Ladrillo Visto

ESCENA I

 (La pared del fondo está revestida de ladrillo rojo desvaído, con pinturas callejeras aquí y allá. Hay diseminados a lo largo del escenario varias cajas de cartón rotas, un carrito de la compra oxidado al que le falta una rueda que está lleno de revistas viejas y latas de conservas. En el extremo derecho hay un bidón de chapa oxidado y ennegrecido. En el centro hay dos montones de mantas sucias, dando la impresión de que son utilizadas por dos personas para dormir.

JIMENA está de pie en la parte central del escenario, cerca de la pared, con la mirada distraída. Es una mujer de unos cuarenta años, guapa y atractiva, pero de aspecto descuidado. Lleva un abrigo de piel marrón y un sombrero de color morado decorado con flores y tul. A su lado, algo retirado, está MANUEL, un hombre de la misma edad, con un rostro afable manchado y con el pelo muy sucio. Llega un abrigo gastado largo y oscuro y mitones en las manos. Solo ellos están iluminados, por lo que lo que les rodea apenas se aprecia. La luz se va abriendo a lo largo de la conversación, iluminando poco a poco todo el escenario.)

MANUEL. (Acercándose a JIMENA) Bonito sombrero.

JIMENA. (Sonriendo) Gracias. Es de marca, ¿sabes?

MANUEL. Sí, ya se ve.

JIMENA. Yo tengo muchos sombreros de diseño, pero este es mi favorito.

(MANUEL mira el sombrero, a su alrededor, incómodo, y de nuevo a JIMENA)

MANUEL. ¿Y de dónde salen?

JIMENA. ¿El qué?

MANUEL. Los sombreros.

JIMENA. (Tocando el sombrero) ¿Los míos?

MANUEL. Sí, todo esos sombreros que dices que tienes. ¿Dónde los consigues?

JIMENA. (Extrañada) ¿A qué te refieres? Los compro, en boutiques, en tiendas de moda.

MANUEL.  ¿Y vives aquí?

JIMENA. Sí, claro. Este barrio es el mejor. El mejor de la ciudad.

MANUEL. (Mira a su alrededor) Pero te gastas el dinero en sombreros. ¿Es como una enfermedad?

JIMENA. ¿A qué te refieres?

MANUEL.  Normal no es, que vivas aquí y te gastes el dinero que consigues en sombreros.

JIMENA. ¿El dinero que consigo? No, el dinero lo gana mi marido. Es un importante empresario. Yo le espero en casa como buena esposa y él me compra cosas.

MANUEL. Sombreros.

JIMENA. ¡Como buen marido!

MANUEL.  ¿Y dónde está ese marido tuyo?

JIMENA.  Trabaja en la bolsa.

MANUEL.  ¿Pero dónde está?

JIMENA. (Cansada) ¡Ya se lo he dicho!

(JIMENA se sienta en el bulto de mantas que hay en el suelo. MANUEL le mira extrañado por la comodidad con la que se mueve, pero le imita y se sienta junto a ella)

MANUEL.  No, me has dicho dónde trabaja, no dónde está.

JIMENA. Pues un lunes, a esta hora, estará trabajando. En la bolsa.

MANUEL.  Hoy no es lunes.

JIMENA. ¿Cómo dice?

MANUEL. Digo que hoy no es lunes. Es domingo.

JIMENA. No puede ser. Si fuera domingo él estaría aquí. Y los niños tampoco están, así que es lunes. Están en la escuela.

MANUEL. ¿Qué niños?

JIMENA. Mis niños, mis hijos. Ignacio e Isabel. Les puse ese nombre para que tuvieran las mismas iniciales.

MANUEL.  ¿Se los han quitado?

JIMENA. ¿El qué?

MANUEL.  Los niños.

JIMENA. ¿Qué niños me van a quitar?

MANUEL.  A los suyos. No están con usted.

JIMENA.  Ya le he dicho que están en la escuela.

MANUEL.  Pero hoy es domingo.

JIMENA. (Enfadada, golpeándose los muslos con los puños) ¡Qué pesado es usted! Ya le he dicho que no. Además, ¿por qué iban a quitarme a mis hijos? No pueden vivir mejor.

MANUEL.  ¿Perdón?

JIMENA. Viven en este edificio tan hermoso, en este barrio, que es el mejor. Y tienen todo lo que querían desear.

MANUEL.  Pero usted solo tiene sus sombreros.

JIMENA. ¡Ay Dios! Yo tengo muchas más cosas. Llevo una vida espléndida y empiezo a pensar que usted solo quiere importarme.

MANUEL.  Solo… (Se remueve incómodo) La vi sola y pensé que querría compañía. Vivir así es duro y se lleva mejor con alguien.

JIMENA. (Extrañada) ¿Vivir así? ¿Cómo?

MANUEL.  Como vivimos usted y yo.

JIMENA. No creo que usted y yo vivamos del mismo modo. En ese caso, no trabajaría para mí.

MANUEL.  ¿Disculpe?

JIMENA. Es difícil encontrar gente de fiar.  Ya no puede uno fiarse de nadie. ¿Puedo fiarme de usted?

MANUEL.  Naturalmente.

JIMENA. Este es un buen barrio, ya le he dicho. Pero los tiempos han cambiado. Hay chusma por todas las partes y con eso de la crisis… Un día estás arriba y…

MANUEL.  Y otro día estás aquí.

JIMENA. (Riéndose) No, aquí no. En el arroyo, debajo de un puente.

MANUEL.  Pues eso digo.

JIMENA. Menos mal que a nosotros no nos ha afectado nada. Mi marido tiene un buen trabajo. Trabaja en la bolsa, ¿sabe?

MANUEL.  Sí, sí.

JIMENA. Gana tanto que podemos permitirnos muchos caprichos. ¿Le gusta mi sombrero?

(MANUEL la mira en silencio. Se levanta y se aleja de ella. Saca del bolsillo de su abrigo un cigarrillo y un mechero. Lo enciende y se gira. En este punto todo el escenario está iluminado)

MANUEL.  ¿Fuma usted?

JIMENA. (Recelosa) No, gracias.

(Por la derecha aparece LUIS, un hombre alto y delgado de casi sesenta años que viste de forma extravagante. Combina con su desvencijado abrigo una boa de plumas llena de calvas y su rostro está maquillado exageradamente)

MANUEL. Hola, Luis, ¿cómo estás?

LUIS. Fabulosa como siempre, cariño, ya sabes. (Tose. Repara en JIMENA) ¡No me digas! ¡Gente nueva!

(Va a acercarse a ella cuando Manuel le coge del brazo. Le lleva a un rincón del escenario)

MANUEL. No está bien de la cabeza, Luis. Creo que no sabe dónde está. O no quiere saberlo.

LUIS. Siento decirte, Manuel, que como de tantas otras cosas, no entiendes de mujeres. Déjame a mí.

(LUIS se acerca a JIMENA. La mujer le mira extrañada, pero se mantiene en su sitio con entereza. )

LUIS. Hola encanto. ¿Cómo te llamas? Me encanta tu sombrero, estás divina.

JIMENA. Gracias. Es un regalo. De mi…

LUIS.  Sí, cielo. ¿Tu nombre?

JIMENA (balbuceando) Jimena.

LUIS. Yo soy Luisa, encanto. Muac, muac. Bienvenida al arroyo. (Se mueve unos pasos, señalando a su alrededor y a las cosas que les rodean) Todo primeras marcas, interior de ladrillo visto, muy neoyorquino. No sé qué habrás hecho para acabar aquí, pero tengo una buena noticia para ti: más bajo no se puede caer.

JIMENA. Yo no…

LUIS. Sí, nena. Tú sí. Tú sí mil veces.

(JIMENA  mira a su alrededor, visiblemente incómoda. LUIS se sienta a su lado, cruzando las piernas. MANUEL les observa, dando caladas a su cigarro. )

LUIS. Sé que esto parece el infierno, querida. Pero todos hemos estado donde estás tú. Lo que quiero saber es…

MANUEL. (Interrumpiéndole) Déjala, Luis, está claro que ahora no quiere hablar. Deja que descanse.

JIMENA. (Sollozando) Quiero irme de aquí. (Mira a su alrededor) No sé… ¿Cómo?

LUIS. (Mirando a Manuel) Joder, está fatal.

(MANUEL levanta a LUIS del suelo de un tirón y lo aparta.)

MANUEL. Está desorientada, eso es todo. A mí me parece otra pobre mujer que vivía del éxito de su marido y ahora la crisis se habrá cebado con él. Como con todos.

LUIS. ¿Y dónde está el susodicho?

MANUEL. (Se gira hacia JIMENA) ¿Dónde está su marido? Y no me diga que en el trabajo, por el amor de Dios.

JIMENA. (Mirándole fijamente y hablando como un autómata) Le metieron en la cárcel por corrupción. Estaba desviando fondos de su empresa. Nos lo embargaron todo, él acabó en la cárcel y yo aquí. (Gritando y tirando el bolso con fuerza) ¡Hijo de puta! ¡Maldito hijo de puta!

LUIS. Pobre mujer…

JIMENA. ¿Sabía usted algo de los negocios de su marido? ¿Alguna vez le comentó algo al respecto? Al principio todo el mundo se apiada de ti, pero la mierda empieza a salpicarte. Lo vendí todo, todo lo que no me quitaron, pero acabé en este agujero de mierda, debajo del puente más nauseabundo que…

(Le fallan las fuerzas y se deja caer. Los dos hombres la miran con pena. LUIS vuelve a sentarse junto a ella. )

LUIS. Aquí no estamos tal mal, cielo.

JIMENA. Esto es un horror. ¿Cómo he podido terminar debajo de un puente? Yo tenía una familia, un hogar…

LUIS. Yo antes soñaba con cosas así para mí. Una mujer y unos hijos. Lo soñaba porque era lo que nos dijeron que teníamos que soñar. Con una mujer, un par de hijos y un perro en una casa con jardín. Ya no quiero eso para mí. Si esto se tratara de hablar de qué quiero para mi futuro, sería diferente. Créeme cuando te digo que nadie vendrá a buscarte aquí. Pero mejor, cuando salgas no tendrás que llevarte a nadie contigo. Y también te voy a decir una cosa, reina. Aquí tienes un sitio. Ah, y tú sombrero es horrible.

(JIMENA ríe quedamente. MANUEL apaga el cigarrillo aplastándolo contra el suelo con la punta del pie)

JIMENA. Seguro que vienen a buscarme. Los del banco, seguro que vienen y me quitan hasta la ropa y me dejan desnuda en la calle.

LUIS. Eso no va a pasar. ¿Verdad Manuel?

MANUEL. (Suspirando) Verdad.

(Oscuro)

ESCENA II

 

(Hueco bajo el puente, tres días después. Muy temprano por la mañana, empieza a amanecer. MANUEL y LUIS duermen arropados con cartones y mantas raídas. Por la derecha aparecen una pareja de policías. El primero es un hombre robusto de unos cuarenta años, con el pelo cortado al cepillo y actitud chulesca. El segundo es una joven menuda de veintitantos con el cabello recogido en un apretado moño.)

POLICÍA 1. ¡Hombre! ¡Pero si tenemos aquí a la reina de los bajos fondos!

(Golpea a LUIS con el pie, que se despierta sobresaltado. MANUEL despierta también, alarmado por los gritos.)

LUIS. Buenos días, agente.

POLICÍA 1. Pensé haberte dicho que no te quería ver más por mi barrio, maricona.

LUIS. (Incorporándose) Sí, señor. Por eso ya me fui y me he vuelto aquí al puente, para no molestar.

(El policía hacer el amago de patear a LUIS, pero no lo hace. Al verle encogerse, se ríe a carcajadas. MANUEL se levanta y se acerca rápidamente a LUIS, haciendo que el POLICIA 1 repare en él. )

POLICIA 1. ¡Vaya! ¿Te has echado una nueva novia? ¿Quién muerde la almohada? (se ríe) Tenéis esto hecho una puta pocilga. Os pasáis el día recogiendo mierdas, luego cogéis cualquier guarrada y os presentáis en el hospital como si fuerais gente decente. (Dirigiéndose a MANUEL) A ver tú, dame un cigarro.

(MANUEL se palpa los bolsillos del abrigo hasta que encuentra un cigarrillo. Se lo da al POLICIA 1, que lo enciende con su propio mechero.)

POLICIA 1. Joder, es que sois la ostia. No tenéis dónde caeros muertos pero el tabaco no os falta.

MANUEL. (Receloso) ¿Podemos ayudaros en algo?

POLICIA 1. Pues mira, sí. (Se gira al POLICIA 2) Encanto, mueve el culo y haz algo, joder, que no vas a aprender en la vida. Ya que tengo que cargar contigo, nena…

POLICIA 2. Estamos buscando a una mujer. Jimena Montemayor Rodríguez. (Les tiende una fotografía) Ésta de aquí. ¿La han visto?

MANUEL. (Compartiendo una mirada con LUIS) Pues la verdad… ¿Por qué la buscan?

POLICIA 1. (Gritando) ¡Ay, la ostia! ¿La has visto o no la has visto?

MANUEL. No, no. Nunca.

POLICIA 1. ¿Y tú, princesa?

LUIS. (Con un hilo de voz) No, señor.

POLICIA 1. (Al POLICIA 2) Lo que yo te decía, no sirven ni para esto. Atajo de inútiles. Deberían limpiar las calles de vagabundos como vosotros.

POLICIA 2. (Visiblemente incómoda) ¿Nos vamos?

POLICIA 1. Sí, tírale. Venga. (Tira el cigarrillo dentro del carrito de la compra que hay a su lado y le sopla para que las revistas sucias prendan.)

(Salen)

(MANUEL corre hacia el carrito y sofoca la pequeña llama que se ha originado cubriéndola con una manta.)

MANUEL. Menudo gilipollas. ¿De qué conoces a ese mamonazo?

LUIS. De cuando dormía en Atocha. Es un hijo de puta de cuidado.

MANUEL. Tiene bastante mala pinta.

LUIS. (Restándole importancia con un gesto de la mano) Alguna vez lo he visto con grupos de niñatos de esos que van con la cabeza rapada y bates y se dedican a patear indigentes.

MANUEL. ¿Y te han pateado a ti?

LUIS. (Encogiéndose de hombros) Un par de veces.

(MANUEL saca del carrito las cosas que se han estropeado y las pone en un montón a sus pies. LUIS le observa)

LUIS. Manuel…

MANUEL. No quiero saberlo, Luis. El problema no es nuestro, es de ella. Si no quiere que la encuentren por algo será.

LUIS. ¿Y si alguien la está buscando?

MANUEL. Parece mentira que no sepas cómo funciona la calle. Si tú ya estabas aquí cuando los grises.

LUIS. Una dama no habla de su edad, ¿sabes?

MANUEL. En serio, Luis. ¿No estás harto de esto?

LUIS. Bueno, eso sí que es cuestión de tiempo. El invierno está al caer y he sobrevivido a muchos. Supongo que eso debería hacerme creer que sobreviviré a uno más, pero no. Estoy cansada y lo noto en los huesos. La luz del final del túnel hace tiempo que se fundió y al otro lado no había nada. Me gustaría una muerte trágica.

MANUEL. Vayas cosas dices, Luis.

LUIS. Una muerte de estrella, la gran muerte. Pero no creo que la vida me dé el gusto. Agoté los placeres de toda mi existencia en la juventud, y por eso estoy condenada a desvanecerme poco a poco hasta acabar reducida a nada.

MANUEL. La visita de ese impresentable te ha sentado mal.

LUIS. Cuando sienta que me viene me voy a plantar en Gran Vía para ocupar las portadas. Y ya que estoy, para remover las conciencias. Ya que me han condenado a la mediocridad, pienso irme haciendo todo el ruido que pueda.

MANUEL. (Riéndose) Ese es el espíritu, Luis.

(Entra Jimena por el lado izquierdo. Mira a su alrededor y cuando repara en los dos hombres, se dirige hacia ellos.)

JIMENA. ¿Habéis visto al jardinero? Estoy haciendo la cena para los niños pero  no sé dónde está plantada la albahaca.

LUIS. (A MANUEL) ¿Viene y va, eh? Ayer conseguí que se diera cuenta de dónde estaba durante tres minutos. Luego la perdí.

MANUEL. (Suspirando) Los niños ya están durmiendo, Jimena.

JIMENA. Es verdad, es verdad. Yo los acosté. Que tonta.

(Vuelve a salir por dónde ha entrado)

LUIS. ¿Tú piensas en el futuro, Manuel?

MANUEL. Antes sí lo hacía. (Recoge la basura que ha ido amontonando y la empuja con el pie poco a poco, sacándola del escenario por el borde que da al patio de butacas.) Quiero salir de aquí igual que tú, pero no con los pies por delante. Desde que perdí el bar… he ido de mal en peor. Con el tiempo he llegado a entender que la vida puede ser muy hija de puta, pero no te aprieta más de lo que puedes soportar.

LUIS. No me digas que le has cogido el gustillo a vivir en el puente, Manuel.

MANUEL. (Riéndose) No, me encantaría volver a lo que tuve. Pero tengo que ayudar a los que están como yo. Como Jimena. Pobre mujer.

LUIS. Y lo harás, Manuel. Yo tengo fe en ti. Volverás a poner un bar. Lo llamarás la Reina del Nilo en mi honor, y dejarás cafés pendientes de esos que se toman la gente como nosotros.

MANUEL. (Riéndose) ¿La Reina del Nilo? ¿En serio?

LUIS. Deja soñar a esta pobre vieja.

(Ambos se ríen.)

MANUEL. En serio, Luis. De verdad. Aléjate de ese tío.

 (Oscuro)

ESCENA III

 

(Dos días más tarde. Hueco bajo el puente, al atardecer. MANUEL está colocando nuevos cartones formando una pila y JIMENA está sentada cerca.)

JIMENA. ¿A qué se dedica usted?

(MANUEL le mira, sorprendido. JIMENA juguetea con unas revistas, sentada en el suelo dándole la espalda. Está cada vez más sucia y ya no lleva su sombrero.)

MANUEL. ¿Ahora?

JIMENA. Antes de llegar aquí.

MANUEL. Era dueño de un bar, un antiguo local muy coqueto.

JIMENA. Siempre habla usted muy correctamente.

MANUEL. (Sonriendo). Mi madre siempre fue muy estricta con eso, con lo de hablar bien.

JIMENA. Yo era una buena madre hasta que me quitaron a mis hijos.

MANUEL. Se ve que era muy feliz con ellos.

JIMENA. ¿Tienes hijos?

MANUEL. No, nunca tuve hijos. No sé si hubiera querido. Ahora que no los tengo supongo que sí, y de haberlos tenido me hubiera gustado quererlos. Porque mi madre era estricta, pero me quería. Me quería porque una madre eso no lo puede evitar.

JIMENA. No. (Girándose hacia MANUEL). No puede.

(Entra por la derecha LUIS cojeando, agarrándose el costado. Le sangra el labio y tiene la cara amoratada. Su ropa está hecha jirones. MANUEL se dirige a él, asustado.)

MANUEL. ¡Luis! ¿Qué ha pasado?

LUIS. (Sollozando y dejándose caer sobre los cartones) Nada, nada…

MANUEL. ¿Cómo que nada? Dios mío, estás sangrando. ¿Quién te ha hecho esto?

(JIMENA les observa, asustada.)

LUIS. No importa nada, nada, nada. No importa, ¿le importa a alguien lo que pase aquí?

MANUEL. Pero Luis…

LUIS. Yo era una estrella, la más grande y más brillante de la noche de Madrid y ya no importo nada, nada, nada.

MANUEL.  Dime que pasó, amigo.

LUIS. (Incorporándose) A la gente vulgar le molesta lo hermoso, Manuel. Lo envidia y lo quiere para sí, y como no puede, lo corrompe.

MANUEL.  Te han pegado una paliza.

LUIS. Los chicos que se juntan en el parque. Los del cuero y el hierro.

MANUEL. No me digas que esos pandilleros te han cogido, Luis. ¿Los que se juntan con ese poli?

LUIS. ¿Qué importa? ¡Nada! (La ropa de LUIS se va manchando de sangre y él va perdiendo fuerza) ¿A quién le importo? ¡A nadie! Sí. Me han cogido y me han pateado lo cuatro costados, Manuel. Eran cuatro o cinco, pero ojalá solo me hubieran violado cuatro o cinco veces.

(JIMENA se lleva la mano a la boca, ahogando un grito.)

MANUEL Luis, tienes que denunciarlo…

LUIS. ¡Claro! Una reinona de los suburbios, la loca del arroyo, irá a un barrio bien y hablará con un hombre de bien. ¡Claro!

MANUEL. Algo tienes que hacer, algo tenemos que…

LUIS. Sí que tenemos. Yo sola no soy nadie. Pero tú podrías ayudarme, Manuel, mi rey.

MANUEL. ¿A qué?

LUIS. A cogerlos de uno en uno, a violarlos con un palo, lleno de clavos, llenos de óxido y colgarlos del cuello desde el puente.

MANUEL. (Negando con la cabeza) Luis, tú no eres así, no los defiendo, pero no te rebajes a su nivel.

LUIS. ¡A su nivel! Manuel estoy hundida, en la más miserable de las miserias, en el fondo de lo negro. Y ellos lo saben y de ello e aprovechan.

MANUEL. Luis…

LUIS. ¿Qué crees que se merecen después de esto?

MANUEL. Lo peor. Pero el tiempo…

LUIS. Al tiempo se la soplas tú y se la soplan ellos. Nadie va a hacer nada por defendernos y el próximo que aparecerá muerto seré yo. O tú. A no ser que alguien haga algo.

MANUEL. ¿Y qué propones? ¿Enfrentarnos a un grupo de skins tú y yo?

LUIS. Nosotros estamos en la calle desde hace mucho tiempo. Y los callejones son oscuros de noche, Manuel.

(LUIS cae desfallecido sobre el suelo.)

MANUEL. Voy a llevarte al hospital.

(MANUEL se gira, justo cuando entrar en escena los POLICIAS 1 y 2. El POLICIA 1 le apunta con su arma.)

POLICIA 1. Hemos recibido un aviso de una pelea entre indigentes. ¿Qué está pasando?

MANUEL. ¿Pelea? No, no, hay un error. A mi amigo le han dado una paliza. Hay que llevarlo a urgencias, está muy mal.

POLICIA 1. (Apuntándole con su arma) Levante las manos.

MANUEL. Se equivocan. (Levanta las manos) ¡Que alguien ayude a mi amigo, por favor!

(POLICIA 2 se acerca a LUIS. Le toma el pulso)

POLICIA 2. Este hombre está muerto.

MANUEL. (Sin fuerzas) ¿Qué?

POLICIA 1. ¿Te lo has cargado, hijo de puta?

(MANUEL, enfurecido, se abalanza contra el POLICIA 1.)

MANUEL. ¡Tú! ¡Homófobo desaprensivo, pedazo de mierda, tú! ¡Tú lo has matado!

(Los policías reducen a MANUEL.)

(Oscuro)

 

 

ESCENA IV

 

(Comisaría de policía. Es una habitación mal iluminada, de paredes grises. Hay un escritorio tras el cual está sentado POLICÍA 3, un hombre cincuentón en baja forma, que está escribiendo en un antiguo ordenador. MANUEL está sentado al otro lado de la mesa, consternado. Las paredes están forradas de librerías llenas de carpetas de informes amarillentos.)

 

POLICIA 3. (Escribiendo en el ordenador) ¿Entonces se encontró el cuerpo de Luis Montañez bajo el puente?

MANUEL. (Temblando. Se frota la cara.) Le habían dado una paliza.

POLICIA 3. ¿Cómo sabe usted eso? ¿Le pegó?

MANUEL. No me lo encontré muerto, él mismo me lo dijo. Me dijo que un grupo de skins le habían dado una paliza.

POLICIA 3. ¿Skinheads?

MANUEL. Sí. Hay un policía que le tenía coraje y que se juntaba con esa gentuza.

POLICIA 3. (Dejando de escribir) ¿Me está diciendo usted que un policía local le dio una paliza de muerte a un viejo vagabundo porque sí?

MANUEL. (Dudando) Yo no sé… no sé quién fue. Solo sé lo que él me dijo.

POLICIA 3. Manuel, sabemos que han estado encubriendo a una mujer que estaba en busca y captura.

MANUEL. (Atónito. El policía deja a un lado el ordenador y busca entre sus papeles. ) ¿Yo?

POLICIA 3. (Leyendo) Jimena Montemayor. Mató a sus hijos y se dio a la fuga después de que su marido la abandonara por otra mujer.

MANUEL. Tiene que haber un error…

POLICIA 3. Se le declaró mentalmente inestable y por ello no pudo ser ingresada en prisión. ¿Conoce usted o no conoce usted a esta mujer? Estaba con usted en la escena del crimen.

MANUEL. Sí, sí que la conozco, apareció hace unos días bajo el puente. Oiga, se equivocan, ella vivía en la calle porque su marido era un corrupto y a ella le embargaron todas sus…

POLICIA 3. Mire, está claro que la conoce y que la ha ayudado a esconderse. Hace unos días una patrulla estuvo en el lugar del crimen preguntando por ella y por lo que informaron, ustedes declararon no conocerla. La mujer vino y le hizo ojitos, ¿no? ¿Qué le prometió para que se cargara al viejo?

MANUEL. (Poniéndose de pie) Oiga ¡yo no maté a Luis! ¡Ya le he dicho lo que pasó! ¡Yo no sabía nada de esa mujer!

POLICIA 3. Pero sea razonable, Manuel. La cárcel es un techo y tres comidas al día. Creo que es algo mejor que sus dos paredes de ladrillo. ¿No le parece?

MANUEL. Pero… Era mi amigo. Yo tenía que salir de la calle, se suponía que volvería a tener lo que tenía.

POLICIA 3. Manuel, Manuel. (Se reclina en su silla) ¿Qué hizo usted?

MANUEL. Yo… Yo le maté.

(Oscuro final)

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