Aire acondicionado

Ana se terminó el polo de hielo, dejó el plástico vacío en la mesita y se tumbó en la alfombra junto a Alfonso. Los dos miraron el techo. En la televisión sonaban las melodías ligeras de los anuncios. Alfonso alcanzó el mando del aire acondicionado y lo apagó por tercera vez.

—Es mejor que le subas la temperatura a estar así, encendiéndolo y apagándolo.

—Es que me da frío.

—¿Quieres hacer algo?

—¿El qué?

—No sé…

—¿Hay algo en la tele?

—Nunca hay nada en la tele.

—¿Te apetece ver alguna peli?

—No sé, ¿cuál?

—La que quieras.

—A mí me da igual.

—A mí también.

—Podríamos salir a dar un paseo.

—¿Y a dónde vamos con este calor?

—Yo qué sé, a por un helado.

—Si te acabas de comer uno.

—Eso era un polo.

—Es lo mismo.

—No, qué va.

—Lo que tú digas.

—¿Entonces no te apetece?

—La verdad es que no mucho.

—Me está entrando sueño.

—No sé cómo puedes dormir tanto.

—No duermo tanto. Hay gente que duerme mucho más. Además, yo me levanto temprano.

—No tan temprano. Yo sólo duermo un par de horas más y nunca me han dado las ganas mortales de siesta que te dan a ti.

—Tú eres de otra manera.

—Supongo.

—Si no hacemos nada me voy a quedar frita.

—Pues duerme un rato.

—¡Pero no quiero! Luego me encuentro súper mal y siento que se me ha ido la tarde entera sin hacer nada.

—Pues ponte a hacer algo.

—Ya, pero qué.

—Yo qué sé, pon una serie o una peli o algo.

—Ya, pero cuál.

—¡Tú sabrás lo que te apetece ver!

Ana bufó y se incorporó. Abrió la ventana y se apoyó en el balcón. Alfonso sacó el móvil.

—Así se va a ir todo el fresquito del aire acondicionado.

—Qué más da si ya lo tenías apagado.

—Ya, pero quedaba el aire fresco.

—Necesito respirar aire de verdad, aunque sea caliente.

—Haz lo que quieras.

Las retinas de Ana le pincharon cuando intentó mirar al cielo. Se frotó los ojos y parpadeó con fuerza. Sólo miró abajo, al suelo. No pasaba nadie por la calle. Las baldosas de la acera estaban manchadas. Tamborileó en la barandilla y luego volvió a cerrar la ventana y a dejarse caer en el sofá con un sonoro suspiro. Alfonso seguía pasando pausadamente la yema de su dedo por el teléfono.

—¿Qué ves?

—Nada, cosas.

—¿Qué cosas?

—Cosas.

—¿Algo interesante?

—Nah.

—¿Quedan polos de fresa?

—¿Te vas a comer otro?

—Me apetece.

—¡Pero si te acabas de comer uno!

—Es que me aburro.

—Luego te quejas de que tienes que comer menos.

—Pero si eso es todo hielo.

—Y azúcar.

—Bueh.

—Bueno, tú haces lo que quieras.

—Ya.

Ana se quedó en el sofá, mirando la televisión.

—¿No ibas a coger un polo?

—No sé, casi mejor que no.

—¡Tú haz lo que tú quieras!

—Ya, si no es por ti, es que me lo he pensado mejor. Y casi mejor que no…

—Vale.

Alfonso encendió otra vez el aire acondicionado.

—Ponlo a 26.

—Es que tengo calor.

—Dentro de cinco minutos vas a tener frío.

—Pues lo quito.

—Vas a pagar tú la factura.

—Como si tú no tuvieras también calor.

—Yo me aguanto un rato.

—Ya. Bueno, yo me voy a poner a hacer cosillas, Ana, ¿tú qué vas a hacer?

—Ya me inventaré algo.

—¿Seguro?

—Hace tiempo que no leo ningún libro.

—Pues mira, es buen momento.

Ana encendió el ebook y abrió uno de los muchos libros que había comprado pero nunca había llegado a leer. Cuando llegó a la quinta página se dio cuenta de que no recordaba ni una palabra. Apagó el dispositivo y lo arrojó al otro extremo del sofá. Fue a la habitación y se tumbó en la cama, levantó las piernas en el aire y se miró los dedos de los pies. Podría salir a dar un paseo. Pero Alfonso tenía razón, hacía demasiado calor a esa hora. Y a dónde iba a ir ella sola. Podría salir a correr, pero se acababa de duchar, y no debería lavarse tanto el pelo. Le apetecía pintar, pero allí no tenía sitio para el caballete, y con la tableta gráfica no era lo mismo. Alfonso la llamó desde el salón. Ana fue y le abrazó junto con la silla. Él le besó el brazo, le dedicó un par de palabras cariñosas y siguió jugando al ordenador. Ana volvió a asomarse a la ventana.

—Apaga el aire si vas a abrir.

—Lo siento, voy a dejar entrar el calor otra vez.

Necesitaba respirar aire de verdad.

 

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