Especial

Summary: Eloy odiaba hablar de su familia. No porque no se sintiera orgulloso de ella. Al contrario, la amaba desde el fondo de su corazón. Pero nadie, aparte de su hermana, comprendía su situación. Nadie quería comprenderla, pues era mejor juzgar que escuchar.

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A las dos de la tarde, el timbre del colegio suena sin falta.

El sonido roto de aquella campana que avisa del final de la jornada; y que les da a los niños su ansiada libertad después de más de cinco horas encerrados en aquel edificio. Permanecen allí una parte considerable de su vida para aprender, para ser educados, para distinguir lo que está bien de lo que está mal.

No siempre se consigue.

Alejados de la vista de todos, dos niños corren cogidos de la mano intentando escapar de las miradas inquisidoras de aquellos quienes se hacen llamar “padres”, de aquellos que los juzgan solo por las apariencias; de aquellos que esparcen rumores con saña, sin importarles el daño que ocasionan a su alrededor.

—Míralos, ahí están.

—¿No les da vergüenza? Siguen viniendo como si nada, como si fueran normales.

—No entiendo como el colegio permitió semejante cosa.

—Va contra la naturaleza, contra la palabra de dios.

Siempre es lo mismo. Están acostumbrados, sus oídos y sus corazones lo están. Pero con cada palabra, una nueva punzada de dolor los azota al recordar la verdad. La unión de sus manos se hace más fuerte. Es su amuleto de la suerte, su fuerza y su destreza para afrontar aquella prueba.

Porque la verdad duele en lo más profundo de su ser; pero la ignorancia ajena puede llegar a ser mortal.

Y cuando no son los “padres”, son los hijos los que hablan a imagen y semejanza de ellos.

—¡Eh! ¡Pringaos! ¿Ya vais a esconderos?

—¡Sí! ¡Corred! ¡Mañana no escaparéis!

—¡Bichos raros! ¡Vuestra familia no es normal!

No se detienen ante los insultos. “Son cosas de niños”. Guarecidos al doblar la esquina de la calle, hermano y hermana se dejan caer contra la pared sin soltar sus manos. Sus ojos se encuentran: están tristes, pero no aguados. Son como dos gotas de agua, pero uno lleva gafas y la otra el pelo recogido en dos coletas. Sonríen para sí mismos: una sonrisa dulce, pero sin fuerzas. Al menos, encuentran consuelo en sus ropas limpias. Hoy no los han empujado al barro.

—¿Crees que alguna vez nos dejarán en paz, Eloy? — ella mira a su hermano suplicante. Él desearía poder responderle.

—Tendremos que seguir luchando, Lucía — se incorporó, sacudiéndose los pantalones del uniforme carcelario de aquella institución. Jamás separó su mano de la unión con ella. Entonces miró a su hermana. — No hemos hecho nada malo — sentenció firmemente.

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Las seis de la tarde era la hora de la merienda.

Lidia se adentra en la habitación de Eloy con una sonrisa en sus labios y la merienda en sus manos. Bocadillo de Nutella, su favorito.

—Eloy, cariño. Son las seis. Ven a merendar con tu hermana. — Su voz es dulce y maternal, una caricia armónica que sana las heridas que aquel pequeño sostiene en su espalda.

Ella siempre se había preocupado por la educación de sus niños. No se trataba de que supieran de memoria todo lo que aparecía en los libros de texto. El estudio no le rinde cuentas al tiempo, pero cultivar las buenas maneras venía con un límite preestablecido.

Aquel día, Lidia sabía que algo había ocurrido.

No le hacía falta ser madre para darse cuenta. Ambos hermanos intentaron ocultarlo, pero a ella le habían sido conferidas unas armas que eran infalibles. Quizás las recibiera un poco tarde, pero había aprendido a manejarlas con maestría.

Observó al niño que tenía delante con detenimiento. Era tan parecido a él, que a veces no podía evitar aquel dolor lacerante en su corazón. Pero jamás permitiría que aquello fuera apreciado. Tenía el cabello castaño como ella y los rizos de su familia. Sus ojos, perdidos en la página en blanco de su cuaderno, eran de un azul profundo; y sus gafas la herencia masculina de su padre. Parecía tan pequeño y asustadizo la primera vez que lo tuvo en brazos, que apenas si era consciente como poco a poco la presencia de ese pequeño hombrecito le comía terreno a la del niño inocente.

Crecía demasiado rápido, igual que su hermana. Y eso la asustaba.

—Eloy…

—Mamá, ¿qué es ser normal? — El silencio fue roto con aquel cuchillo afilado. El niño se dio la vuelta en su silla, mirando suplicante a la mujer que siempre había estado ahí para él.

La pregunta la cogió desprevenida.

Despacio, se acercó a la mesa. En ningún momento apartó la mirada de aquellos ojos que la miraban expectante. Dejó el plato encima de la mesa, junto a los deberes que todavía permanecían impolutos; y suavemente, se sentó en la cama.

—¿Por qué preguntas eso de repente, cariño? — inquirió con delicadeza. Eloy era un niño tímido, que se recluía internamente al percibir el más mínimo resquicio de peligro.

Él apretó los puños y agachó la mirada. Definitivamente, había sucedido algo en el colegio.

Lidia se inclinó un poco más hacia delante. Podía escuchar la respiración errática a través de ese pequeño cuerpo. Envolvió sus manos crispadas en puños bajo las propias. Temblaba. No sabía qué había ocurrido, pero aquello acababa de marcar a su niño para siempre.

—Eh… ¿qué pasa? — acarició sus pequeñas manitas.

—Es que… — susurró quedamente. — Es que en el colegio dicen que nuestra familia no es… normal.

En ese momento, sintió deseos de salir corriendo y encontrar a quien había sido capaz de decirle eso a un niño pequeño. ¿Tanto habían cambiado los tiempos como para que el hecho de tener una familia, aunque no fuera la convencional, fuera tratado como un insulto, como un estigma? Eloy era tímido y tendía a guardarse las cosas. Un pequeño receptivo de mirada atenta, al que casi habían hecho minar la confianza y la alegría que tanto les había costado a ellos, su familia, recuperar.

—Ven aquí, pequeño. — lo llamó suavemente. Sin romper el contacto de sus manos, bajó de su silla y se dejó hacer por la mujer. Con suma delicadeza, ella lo alzo y lo sentó en sus piernas, acurrucándolo contra su pecho. — Es cierto que nuestra familia no es, lo que se dice, normal.

—Entonces… ellos tienen razón — dijo con pensar.

—No, Eloy — se apresuró a corregirlo. Quería hacerle entender que esas palabras no estaban imbuidas de veracidad. — Que nuestra familia sea como es, no quiere decir que ellos tengan razón.

—Pero entonces, ¿por qué dicen que nuestra familia no es normal?

—Porque nuestra familia es especial — le sonrió de manera dulce.

—¿Especial? ¿Cómo es especial? — preguntó con curiosidad. Aquel niño llevaba demasiado tiempo escuchando que era un bicho raro y que su familia era extraña. No podía entender qué había de especial en ella.

—Porque tenemos el triple de amor para daros a ti y a tu hermana… ¿Y a que nunca nos aburrimos?

—¡No!

—¿Ves?

Eloy se abrazó más a Lidia. Enterró su rostro en su cuello para evitar que lo vieran llorar. Los niños grandes no lloraban. Ella solo pudo devolverle el abrazo, intentando protegerle de todo, tal y como se lo había prometido a ellos. Tal y como se juró cuando lo tuvo en sus brazos. A veces, odiaba la sociedad actual; y la educación de la que hacían gala ciertos individuos. Ese niño ya había sufrido bastante a su corta edad, como para que personas sin corazón se atrevieran a seguir echando leña a un fuego de dolor que aún no había sido extinguido.

—Entonces… ¿No tener una familia normal, no es malo? — lo escuchó susurrar contra su cuello.

—Claro que no, mi vida. — Lidia no pudo más que acariciar suavemente su espalda. — Al contrario, eso solo te hace más especial.

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A las seis y media, el salón de la casa continuaba vacío.

Esperanza acababa de llegar a casa después de una agotadora jornada laboral, sorprendiéndose al no encontrar las risas y la alegría característica de la hora de la merienda.

Soltó su maletín y colgó su abrigo en el perchero. Estaba mojado. La lluvia la había sorprendido en mitad del camino y, por alguna razón, el frío correr del agua le trajo un mal presentimiento. Observó el lugar: la merienda preparada en la cocina, la habitación en penumbra y un silencio sepulcral. Seguidamente, revisó su móvil. No había ninguna llamada. Suspiró aliviada. Lo último que necesitaba hoy, después de la reunión que acababa de presenciar, era el tener que salir corriendo al hospital por alguna desgracia.

Se dirigió a la cocina por un vaso de agua, cuando una pequeña figura apareció de repente en el salón, consiguiendo sobresaltarla.

—Hola, mamá.

—¡Ah! — gritó por la sorpresa. — Lucía, cariño. No me des otro susto así.

—Lo siento…

Con mirada comprensiva, Esperanza se acercó a la niña. Sus ojos parecían cansados y no tenían brillo alguno. La tristeza de ese día de lluvia parecía reflejarse con todo detalle en el rostro de la pequeña.

Aquello la alertó: definitivamente, algo había ocurrido.

Se agachó a su altura, envolviéndola en un efusivo abrazo. A veces, necesitaba sentirla así de cerca para cerciorarse de la realidad de su situación. Habían pasado varios años, pero el recuerdo seguía igual de vivo en su memoria como el primer día que la tuvo en sus brazos, con el rostro bañado en lágrimas.

—¿Y tu hermano? — Preguntó, una vez se separaron. Hermano y hermana iban siempre de la mano. No se separaban ni siquiera en la casa. A pesar de que cada uno tenía su propio cuarto, solían compartirlos con regularidad. Su unión era su fuerza, no les quedaba otro remedio.

—En su cuarto — respondió con parsimonia. — Tenemos deberes importantes.

—¿Importantes? — no pudo evitar que una risa escapara de su boca. Lucía, más que su hermano, tendía a catalogar con términos impensables a ciertas cosas.

—Sí, cuentan para nota.

—Ah… — asintió a modo de comprensión. — ¿Y tú, ya los has terminado?

—Sí y no — la niña agachó la cabeza al pronunciar la última palabra.

—¿Cómo que sí y no? — quiso saber. No era normal que, sobre todo ella, dejara los deberes sin terminar. Esperanza se había encargado personalmente de que aprendieran la importancia del trabajo diario y del respeto hacia las personas. Una educación bien cimentada desde pequeños, una satisfacción mayor al crecer.

—Es que hay un ejercicio que no puedo hacer — confesó finalmente. Su voz denotaba el pesar de saberse superada por ello. La pequeña era muy orgullosa en cuanto a la profesionalidad se trataba.

—¡Pero si no hay acertijo que mi niña no sea capaz de resolver!

—Este no.

Se quedó en silencio por un momento. Debía encontrar una solución antes de que la cosa fuera a mayores. Por suerte, ella contaba con ciertas herramientas que si bien, muchas mujeres reciben en el momento en el que tienen a su hijo en brazos, ella las consiguió con esfuerzo y tesón.

—Hagamos una cosa: ¿habéis merendado?

—Aún no.

—¿Qué te parece si nos llevamos la merienda al cuarto y te ayudo con el ejercicio? — le propuso con una sonrisa. A pesar de que la niña devolvió el gesto, el brillo no se mostró en sus ojos.

—Vale…

Con un bocadillo de Nutella descansando en el plato en una mano, y la mano de la niña en la otra, Esperanza atravesó los pasillos de la casa hasta entrar en la habitación toda pintada de azul que era el cuarto de Lucía. La niña soltó su mano y corrió a sentarse en su silla. Se aseguró de que su mesa estuviese ordenada; incluyendo el lugar exacto donde reposaría el plato con su merienda.

—Venga, Lucía — llamó, sentándose en la cama llena de peluches. — Muéstrame el ejercicio que está dándote problemas.

La niña levantó el libro hasta dárselo a ella. La pulcritud con la que trataba sus cosas le recordaba tanto a ella, que no pudo reprimir un suspiro de nostalgia.

—Es el cinco.

Reconoció la señal tan característica que les había enseñado para concretar qué ejercicios tenían más importancia que los otros. Al principio no era capaz de hacerla bien y parecía una maraña de color rojo que ensuciaba el libro. Ahora, distinguía perfectamente todos los trazos. Creía tan rápido que apenas sí era consciente que pronto aborrecería aquellas dulces coletas y comenzaría a llevar peinados arreglados.

Esperanza jamás se imaginó la oración que ostentaba el enunciado de aquel ejercicio.

“Escribe una redacción sobre tu familia normal y preséntasela a tus compañeros”.

—¿Ves por qué no puedo hacerlo? No somos una familia normal.

En aquel momento, quiso salir corriendo y encarar a la persona que había escrito los enunciados del libro; y a la profesora de la niña por permitir que las habladurías fueran a más. Esperanza era consciente de lo crueles que podían llegar a ser las personas dentro del ambiente escolar: profesores que no miden sus acciones, niños que no tienen reparos en hacer daño y padres que alientan los rumores y el comportamiento de sus hijos. La educación ha quedado en manos de la comodidad del botón, y es Internet quien cría, sin barreras, a los niños de la nueva generación.

—¿Quién dice que nuestra familia no es normal? — intentó tantear el terreno. Aunque sabía que no serviría de mucho.

—Todo el mundo.

—Lucía, ven aquí — dejó el libro a un lado de la cama y abrió los brazos hacia ella. La niña corrió a esconderse en ellos y se apretó contra su cuerpo. — Lu, nuestra familia no tiene nada de malo.

—¿Entonces por qué ellos nos insultan diciéndonos eso?

—Porque ellos no tienen una familia tan especial como la nuestra, y tampoco comprenden lo especial que sois vosotros.

—Pero siempre nos miran mal… — se lamentó. — A veces creemos que la profesora nos quiere castigar solo por estar en su clase.

Ante eso, Esperanza obligó a la niña a separarse del abrazo. La observó detenidamente: su cabello castaño como el de ella, esa sonrisa que marcaba sus mejillas sonrosadas; y aquellos ojos azules que eran como un mar de incógnitas ansiosos de respuestas. Eran tan parecidas que dolía el recuerdo en su alma cada vez que la miraba, y a la vez agradecía el tenerla en su vida. El pasado es algo que jamás podrá ser cambiado, pero el futuro es incierto; y depende enteramente de nuestras decisiones. Como aquella decisión que ella hizo el día que la tuvo en sus brazos: la protegería para siempre.

—Escúchame, Lucía. Ni tú, ni tu hermano, habéis hecho nada malo.

Aquellos niños no tenían la culpa de lo que el destino les había deparado; ni de la ignorancia malsana de la sociedad.

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El viernes era el día de puertas abiertas.

El colegio se encontraba en plena efervescencia de relaciones entre los altos cargos del consejo de padres y los directivos educativos.

La clase de Eloy había preparado un homenaje a las familias que hoy asistían de visita, siendo él el cabeza de turco que debía abrir el acto. De pie, delante de la pizarra y de las miradas inquisidoras de padres y compañeros, la sonrisa de ánimo de su hermana era lo único conocido que se asomaba en aquel aula.

—Muy bien, Eloy, puedes comenzar.

Inspirando profundamente, en ese momento, sintió como si todas sus fuerzas lo abandonasen. Eloy odiaba hablar de su familia. No porque no se sintiera orgulloso de ella. Al contrario, la amaba desde el fondo de su corazón. Pero nadie, aparte de su hermana, comprendía su situación. Nadie quería comprenderla, pues era mejor juzgar que escuchar.

Comenzaba a temblar por los nervios, mientras escuchaba las risas de aquellos que decían ser sus compañeros, cuando vio entrar a cuatro figuras familiares entre la multitud de padres al final de la clase.

Y con eso, supo que todo estaría bien.

—Mi familia no es normal. Eso es lo que todos podrían pensar cada vez que digo que tengo dos mamás. No tuve la suerte que muchos tienen de poder contar con su papá y su mamá cada vez que lo deseen. Mi hermana, que es mi melliza, tampoco tiene un papá y una mamá. Al igual que yo, tiene dos mamás. Dos personas que han estado al cuidado de nosotros desde que éramos pequeños y a las que queremos mucho. Dos personas que también sufren, como nosotros, la pérdida de un ser querido. Porque mi hermana y yo no tenemos papá ni mamá. Ellos están en el cielo. Pero nuestras mamás tampoco tienen a su hermano y a su hermana junto a ellas. Mi mamá de verdad se llamaba Elena y la recuerdo con cariño. Mi papá de verdad se llamaba Héctor y siempre me hacía reír. Pero ahora que no pueden cuidarme, me dejaron al cargo de sus hermanas. Mi tía Lidia y mi tía Esperanza. Tengo suerte de poder contar con ellas. Nos quieren a mi hermana y a mí por ellas y por nuestros padres. ¡Ah! Y también tengo dos papás. Mi hermana y yo pensamos que fueron nuestros padres de verdad quienes se los presentaron a nuestras madres, para que no estuvieran solas. Y los queremos un montón. Incluso juegan a las casitas con mi hermana, y conmigo al fútbol, a pesar de que no les gusta. Antes he dicho que mi familia no es normal. Es cierto. No lo es. Porque ella es especial. No tengo solo una mamá y un papá, sino que tengo tres mamás y tres papás: unos que me cuidan desde el cielo; y otros que me arropan por las noches y me dicen siempre lo especial que soy por estar en sus vidas. Por todo ello, muchas gracias, mamá y papá. Gracias por no dejarnos caer y por enseñarnos siempre aquello que es correcto.

La clase permaneció en silencio durante un momento. Segundos después, tímidos aplausos rompieron el vacío, así como la máscara de ignorancia de todos los presentes. Lidia lloraba silenciosamente ante el orgullo de las palabras de su sobrino, del hijo de su hermano, mientras se dejaba abrazar por Rubén, su marido desde hacía dos años. Por su parte, Esperanza aplaudía efusivamente junto a Roberto, su marido desde hacía un año, ante la lección que aquel niño, su sobrino, el hijo de su hermana, acababa de presentar en aquella clase llena de prejuicios.

Porque su familia no era normal. Pero aquello no importaba. Porque ellos, Eloy y Lucía, tenían el triple de cosas que todas las familias normales.

Preferían ser especiales de esa manera, que ser normales en la ignorancia.

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