Maletas

Nota del autor: este relato fue originalmente escrito para mi blog personal: Letras gilipollas, y puedes leerlo aquí

El día se despertó travieso. Unas feas nubes amenazaban, a través del ventanuco de la habitación de objetos perdidos, que las lluvias de invierno no tardarían en volver a Sevilla. La estación de Santa Justa no descansa por las noches, pero yo sí y, desde hace varios años, lo hago todos los días en esa habitación llena de objetos que a veces regresan con sus dueños y otras veces no. Eran las siete de la mañana, como cada día y la claridad de la mañana, que aquel día era escasa, acababa de dejar atrás la solemne noche. Adoraba Sevilla, y la sigo adorando pero, tras veinticinco años sin salir de esta estación, creo que hay cosas que me he perdido y que me sigo perdiendo: acontecimientos, edificios nuevos… Veo lo que pasa ahí afuera a través de los periódicos y de las televisiones que en los despachos tienen algunos dirigentes del ferrocarril, pero no es lo mismo.

Morí aquí y aquí vivo desde entonces. Trabajaba aquí y en un accidente con un tren mi vida llegó a su fin, de una forma que no puedo recordar; solo sé lo que leí en los periódicos al día siguiente. Creo que la muerte es como un trauma; en los libros de psicología que hay en la tienda de revistas, periódicos y entretenimientos varios para los viajes leí que las personas no son capaces de recordar con exactitud las situaciones traumáticas. Aunque, en realidad, no puedo decir que estoy muerto, pues vivo como ánima sin cuerpo. Vivo a mis anchas, yendo de aquí para allá, leyendo, escuchando las conversaciones de los viajeros y, a veces, imaginando las vidas de la gente. Lo único malo de mi situación es que, por mucho que lo intente, no puedo salir de aquí, como si fuera un prisionero.  No puedo comunicarme, ni nadie puede verme, pero puedo hacerme con objetos, como los libros que a veces leo o los objetos que hay en esta habitación y con los que juego a veces.

Hay días que me da por abrir una maleta y ver qué hay dentro; después, imagino a quién podría pertenecer y qué habría sido de su dueño tras el extravío. Otros días me entretengo buscando algo que no haya visto nunca y dejándolo al azar por en medio de la estación, para que algún viajero lo encuentre y ver su reacción ante el descubrimiento. Y así llevo ya desde que se inauguró este lugar casi.

Pero aquella mañana todo indicaba que algo iba a pasar, aunque no era capaz de adivinar qué. Salí de la sala de objetos perdidos, que está al lado del McDonals y me fui a ver qué tipo de personas había allí desayunando: un grupo de niñas deportistas con chandals verdes, una pareja de buen comer despidiéndose entre lloros, arrumacos y besos de diversas formas, un par de ejecutivos manteniendo sendas sofocadas conversaciones por sus teléfonos y un vagabundo pidiendo algo para desayunar. Me sorprendió la juventud de éste último, que pese a decorar su cara una espesa barba, no debería superar la treintena de edad. Vestía con una chaqueta vaquera de color negro y unos gastados vaqueros. Decidí que él iba a ser el protagonista de mi día y que seguiría sus pasos mientras pudiera, aunque mi propósito se vio truncado cuando Antonio, el gerente del McDonals, lo echó diciéndole que se fuera a drogar a otra parte.

Desanimado, salí a la recepción de la estación, grande y llena de gente, rodeada de algunas tiendas y cafeterías varias. Allí es donde se desarrollaba la vida de la estación en su mayoría, donde veía las mejores y las peores despedidas y reencuentros, donde los viajeros lloraban y reían a la par, donde el silencio era total y los sentimientos se entrechocaban unos con otros. En invierno, a veces, la estación de Santa Justa pecaba de un frío blanco, etéreo, como si el tiempo se paralizara y todo estuviera quieto, muerto; en cambio, otros días de invierno la estación brillaba con un calor de cuento de navidad, con tonos ocres, con bullicio y jolgorio, con vida hasta en los inmóviles asientos de espera. Eran estos últimos los días que más me gustaban, y aquel día era uno de ellos. El frío se quedaba fuera de la estación. Había gente por todos sitios y en mi memoria todo se relacionaba con mis primeros años como guardia de la estación, que por aquel entonces era la de Plaza de Armas. Me acuerdo de cómo me ayudaba mi esposa a colocarme bien el uniforme antes de salir de casa, cómo mi pequeño Ismael me besaba y me decía que me afeitara porque le pinchaba con la barba y de cómo salía de casa apresurado ante el temor de llegar tarde y que mi jefe, el señor Monterroso, me regañara. Era joven y aquel trabajo era toda una oportunidad.

En aquellos tiempos todo era diferente. La gente vestía mejor: adoraba pasear por los andenes, con mi uniforme, y ver a las damas con sus abrigos largos y sus sombreros de corte inglés, los elegantes zapatos y lo que para mí era el complemento perfecto, los guantes. Los señores, siempre de traje, deslumbraban por donde pasaban y rompían los corazones de las damas en sus despedidas. También me gustaba escuchar el “pasajeros al tren” a gritos mientras el ferrocarril bufaba su puesta en marcha. Aquellos años siempre parecía otoño, todo era el final de algo y el principio de otra cosa, y el ambiente siempre olía a castañas y óxido.

Pero hoy por hoy las cosas han cambiado. Ahora, todo es más frío, pese a los días que, como he dicho antes, la estación se viste de hogar y las sonrisas calientan el ambiente y lo dotan de un color dorado. Paseé por entre el gentío, buscando una cara que me dijera algo que no supiera ya, una historia diferente, algo que hiciera que despertar aquella mañana hubiera merecido la pena. Fue imposible.

Tras un buen rato rondando por la estación, salí al exterior por el único sitio que podía hacerlo, que no era otro que donde las vías dejaban la estación y los trenes se arrojaban al mundo. Allí vivía una familia de vagabundos desde hacía tiempo y yo podía verlos hacer vida. No sé cómo ni por qué habían llegado a ser vagabundos, ni por qué vivían allí. ¿Acaso no tenían una familia que los acogiera? Había leído en los periódicos que, gracias a la crisis que azotaba España, muchas familias tenían que abandonar su hogar. Y allí tenía una desde hacía casi un año. Me pregunté si el mendigo que había visto en el McDonals antes sería conocido de ellos. Viendo que ese día no estaban allí, volví a la estación y seguí deambulando. Fui a la tienda de periódicos y libros y ojeé las páginas de una de las novedades: “Mi media galleta”, de Ediciones EnHuida. La había escrito un joven escritor, un tal Oscar Soria, y me llamó la atención la originalidad de la historia. Estuve leyendo un rato, hasta que un ruido en el hall de la estación llamó la atención de todos los presentes.

Uno de los nuevos hombres de seguridad de la estación había cazado al mendigo que antes había visto yo en el McDonals, y, gritándole, le decía que quién se creía que era para estar allí, que su sitio era la calle. Ante tal crueldad me vi en la necesidad de actuar, pero cuando me acercaba hacia allí, una chica joven, vestida con el uniforme de la empresa de ferrocarril, se acercó.

−Higinio, por favor, déjale. Afuera hace frío y aquí no, es normal que quiera resguardarse.

El seguridad dejó libre al mendigo y todo volvió a la normalidad. Bueno, en realidad todo no, pues yo seguí la escena a sabiendas de que aquello no podía quedar así.

−Ven, −dijo la chica. –Te invitaré a un café para que entres en calor. Es mi hora de descanso.

El mendigo sonrió y, timorato, acompañó a chica, cuya chapa identificadora rezaba que su nombre era Amalia. Los dos jóvenes tendrían que ser de la misma edad. ¡Tendrían la edad que yo cuando conocí a Mercedes, que había sido mi mujer tantos años! Desde que ocurrió que morí, no sé qué fue de ella y de mis tres hijos, Ismael, Gloria y Aitor; no sé si siguen vivos, dónde viven o qué es de sus vidas. ¡Los echo tanto de menos! Ismael, cariñoso y fuerte; Gloria, delicada y tan guapa como su madre; Aitor, inteligente como nunca había visto a nadie. Pero, a la que más añoraba era a Mercedes: sus besos, sus guisos, ¡hasta sus regañinas!

Acompañé a los dos jóvenes hasta el McDonals, donde Amalia pidió un café para el chico, que lo bebió rápido, quemándose la lengua a todas luces.

−No hace falta que lo bebas tan rápido, −dijo Amalia, riendo. –No te lo voy a quitar. Soy Amalia. ¿Cómo te llamas tú?

−Miguel. –Dijo el mendigo, evitando la mirada de la joven.

−Y dime, Miguel, ¿qué haces aquí? Supongo que buscas entrar en calor. –El chico mantuvo el silencio. –Tranquilo, no voy a hacerte nada. Solo quiero hablar, ya mismo entro de nuevo a trabajar.

−He… perdido mi maleta.

− ¡Oh! Pues, ahora, cuando salgamos, pediré a alguien que te acompañe a objetos perdidos para que la encuentres. A lo mejor está ahí.

−Es una maleta vieja, de cuando mis padres se casaron. No tiene muchas cosas.

−Pero es importante para ti. Dime una cosa, Miguel, tienes pinta de ser todo un rompecorazones. ¿Tienes pareja o algo que se le parezca? –Amalia solo quería entretenerse un poco, pero la verdad es que, como ya había pensado yo cuando lo vi por primera vez, Miguel era bastante atractivo.

−Que va. –Aquella pregunta había hecho que el muchacho se liberara de la vergüenza. –No sé hacer eso.

− ¿El qué? ¿Romper corazones? Todos los hombres sois igual, decís que no sois capaces de romper un corazón pero luego lo hacéis con una profesionalidad sorprendente. Tú tienes cara de esos, inocentes pero mortales. Miedo me da la chica que se enamore de ti.

−Que va, −repitió Miguel, y carcajeó. –No he estado con ninguna chica en mi vida. Pero, de todas formas, no creo que romper corazones sea el propósito de nadie.

− ¿Qué quieres decir? –Amalia estaba cada vez más interesada en la conversación con Miguel. Parecía que le gustaba.

−Pues que no creo que haya hombres que vayan por ahí rompiendo corazones a propósito. Mis padres siempre me enseñaron que, como en la presunción de inocencia, hay que creer que todo el mundo es bueno hasta que demuestra lo contrario. Yo creo que cada hombre que rompe un corazón no lo hace queriendo hacerlo, sino más bien porque sus circunstancias le hacen actuar así.

− ¿Alguna vez te has enamorado?

− ¿Por qué me preguntas eso?

−No sé, −dijo Amalia, y giró la cara. –Hablas del tema como si fueras un experto.

−No creo que nadie se haya enamorado nunca. No del modo en que yo creo en el amor.

−Eres muy interesante, Miguel, ¿lo sabías? –Y, viendo que el muchacho se quedaba mirando a las hamburguesas que los demás clientes del McDonals pedían, añadió: − ¿Tienes hambre? Venga, te invito a una hamburguesa.

−No quiero que gastes tu dinero en mí. Apenas me conoces.

−Tranquilo, −contestó ella, guiñándole un ojo. Me acuerdo de cuando yo guiñaba el ojo a las muchachas, hasta que Mercedes hizo que, con su belleza, ni cerrar los ojos quisiera. –Tengo un apaño con el gerente y me invita de vez en cuando. Va, elije la que quieras.

−Vale, si es de ese modo… Quiero esta, −dijo Miguel, señalando una de las hamburguesas del catálogo.

Mientras Amalia pedía la hamburguesa para el joven mendigo, me pregunté una vez más cómo alguien tan joven podía acabar viviendo en la calle. ¿Qué mal habría hecho para merecer un castigo así? ¿Qué había sido de su familia? Yo, que llevaba veinticinco años sin ver a mi familia, sabía cuánto podía una persona echar de menos a su gente y me apiadé de aquel joven.

Volvió Amalia y, mientras Miguel devoraba la hamburguesa, esta vez con paso pausado y saboreando cada uno de los matices de la misma, la chica le relató cómo había amado ella y cómo le habían roto el corazón. Había sido un chico que conoció en el instituto y del que se enamoró perdidamente desde el primer momento. Habían quedado varias veces, había perdido la virginidad con él y, cuando se hartó de ella, la mandó a paseo. Siempre me ha sorprendido esa promiscuidad apresurada que caracteriza la juventud de hoy en día. ¿Qué prisa hay por mantener relaciones sexuales? Hoy en día, el romanticismo se ha perdido, y yo siempre lo consideré un arte. En mis tiempos de juventud, cortejar a una muchacha era un trabajo que se remuneraba poco, pero la satisfacción final era incomparable con cualquier sueldo económico. Mercedes fue difícil de convencer, lo reconozco, de hecho creo que aquello fue lo que más me gustó de ella. Era guapa como ninguna y muy lista también, pero rechazaba mis flores y mis cartas en las que, con un estilo torpe, intentaba poetizar sobre su persona y lo que sentía al mirarla. Tardé más de un año en conseguir que aceptara a quedar conmigo para dar un paseo y casi dos en darle el primer beso. Y ahora los jóvenes se besan antes de saber cómo se llama el otro, se acuestan sin saber si la otra persona es una buena persona y, al día siguiente, si te he visto no me acuerdo. La lujuria se ha apoderado de la sociedad y se han perdido las formas, por eso ya nadie es elegante y el gusto por una bonita gabardina y un collar de perlas ha sido sustituido por los ombligos expuestos y las faldas tan cortas que no darían a un sastre ni una hora de trabajo.

−Era un cabrón, −dijo Amalia.−Me folló y después se fue, con su moto y su chaqueta de cuero. Me rompió el corazón y no pude hacer nada.

−Pero, ¿volviste a verle?

−No.

−Entonces, ¿cómo sabes que te abandonó? Quizás tuvo que hacerlo.

−Lo hizo porque quiso.

− ¿Y si tuvo que mudarse, o tuvo problemas con la ley? Por como lo describes, parece un típico chico malo de barrio.

−Fumaba hierba.

−A lo mejor lo pillaron y lo llevaron a prisión, −dijo Miguel. Me parecía un muchacho muy sensato. –O a lo mejor de una sobredosis tuvo que ser ingresado. O, quizás, su familia se enteró y lo llevaron a un centro de desintoxicación. Hay muchas posibilidades.

−No, no creo que sea ninguna de esas. Era un cabrón y me dejó.

−Bueno, eres libre de pensar eso si quieres. –La conversación acabó a la vez que la hamburguesa. El muchacho tenía la barba llena de migajas del pan.

−Será mejor que vuelva a mi puesto. Aunque aún me quedan cinco minutos. –Amalia miró su reloj dudando. –Mira, en lugar de echar mi cigarrito de antes de trabajar, voy a acompañarte a buscar tu maleta a la sala de objetos perdidos, ¿te parece? Me ha dado curiosidad.

Los chicos se levantaron y anduvieron en dirección a la sala de objetos perdidos, a mi hogar durante tanto tiempo. Yo lo seguí, curioso. Cuando llegaron, encendieron las luces y empezaron a buscar. El lugar es muy grande y espacioso, y tiene objetos de desde hace tantos años que su misión pintaba más difícil que encontrar una aguja en un pajar. Mientras buscaban, la chica preguntó a Miguel por él, y yo supe que ahí estaba lo que yo llevaba todo el día buscando: la historia.

−Yo no creo que me haya enamorado nunca, Amalia. Te lo digo en serio. Para mí el amor es un sentimiento tan superior a todo que no me creo capaz de alcanzarlo jamás. El amor nace en dos personas a la vez, no primero en una y después en la otra. Amar es saltar desde un trampolín desconociendo qué hay debajo. Amar es ir por la vida con los ojos tapados con un lazo, solo pudiendo ver a tu amada o amado allá donde mires. A mí siempre me han dicho que amar de verdad es anteponer la vida de otro a la tuya propia, creando en uno la ilógica capacidad de dar la vida por la otra persona. Es por esto que no creo que haya amado nunca, pues la única chica con la que estuve no hizo nada cuando me tuve que ir. Y, si ella no me amaba a mí, yo tampoco la amaba a ella. El amor es un sentimiento tan fuerte que solo existe si hay reciprocidad. Yo no puedo amarte a ti si tú no me amas a mí de la misma forma, porque eso no sería amor, sino más bien un tipo de obsesión o un cariño desorbitado. Pero nada más.

Amalia no supo que contestar a eso y prosiguió con la maleta. Por las indicaciones que dio Miguel, la maleta no parecía estar por allí. Aunque que ellos no la encontraran no significaba que no estuviera allí. Yo sabía a qué maleta se refería, pero quería saber cómo seguía aquella historia. A veces me gustaba jugar con los viajeros y sus asuntos, y sabía que aún podía haber algo más allí. Así que acompañé a Amalia y Miguel que volvieron al hall.

Miguel se sentó en una banca y rompió a llorar. Amalia se sentó a su lado, sin comprender por qué lloraba. ¿Tan importante era aquella maleta para el chico? ¿Qué habría allí dentro? La curiosidad me mataba, y no sabía si quedarme allí para ver qué ocurría entre la extraña pareja o si volver a la sala de objetos perdidos para abrir la maleta. Sabía exactamente dónde estaba, pero decidí quedarme, y fue lo mejor. Amalia le preguntó al chico que qué era lo que había tan importante en aquella maleta, a lo que él le contestó:

−Todo. Lo tengo todo ahí: mi carnet de identidad, mi ropa, mis títulos.

− ¿Títulos?

−Soy licenciado en Filosofía. Bueno, y tengo un Máster en Filosofía y Cultura Moderna, pero sin los títulos no soy nada. Además también tengo ahí el poco dinero que me quedaba.

−A ver, Miguel, que estoy hecha un lío, −apuntó la chica, bastante apurada. − ¿Quieres contarme cómo perdiste esa maleta?

−Mejor te lo cuento todo.

−Vale, merecerá la pena llegar tarde. Esto parece lo bastante bueno como para que me gane una buena regañina por quedarme.

Ahí empezaba lo bueno, así que me acerqué lo más que pude y me relajé. El día estaba siendo la mar de completito.

−Nací en el barrio de la Macarena. Mis padres eran profesores en la Universidad: mi madre de Física y mi padre de Biología. Crecí como un niño normal pero rodeado de libros y conocimientos que el resto de niños, cuyas familias eran más modestas culturalmente hablando, no tenían. Fui a la universidad a estudiar Filosofía porque me apasionaba Niestche y todo lo que tenía que ver con él, y conocí a Olivia. Olivia fue mi pareja durante el último curso de la carrera y el año del Máster. Cuando acabé el Máster, las calificaciones no fueron las que esperaba porque la dureza de mis profesores y la subjetividad del tema hicieron que mi nota fuera baja en comparación a las de mis compañeros y a las de años anteriores. Entonces, desmotivado, en busca de un trabajo que en estos años de crisis y más con una carrera tan “rara” era imposible encontrar, Olivia me dijo que hiciera alguna locura, que me dejara llevar, que rompiera con quien era para descubrir quién era en realidad. Así que decidí tatuarme. No era una decisión propia de mí, que cuando tenía que vacunarme sufría hasta que me encontraba a cien metros del hospital, pero era justo lo que buscaba. O eso creí. Fui a un sitio que me recomendó un amigo, y elegí tatuarme la palabra aire, que incluye las iniciales de mis padres y mis abuelos. A de Ana, mi madre y su madre, i de Ignacio, el padre de mi madre, r de Remedios, la madre de mi padre, y la e de Eduardo, mi padre y su padre. Me lo hice en la muñeca, en unas letras elegantes que se enlazaban unas con otras, y volví a casa orgulloso para enseñárselo a mis padres. Olivia no lo había visto aún. Mis padres, montados en cólera, me dijeron cosas que iban desde que si yo era un delincuente hasta que con eso así jamás encontraría un trabajo. Y me echaron de mi casa. En un primer momento creí que era una broma, un castigo de un rato y que ya se les pasaría, pero pasada una hora en el escalón de mi casa de la calle Relator, mi madre salió con mi maleta. «Te he metido los títulos, tus tarjetas y un poco de dinero. También tienes un bocadillo de tortilla para que no pases hambre», me dijo mi madre, me dio un beso en la frente y cerró la puerta. Estuve un rato bloqueado hasta que decidí ir en busca de Olivia, que pese a alabar el tatuaje de todas las formas posibles, me dijo que no podría quedarme en su casa. Ella vivía con su hermana, pues eran de Huesca de nacimiento pero ambas estudiaban allí. Solo, decidí ir a la estación y coger un tren a Madrid, la capital, donde buscaría mi oportunidad en la universidad, pero mientras sacaba el billete perdí la maleta. Cambié el billete para dos semanas después con el propósito de hacer las paces con mis padres o, al menos, encontrar la maleta, pero los dos objetivos han dado negativo. Llevo dos semanas viviendo en la calle, intentando por todas hablar con mis padres, pero me evitan, y los últimos dos días estoy aquí, intentando encontrar mi maleta, pero los seguratas no me dejan entrar siquiera. Y, gracias a ti, he visto que no está aquí. Al menos lo intenté.

Vi que Amalia lloraba, y, sin dejar que la conversación siguiera, volé hasta la sala de objetos perdidos en busca de la maleta. No estaba donde la había visto por última vez, pero luego de un rato la encontré. Aquella maleta era más importante para ese muchacho que cualquier otra cosa en el mundo en aquel momento, y yo tenía en mi poder el que la encontrara o no. La cogí y la llevé al servicio, dejándola escondida en el último lavabo, y me fui a la puerta a la espera de que necesitar entrar a orinar. Tenía que mantenerme allí para que no encontrara la maleta nadie más.

Amalia se había ido y ya estaba de nuevo en su puesto de trabajo, con los pómulos hinchados y los ojos rojos. El chico seguía sentado, con un libro que supuse le había regalado la chica. De pronto lo vi levantarse y dirigirse al servicio. Yo, que estaba allí y era perro viejo, sabía dónde las limpiadoras guardaban los carteles de “fuera de servicio” para los váteres que estaban estropeados y puse uno en cada uno de los cubículos, dejando libre únicamente el último, que eso donde yo había puesto la maleta.

El resto es historia. Miguel, llorando, salió del servicio con su maleta y corrió al encuentro de Amalia. Esa noche, el chico se fue con la chica y ya no volví a verle. No sé si cogió ese tren, pero prefiero pensar que lo que empezó como un gesto de solidaridad y humanidad se convirtió en el inicio de una bonita historia. Y ¿quién sabe dónde estarán hoy Miguel y Amalia? A lo mejor se han casado y el amor, al final, ha triunfado. Como le dijo el chico a la chica en aquella mesa del McDonals, a partir de aquel día decidí que un pensamiento positivo siempre ocuparía mi mente, y que la maldad no existe hasta que se demuestra lo contrario.

 

 

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