Ovejas negras

Tomando el testigo de mi compañera y amiga Alegría, hago mi propia versión de La Oveja Negra de Augusto Monterroso. La imaginación es intrínseca al ser humano, cómo la desarrollamos, forma parte de la individualidad de cada uno.

…Él se enamoraba a diario. Iba por las calles de la ciudad buscando su efímera pasión. Cada mirada una sonrisa, cada paseo una nueva complicidad… Buscaba a través de la luz de muchos atardeceres ese trocito de mundo que conseguía llenarle.

Ayer realizaba el dibujo a carboncillo de unos ojos que pasarían a ser eternos. El día anterior, creó una historia de amor y pasión a partir de una larga melena rubia. Hoy seguía perdido en busca de ese cosquilleo que le decía que había encontrado lo que anhelaba. Por esto, su amor no podía ser duradero. Él buscaba ese instante imperceptible, ese sobresalto que le regalaba felicidad…

Era consciente de que podían considerarlo raro. Siempre tan perdido y solitario. Sin embargo, no era capaz de concebir su existencia de otra forma. No podía dejar que conocer a una persona le hiciese perder la magia del primer impulso. Siempre había pensado que si entregase su vida a un amor cerrado, perdería la posibilidad de disfrutar del olvido, del recuerdo. En definitiva, del placer de echar de menos.

Si no enterrase cada día a esa oveja negra, no disfrutaría de conocer al día siguiente a la que estaba por llegar…

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