Cuentos de heroínas II: El conocimiento

Sólo hay un dios, y es el conocimiento, y una maldad, que es la ignorancia

(Platón)

En el aire quedó flotando una neblina cargada de hierbabuena y romero, que se mantuvo suspendida aún durante nueve días después de que su cuerpo se hubiera quemado. Los que asistieron a la ejecución pública aseguraron que sus chillidos sonaban a madera de roble crujiendo y crepitando.

Ella era toda matriz, cálida y honda como el vientre mismo de la tierra. Tenía los ojos llenos bosque y el tacto de su tez era de musgo y dientes de león. Desde niña se había criado acostumbrada a la soledad de la montaña. Se alimentaba sólo de tierra húmeda, hincaba los dedos entre las lombrices y se llenaba la boca. Vivía en lo profundo, sitiada por torres de libros cuyas hojas gastadas de leerse eran traslúcidas como las alas de los murciélagos que los sobrevolaban. Había consagrado su vida al estudio de las artes y las ciencias. Conocía los designios del cielo y de los hombres, los caminos recorridos y los entresijos del porvenir. Se encontraba en posesión de todos los secretos de la existencia, los llevaba escritos en el filo de los labios y se los sacudía de vez en cuando, y entonces su voz sonaba a lluvia y a lejanía.

Nunca aparecía si no la llamaban. Rompía el estrépito de la vegetación con su ropa blanca y miraba siempre a las estrellas. Los misterios se enfilaban entre sus vértebras y la mantenían erguida, susurrando secretos para los que el mundo no tenía escudos. El conocimiento es peligroso, libera el alma. Si silbabas su nombre, aparecía entre las raíces, y te concedía un pedazo de sabiduría vieja como el sonido del viento. No le negaba a nadie el saber que perseguían, pero no siempre traían consigo las preguntas acertadas. Sus designios eran semillas que sus receptores alimentaban de esperanza, odio o impaciencia; ella las plantaba y se marchaba sin hacer ruido.Leer más »