombros dentro de la camisa de fuerza—. No me veo con posibilidades.Leer más »

De las galletas y lo que le siguen.

Fue una mañana de agosto. Yo me había ido a la rivera del río, huyendo del aburrimiento que tenía en mi casa y en busca de un poco de aire fresco. Hacía mucho calor y me quité la camiseta. Me estaba columpiando en el balancín que mi padre me había hecho con un viejo neumático cuando apareció el padre Michael.

−Buenos días, Christian. ¿Cómo estás hoy? No te he visto en misa esta mañana.

−No he podido ir, padre, me sentía mal. Pero mañana iré−, dije, mintiendo claramente.

−Mañana tienes colegio, pero no pasa nada. Vuelve el domingo que viene.

Se fue. Seguí columpiándome y al cabo de unos cinco minutos volvió.

−Christian, ¿quieres acompañarme? Me apetece hablar contigo sobre algo.

Yo, aburrido como estaba y a sabiendas que el padre Michael siempre tenía galletas caseras, lo acompañé. No fuimos a la iglesia, sino a su casa, un pequeño piso en el centro del pueblo. Entrar en ese lugar me dejó claro que los curas no viven en la austeridad, precisamente, aunque en aquel tiempo no podía pensar en algo así, obviamente. Era muy pequeño, once años creo recordar.

El padre Michael venía de Boston, de un barrio de negros, donde había luchado por sus derechos a la vez que proclamaba la palabra de Dios. Era un hombre gordo, con un pelo rubio cano y con unas gafas redondas, que completaban una cara con una poblada barba rubia cana y que parecía formar una única pieza con su pelo. Era amable y escuchaba música de Otis Redding todo el tiempo. Me dijo que me sentara en su sofá y que me pusiera cómodo. Le hice caso.

Trajo unas galletas caseras, como yo esperaba, y una tetera humeante. El Té, me dijo, está hecho para limpiar el sistema digestivo pero también el alma. Era té inglés, muy amargo, pero me gustaba.

El padre Michael empezó a hablarme de lo importante que es Dios en la vida del ser humano, y de cómo la palabra del mismo tenía muchas interpretaciones. Yo, que era simplemente un niño, creía todo lo que los mayores me decían a pies juntillas, pues aún no había desarrollado mi capacidad de razonamiento totalmente. Me dijo que a veces, lo que pone en la Biblia es solamente una forma de proceder que antaño se aceptaba por dogma pero que hoy en día se podía interpretar de otras maneras. Como la homosexualidad y todos los tipos de sexualidad que existen y que yo, por aquel entonces, no conocía, obviamente. Según el padre Michael, Dios tiene cabida en sus brazos para todo el mundo, pues todos somos sus hijos, y que a él no le importa quién habite en nuestra cama, sino quién habite en nuestro corazón. Dios perdona todos los pecados, y aunque algunos radicales pensaran que el sexo entre personas del mismo sexo fuera uno, no lo era ni de lejos.

El sol pareció desaparecer y el saloncito del padre Michael oscureció. Además, cada vez hacía más calor. Yo tenía puesta mi camiseta y sudaba. El padre Michael estaba sentado a mi lado, sudando.

− ¿Tienes calor?

−Sí, padre.

−Quítate la camiseta si quieres−, me dijo. –Yo voy a hacer lo mismo.

Sin darme tiempo a contestar, cogió mi camiseta y me ayudó a quitármela. Luego se quitó su camisa negra y dejó al descubierto su enorme torso peludo, rubio cano. Unos enormes pezones rosa pálido decoraban un cuerpo redondo con un enorme ombligo, casi ridículo, rodeado por un bosque amarillo.

−Estás muy delgado−, me dijo, mirándome. − ¿Comes bien en casa?

−Sí, padre, pero en mi familia todos somos muy delgados. Mi padre dice que es genética.

El padre Michael empezó a acariciar mi espalda con su enorme mano. Sus brazos también eran muy peludos.

−Christian, ¿has besado ya alguna chica?

−No, padre. Las chicas no me gustan, siempre estamos peleando.

−Eso es porque aún eres muy joven. Tienes algo aquí−, dijo, y con su mano acarició mis labios. –Espera−, y pasó su lengua por la comisura de mi boca. Después introdujo su lengua.

Yo, confuso, le dejé hacer. ¿Qué podría hacer? Era el padre Michael, el cura de mi pueblo. Era un hombre inteligente y un enviado de Dios para proclamar su palabra. Todo lo que él hiciera sería siguiendo órdenes del creador, por lo que estaba bien. Su lengua era rugosa, y su bigote me hacía cosquillas. Paró y me preguntó si me había gustado. No supe qué contestar.

Volvió a besarme y acarició mi torso desnudo con sus grandes manos, también rugosas. Cogió mis manos y empezó a acariciar su velludo pecho con ellas. Era una sensación extraña, como acariciar un peluche que respira. Me dijo que pellizcara sus pezones y yo lo hice. Siguió besándome en la boca, el cuello y el pecho, y después de un rato me levantó y me llevó a su dormitorio.

−No tengas miedo, Christian, esto es solo un juego. Lo vamos a pasar muy bien−, dijo, y acarició el pelo de mi cabeza, como todos los mayores hacían.

Me tumbó en su cama y siguió besándome. Yo seguía acariciando su velludo pecho, y entonces noté algo grande y duro en sus pantalones. Me dijo que los desabrochara y le ayudara a quitárselos. Él hizo lo mismo conmigo. Estábamos en calzoncillos y su pito estaba grande y duro. El mío también.

Me volvió a besar y me quitó los calzoncillos. Cogió mi pito con sus manos y empezó a chuparlo. Su bigote me hacía muchas cosquillas, pero me gustaba, o eso creo. Sentí unas ganas repentinas de hacer pipí, y cuando él retiró su boca de mi pito un líquido blanco salía de él. Pensé que serían babas. Ahora entiendo qué era aquello. Después de eso, me obligó a quitarle los calzoncillos, y un enorme pito peludo salió de allí. Me dijo que lo tocara sin miedo, que lo acariciara. Sus huevos eran grandes.

−Chúpalo, −me dijo.−Dios querría que lo hicieras.

Con cara de asco, probé a chuparlo. No era desagradable, pero tampoco me gustaba. El padre Michael cogió mi cabeza y metió todo su pito en mi boca. Casi me atraganto. Tras un rato chupando su pito, me lo sacó de la boca y volvió a besarme. Después de su pito, su lengua me gustó más. Ahora lo acariciaba sin que él tuviera que decirme cómo. Estaba aprendiendo.

Me dio la vuelta en la cama y empezó a tocar mi culo. De repente noté que algo mojado acariciaba la raja de mis nalgas, era su pito. Un dolor enorme me recorrió la columna cuando su pito se introdujo en mi culo. Entonces noté cómo entraba y salía varias veces. El padre Michael gemía y respiraba forzosamente. Se tumbó encima de mí y empezó a besar mi cuello, mientras su pito seguía frotándose en el interior de mi culo. Notaba su pecho peludo en mi espalda, sus pezones, duros, contra mis omóplatos.

−Lo estás haciendo muy bien, Michael.

Volvió a besar mi boca, con su espesa barba, y con su gran mano frotaba mi pene a la vez que me follaba. Me estaba follando.

Me levantó y me dijo que le acompañara a la ducha, que era el momento de darnos un baño. Me besó allí mientras el agua, helada, recorría nuestros cuerpos. El pelo de su pecho, surcado de agua, dibujaba ramas como de un árbol. Me hizo chuparle los pezones, y después su pene otra vez, hasta que el semen salió del mismo y recorrió mi barbilla y mi pecho. Jadeó y me besó. Me abrazó. Me ayudó a ducharme, me enjabonó entero y después me ayudó a vestirme.

−Lo hemos pasado muy bien, ¿verdad?

Yo, que no sabía si podía responder que no, le dije que sí. Sonrió, me besó y me dio una bolsa con galletas de chocolate. Me dijo que podíamos jugar a ese juego alguna vez más, si yo quería. Le dije que vale, timorato de lo que podría pasar si decía que no.

Pero no volvió a ocurrir. Dos semanas más tarde, el padre Michael fue arrestado por abusos a menores. Yo no quise contarles a mis padres que era uno de los niños de los que había abusado, por miedo a que me castigaran o algo peor. Era un niño. Durante un mes, mi pueblo se llenó de periodistas que preguntaban a todo el mundo si sabía algo.

Una periodista rubia, muy guapa, vestida con un traje de ejecutiva, me preguntó si yo sabía algo, y yo le contesté que no. Aún hoy me arrepiento de no haber contado la verdad. Quizás mis padres me podrían haber ayudado con todo lo que pasó después de eso.

Mi adolescencia se convirtió en un completo caos, no tenía amigos y desconfiaba de todo el mundo a mi alrededor. Si el padre Michael, que era un enviado de Dios, me había hecho eso, ¿qué podrían hacerme las personas que no creían en el creador? Desconfiaba de los compañeros de clase, tenía miedo de las chicas.

Cuando acabé el instituto, mi padre me llevó a trabajar con él a la fábrica de cerveza del pueblo. Después de dos años, el jefe me ascendió y me trasladé cerca de Boston, donde estaba la sede central de la empresa. Desde entonces y hasta hoy he estado trabajando allí.

Mi vida, hoy en día, se reduce al trabajo, volver a mi apartamento de doscientos dólares al mes, comida basura y cigarrillos baratos.

Desde aquel día no he vuelto a follar con nadie. Ni un beso. Me duele el contacto físico. Ni siquiera puedo abrazar a mi madre sin que mi alma se resienta.

El padre Michael arruinó mi vida, y también la de muchos niños como yo.

El día antes de mudarme aquí, mi padre me llevó a beber cerveza después del trabajo. No he parado de beber desde entonces. Es el único medio que conozco para dormir. Todos los días, después del trabajo voy directo, sin cambiarme, ducharme ni nada, al bar más cercano a mi casa. La camarera, Fátima, marroquí, es muy guapa y agradable, pero sabe que si yo voy al bar es para estar solo y beber. A veces llama al taxi para que me lleve a casa, porque estoy demasiado borracho para hacerlo por mi cuenta.

−Hola a todos, mi nombre es Christian y soy alcohólico. Esta es mi historia.

Placer de muerte

 

Verá, agente, mi novia y yo llevábamos, por razones lunares, una eternidad sin follar. Esa noche salimos a tomar algo. Cuando, en el baño, vio que no manchaba, nos marchamos de allí ansiosos. A mitad de camino me susurró al oído: “Te prometo que antes de que toques el pomo de tu puerta, te correrás”. Yo tuve una extraña corazonada, y le dije que prefería hacerlo ya en casa, pero ella se lo tomó como un desafío. Jamás podría imaginarme que fuera a pasar…eso. Lo sé, disculpe, no me estoy riendo. A mi novia le gusta llevar las cosas al límite, y no fue hasta que iba a rozar el pomo de casa que se puso de rodillas y me bajó los pantalones. Vivo en un cuarto, y a esas horas en el rellano vacío cualquier ruido se escuchaba amplificado. No quería molestar a mis compañeros, así que, sin que mi novia parase, me moví hasta la puerta de mi vecina.

No lo hice con la más mínima intención, ¡sería absurdo! Me había encontrado con Aurelia varias veces en el ascensor, y sabía que la pobre tenía mal la cadera y estaba prácticamente sorda, así que no la molestaríamos.

Mi novia chupó así y así, y al cabo de unos cinco minutos me corrí. Normalmente apunta hacia una de sus mejillas o su pecho, pero esa noche no le apetecería, y en el último momento me giró a un lado, y casi toda la acumulación cayó en el suelo frente a la puerta de Aurelia. Como ve usted, agente, si alguien es culpable es ella. Yo solo soy el arma, pero ella es quien apretó el gatillo.

Contándolo ahora, parece que todos fueron una concatenación inevitable de sucesos, que tenía que acabar inevitablemente en ese trágico resbalón.

Oroneta

El cielo de Madrid destila un tono grisáceo que se va apagando en las últimas horas del día. Marina se mueve por las calles empedradas cargada con su caja de herramientas y con ganas de llegar a casa de una maldita vez. Estos días, sin sol ni nubes, son los que le resultan más pesados y, en realidad, no sabe el porqué. Continúa avanzando hacia la Gran Vía mientras contempla los carteles que incentivan a los ciudadanos a mantener limpia una ciudad que no consigue purificarse. Y el denso filtro que ha puesto la atmósfera a la luz natural no contribuye demasiado. Pero no es la ciudad, sino el alma normalmente intrépida y alegre de Marina la que parece sumida en la oscuridad y es incapaz de percibir algo el punto de vista más positivo. Si otros días se contentaría pensado que no va a llover, hoy su mirada se ha fijado en las asquerosas colillas que yacen en la boca de metro de Callao, por la que debe descender para llegar cuanto antes a su hogar.Leer más »

Nosotros no existimos

El horno está caliente y el aire es muy frío.

Las hojas no se marchitan, murieron hace semanas bajo una alfombra de hielo.

Tu puerta de la calle es mi estancia más preciada.

Nadie vive bajo el calor del humo de la madrugada

Los que lo hacemos (que existimos

Aunque nos neguéis bajo una cortina de pestañas fruncidas y lluvias de plata),

Los que dormimos al raso y sin rasa cama, nosotros.

Nosotros no existimos.

Sobrevaloradas

Habíamos estado hablando de ese día casi todos los días desde hacía varias semanas. Marta se casaba y Laura era la encargada de preparar su despedida de soltera. La verdad es que mi relación con la novia se reducía a la clasificación de meras conocidas, en cambio, Laura y yo habíamos sido amigas en la adolescencia. Pero ya se sabe, cosas que pasan… habíamos perdido el contacto con el paso de los años.

Yo había decidido no ir a la despedida, las razones eran evidentes, nada me unía a las que asistirían a tal evento. No conocía a nadie, no eran mis amigas y además, tenía cosas que hacer en casa. Para más inri yo había sido invitada a la boda por ser la novia de uno de los amigos del novio y probablemente Marta no notaría que yo no estuviera en su despedida de soltera. Sin embargo, cada día que pasaba yo veía, vía Whatsapp, cómo el número de asistentes al evento disminuía drásticamente.Leer más »

Click

—No me esperes.

Cerró la puerta. El sonido del pestillo encajándose en el marco me despertó cada noche de las que viví después de ella. Un “click” que sonaba a “no me esperes”.