Última parada

Eva está de pie con Jaime entre las vías 5 y 6 de la estación de trenes. A su lado, su madre y su padre se despedían de ellos. En la vía 5 un viejo tren de cercanías procedente del campus universitario deja en la estación a cientos de estudiantes que pronto se distribuyen entre la gente. Eva aprieta la maleta contra sí. 

—Cuídate mucho, niña.

—Tenemos que subir ya al tren. —Jaime da golpecitos con la punta del pie sobre el cemento gris desnudo del suelo de la estación. El reloj de la vía 6 marca las cuatro y siete minutos de la tarde.

—Sí, mamá. No te preocupes. En cuanto lleguemos…

—Voy para arriba.

—En cuanto lleguemos te llamo. No te preocupes.

—¿Cuántas horas son hasta Madrid, cielo?

—Solo dos. Dos y media.

—¿Y lo tienes claro?

Eva no dice nada. Mira el tren y luego a su madre.

— Es una gran oportunidad para él —dice finalmente.

Se despide de ambos con sendos besos en las mejillas y sube al tren. Arrastra tras de sí la maleta y mira a un lado y a otro. Un hombre se acerca a ella.

—¿Le ayudo con la maleta?

—Gracias. —El hombre sube su maleta al compartimento de equipajes— Muy amable.

—Que tenga un buen viaje —le dice sonriente. Ella le devuelve la sonrisa brevemente.

Avanza por el pasillo del tren justo cuando se pone en marcha, y es empujada hacia delante por la inercia. Se sienta junto a Jaime, que mira por la ventana. Su asiento está al final del vagón, detrás de los cuatro asientos que se enfrentan los unos a los otros en torno a una mesa.

La megafonía se abre con un sonido de estática.

«Renfe les da la bienvenida a este tren con destino Madrid Puerta de Atocha, y  paradas en…»

—¿Quién era?

Eva le mira un momento y acto seguido busca algo en su bolso.

—Nadie. Es decir, no lo sé.

—¿Y qué te ha dicho?

—Solo me ha ayudado a subir la maleta.

—La has llenado con tantas cosas que no puedes ni tirar de ella.

Eva rasca el fondo del bolso con la uña. Hay algo pegado.

—Es para mucho tiempo.

—Para el mismo que yo.

—Sí, es verdad.

Detiene el movimiento y deja el dedo sostenido en el aire un momento en el interior del bolso antes de cerrarlo.

—¿Qué te apetece hacer mañana?

Jaime se encoge de hombros. No dice nada.

—Tendremos que comprar cosas para el piso y comida.

—Sí.

—¿Hay supermercados cerca?

—No lo sé.

Eva va a decir algo, pero cierra la boca antes de formular palabra.

Transcurren al menos veinte minutos en silencio solo interrumpido por el traqueteo del tren. Eva mira por la ventana y el cristal solo le devuelve su reflejo.

Fuera, todo está negro.

—¿Conoces a algún compañero de trabajo? —le pregunta.

—No. ¿Cómo los voy a conocer?

Eva le mira fijamente solo un instante.

—Claro, tienes razón.

Se cruje los dedos de las manos distraídamente. Jaime le da un golpe en el brazo cuando lleva tres dedos que suena como un chasquido.

—Me da mucho asco.

Eva se cruje un último dedo y ambos comparten una mirada que queda interrumpida con la llegada del revisor.

—Buenas tardes, ¿el billete?

Jaime le tiende ambos billetes y espera con la mano extendida hasta que el revisor los comprueba y los marca con una perforadora. Acto seguido se los da a Eva.

—¿Qué quieres que haga con ellos?

—Un sandwich no, desde luego.

Eva coge los billetes y los guarda en esu bolso. Antes de cerrarlo, rasca la mancha del fondo.

—¿Qué rascas?

Le tiende el bolso abierto, agrandando la abertura con ambas manos.

—Hay una mancha.

—Madre mía, si es que tienes el bolso lleno de porquerías.

Jaime mete la mano en el bolso y saca un puñado de cosas que deja caer sobre la pequeña mesa que hay frente a sus asientos.

—¡Pero no lo tires todo!

—Fíjate: tickets, pañuelos usados…

Conforme habla saca más y más cosas. Pronto papeles y tampones ruedan por la mesa y Eva las coge al vuelo. Cuando Jaime vacía el bolso vuelve a recostarse sobre su asiento.

—Luego te quejas de que pesa mucho.

—La maleta.

—¿Qué?

Eva pone todo sobre la mesa y vuelve a meterlo en el bolso.

—Que me pesa la maleta.

—Porque la tendrás igual.

Eva suspira muy bajo y Jaime no muestra señas de haberla oído. A través de la ventana se suceden una serie de luces borrosas, demasiado deprisa para poder apreciarlas.

—¿Por dónde vamos?

Jaime se encoge de hombros sin apartar la mirada de su móvil. Eva aprieta el bolso con las dos manos. Tiene los nudillos blancos.

La megafonía anuncia la próxima parada.

—¿Qué ha dicho?¿Lo has entendido?

Jaime se encoge de hombros una vez más. Eva se pone en pie, con el bolso bajo el brazo.

—Voy al baño.

Recorre el pasillo mientras el tren se para. Pasa junto a la maleta que descansa en el compartimento de equipajes. La puerta del tren se abre un momento y la gente sube y baja del vagón mientras ella espera. Sobre la puerta del baño, un letrero luminoso muestra las letras WC con una cruz roja encima.

Un pitido intermitente indica que las puertas van a cerrarse cuando Eva se baja del tren. No mira atrás.

Dentro está todo negro.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s