Lo que encontré en el bolso de mi mujer

Kike y Poni  están sentados, como todas las noches a eso de las ocho y media que salen del trabajo, en la barra de un bar. Kike está girado hacia el local, bebiendo a buen ritmo mientras observa con media sonrisa las chicas jóvenes pasar. Poni está encogido sobre la barra, tamborileando incesante con su talón. Tras haber murmurado un par de comentarios obscenos y no oír la habitual risa acompasada de Poni, Kike se percata de que algo le ocurre a su amigo, y le pregunta con preocupación.

—Eh, tío, ¿me vas a decir ya qué te pasa? Tienes la caña sin probar y estás con cara de que comer limón.

Poni le da un sorbo a su cerveza y se pasa una mano por el rostro. Mira a Kike un rato antes de decirle:

—La verdad es que estoy en un buen lío, Kike. Un lío muy gordo.

—¿De qué se trata?

—No… no puedo decir nada todavía.

—¡Venga hombre! Nos conocemos de toda la vida.

Un suspiro se escapa entre los labios de Poni, como un reclamo de su conciencia para desprenderse verbalmente de la carga que le atormenta. Se pone a jugar con los pulgares.Leer más »