Lo que encontré en el bolso de mi mujer

Kike y Poni  están sentados, como todas las noches a eso de las ocho y media que salen del trabajo, en la barra de un bar. Kike está girado hacia el local, bebiendo a buen ritmo mientras observa con media sonrisa las chicas jóvenes pasar. Poni está encogido sobre la barra, tamborileando incesante con su talón. Tras haber murmurado un par de comentarios obscenos y no oír la habitual risa acompasada de Poni, Kike se percata de que algo le ocurre a su amigo, y le pregunta con preocupación.

—Eh, tío, ¿me vas a decir ya qué te pasa? Tienes la caña sin probar y estás con cara de que comer limón.

Poni le da un sorbo a su cerveza y se pasa una mano por el rostro. Mira a Kike un rato antes de decirle:

—La verdad es que estoy en un buen lío, Kike. Un lío muy gordo.

—¿De qué se trata?

—No… no puedo decir nada todavía.

—¡Venga hombre! Nos conocemos de toda la vida.

Un suspiro se escapa entre los labios de Poni, como un reclamo de su conciencia para desprenderse verbalmente de la carga que le atormenta. Se pone a jugar con los pulgares.

—Si te lo cuento, es porque eres tú, y sé que no se lo vas a contar a nadie. Como lo hagas, estoy muerto. Muerto de verdad.

Kike se gira con maestría en el taburete giratorio y se agazapa junto a Poni, con cierto orgullo en su mirada por ser por una vez esa persona en la que alguien confía para contarle sus secretos más ocultos, y con una sonrisa mal reprimida que oculta la emoción que le supone el cotilleo, esa especia picante que sacudirá su tediosa monotonía cuando llegue a casa y se lo cuente a su mujer.

—Claro, amigo, confía.  ¿Qué ha pasado? ¿Le has puesto los cuernos a Inma?

—¿Qué? ¡No! No tiene nada que ver con eso…  Bueno, eso creo —Poni toma un largo sobro de su cerveza ya caliente. La frente le suda a chorros. Levanta el vaso para pedirle una nueva al camarero.

—¿Entonces? ¿Qué es?

—He hecho una cosa… horrible —Poni se pasa las manos por la cara—. Esta mañana he perdido la cartera. O mejor dicho, no sé cuándo la perdí, pero al despertarme no la tenía. Iba tarde a trabajar, así que mientras mi mujer preparaba el desayuno yo me he puesto a buscarla…

—Un momento —Kike levanta su vaso vacío y un momento después el camarero le pone otro lleno—.  Continúa.

—Como no la encontraba, miré rápidamente en los bolsos de mi mujer —su rostro refleja un pesado arrepentimiento—. No quería hurgar, solo buscaba mi cartera, pero al abrir la cremallera del bolso marrón…

—¡Joder! Espera un momento —Kike se saca el móvil del bolsillo—. Es Alicia, tengo que contestar.

Mientras Kike habla con su mujer, Poni permanece con la cabeza gacha, mirando de vez en cuando hacia la entrada del bar.

—¿Te apetece que cenemos? —dice Kike—. Mi mujer me ha recordado que hoy tenía cena con las del gimnasio así que estoy libre.

—Por mí, estupendo —Poni no se atrevía a volver a su casa. No después de todo.

—Bueno, venga, termina de contarme eso y nos vamos. Venga, ¿qué había en el bolso?

—En ese momento no estaba seguro, y estaba acojonado pensando en que llegara Inma en cualquier momento. Me dio pánico. Así que cogí el bolso entero, lo guardé en mi maletín y me fui al trabajo. Allí, en el descanso, saqué el bolso, lo abrí y saqué un…

Se corta a mitad de la frase al ver aproximarse desde el fondo del bar a dos señoras, con las que ya habían coincidido en otras ocasiones.  Son dos mujeres que tontean con la jubilación, poco agraciadas y con una marcha que muchos jóvenes (no tan empeñados en demostrar que lo son) desearían. Una de ellas, Marga, había sido amante regular hacía unos meses de Kike, mientras que Mari Cruz sueña con tener una aventura con Poni.

—¡Marga! ¿Qué tal, preciosa? —Kike le da dos sonoros besos—. Hace mucho que no os vemos.

Se intercambian saludos. Poni está todo lo seco que puede. Le incomodan. Quiere que se vayan. Necesita contarle ya a alguien lo que ha hecho, necesita que le digan que ha sido correcto, o incorrecto, porque él no lo sabía. Aunque eso, tampoco importa mucho. Sea para bien o para mal, no tiene forma de escapar de ese laberinto.

Pero ni sus expresiones más ácidas ni los gestos sutiles que le hace a Kike sirven para que las contentillas Mari Cruz y Marga se vayan. Lejos de eso, se atornillan a dos taburetes junto a ellos. El imbécil de Kike no ayuda. Parece haberse olvidado ya de lo que estaba a punto de contarle, y solo mira los pechos intervenidos que emanan apretujados contra el caro vestido de Marga.

Por suerte, no mucho después, y viéndose derrotadas por esa noche, sale de ellas mismas marcharse. No sin que antes Poni se fijara en sus manos.  Son ya las diez, así que recogen sus cosas, Kike invita a las rondas, y se van a un italiano de al lado a cenar. El ambiente en el restaurante es bullicioso. A Poni le asoman sendas manchas de sudor por las axilas de la camisa celeste y no deja de apretarse los dedos. Se sientan en un rincón, en una pequeña mesa que quedaba libre con apenas espacio para retirar las sillas. Piden una botella de vino.

—Estás colorado y brillante, Poni. Deja ya de hacerte el interesante ¡cuéntamelo ya, coño! ¿Has pillado a tu mujer? ¿Había droga en el bolso?

—¡Shhhh! —Poni agacha la cabeza y mira hacia la pared. Habla en voz baja—. No puedo ahora, justo detrás de mí está sentado mi jefe con su mujer e hija.

—Lo que faltaba.

La cena transcurre silente. Kike pide pizza barbacoa y Poni una lasagna de verduras que apenas prueba. Pero sí beben. La primera botella de vino apacigua su sed y la segunda sacia sus pensamientos. Un par de veces intenta Kike retomar la conversación, insinuando que su jefe no podrá oír nada con el ruido, o  aprovechando que éste se ha ido al baño. Pero Poni no se atreve, y hace bien, pues a la vuelta del servicio, su jefe se percata de su presencia y se acerca a saludarlo.

Las cinco copas de Rivera le confieren unas cualidades dramáticas de Goya, y consigue parecer normal ante su superior, que regresa con su familia sin extrañamiento alguno. Poni nota que le tiemblan las piernas solo con recordar. Si su jefe se llega a enterar de la situación que le rodea, podría despedirlo. Aunque ese sería el menor de sus problemas.

Salen del restaurante acalorados y agobiados, por lo que deciden pasear hacia algún bar más nocturno donde tomar una copa antes de ir a casa. Kike va mirando su teléfono, cuando dice de pronto, colocando la pantalla frente a Poni..

—¡Eh! Mira quién le ha dado “me gusta” a mi foto de perfil.

—¡Aparta eso de mi vista! —se sacude Poni, como si le hubiese enseñado una araña.

Kike se queda estupefacto. Y durante el resto del paseo, no vuelve a preguntarle, sino que camina serio, mudo, y ebrio.

—¿Es que ya no quieres saber lo mío?

—¡Ah! Sí —parece molesto—. Es que ya estás dándole demasiado teatrillo al asunto, ¿no? Si me lo vas a contar cuéntamelo de una vez. Si no, déjate ya de tonterías.

—No me hago el interesante, simplemente no he tenido ocasión de decírtelo. Iré al grano —acaban de llegar a la esquina del bar, y se detienen—. Lo que encontré en el bolso, cuando lo abrí, no es nada de lo que te puedas imaginar. Necesito que me ayudes a decidir qué ha… Un momento.

Poni rebusca en su chaqueta y saca su móvil. Kike puede apreciar cómo su rostro se descompone al ver el remitente.

—¿Quién es?

—Mi mujer —dice con la voz cortada y seca.

Aprieta el paso hacia un callejón para hablar a solas. Kike decide respetar su intimidad durante los primeros treinta segundos. Luego le sigue discretamente y se oculta tras un contenedor de basura, anhelando oír algo sustancioso con lo que ganarse el favor de su mujer esa noche. Pero queda decepcionado.

—Sí, cariño. P-perdona. He cenado con Kike. N-no, no. Iré pronto. Solo vamos a tomar una copa. ¿Si estoy bien? Claro que estoy bien. B-bueno. Luego nos veremos. Adiós. Te quiero.

Cuelga el teléfono. Kike regresa corriendo a donde le habían dejado y mira la calle con gesto distraído.

—¿Todo bien? —pregunta Kike, arrugando la frente, cuando aparece Poni.

—Sí, vamos. Te lo contaré dentro.

Una vez en el garito, buscan una mesa apartada y piden dos gintonic. Kike parece agotado por una intriga tan prolongada, pero no desiste en su empeño. Solo lamenta que, después de tanta expectación, el resultado final será con toda seguridad algo que le decepcione. ¿Qué podría haber encontrado? Si le dice una foto íntima con otro hombre, o con otra mujer, o incluso con un jovencito o un anciano, tampoco sería ya para tanto. Había oído cosas peores. Pero Kike ha visto a otros hombres tras una infidelidad, todos se muestran cabizbajos, llorones y amariconados.  A veces la tristeza viene precedida por un cabreo monumental y amenazas a la vida de los criminales del amor, sobretodo la del otro. Pero Poni lo que tenía era miedo. ¿Qué habrá podido hacer? ¿Habrá apostado todo su dinero y ha perdido? ¿Tendrá una doble vida secreta? ¿Estará inmiscuido en temas peligrosos? Está temblando, y ya le ha asegurado que no es él quién ha sido infiel. Con cada pregunta que se hace Kike, aumentaba lo morboso de su imaginación.

—Venga —dice Kike con tono aburrido—. ¿Qué había en el bolso de tu mujer?

—Vale, te lo diré sin rodeos.

—Por favor.

—Allá voy.

—Venga.

—Un pulgar.

El sorbo se le escapa a Kike de los labios con una pedorreta.

—¿Qué?

—Envuelto en una servilleta ensangrentada.

En ese momento, el teléfono de Poni vuelve a sonar. Con el rostro palidecido, lo coge y lo lleva hasta su oído. Kike se acerca, de modo que puede escuchar la voz de Inma.

—Perdona que te interrumpa otra vez, cariño —es difícil diferenciar el tono de su voz con el ruido del local, pero parece amable—. Oye, ¿tú has visto mi bolso marrón? Lo quiero usar mañana y no lo encuentro por ninguna parte.

Poni tartamudea, recordando el bolso en el interior de su maletín, guardado en el maletero de su Ford fiesta, hasta que consigue expulsar un leve “no”, que va seguido de un largo silencio.

—Vale. ¿Te queda mucho para venir a casa? Te echo de menos.

—N-no. Voy ahora mismo.

Poni sale en tropel del bar, sin despedirse de Kike. Kike nunca más supo sobre Poni. Su móvil no daba señal. En su casa había un cartel de “se alquila”, y cuando fue su trabajo para preguntar por él, dijeron que había llamado por teléfono, llorando, dimitiendo, y anunciando que se iba de viaje una larga temporada.

 

FIN

 

 

MARIO VARGAS LLOSA (SOBRE EL DATO ESCONDIDO)

En alguna parte, Ernest Hemingway cuenta que, en sus comienzos literarios, se le ocurrió de pronto, en una historia que estaba escribiendo, suprimir el hecho principal: que su protagonista se ahorcaba. Y dice que, de este modo, descubrió un recurso narrativo que utilizaría con frecuencia en sus futuros cuentos y novelas. En efecto, no sería exagerado decir que las mejores historias de Hemingway están llenas de silencios significativos, datos escamoteados por un astuto narrador que se las arregla para que las informaciones que calla sean sin embargo locuaces y azucen la imaginación del lector, de modo que éste tenga que llenar aquellos blancos de la historia con hipótesis y conjeturas de su propia cosecha. Llamemos a este procedimiento ‘el dato escondido’ y digamos rápidamente que, aunque Hemingway le dio un uso personal y múltiple (algunas veces, magistral), estuvo lejos de inventarlo, pues es una técnica vieja como la novela y que aparece en todas las historias clásicas.[…]

[…]El ‘dato escondido’ o narrar por omisión no puede ser gratuito y arbitrario. Es preciso que el silencio del narrador sea significativo, que ejerza una influencia inequívoca sobre la parte explícita de la historia, que esa ausencia se haga sentir y active la curiosidad, la expectativa y la fantasía del lector.

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