Adiós gracias; adiós donaires; adiós, regocijados amigos

Porque la escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico […]: que la épica tan bien puede escrebirse en prosa como en verso.

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

Hace meses que mis manos tiemblan y  no pude ni firmar el testamento que redacté con tanto esmero. Hoy es el último día de mi vida y mis ansias están ya en subir a los cielos por la gracia de nuestro padre Dios y reencontrarme con mi madre, cuya muerte sufrí tras largos años sin verla y a una enorme e inabarcable distancia. Ya temí a la muerte cuando pensaba que la enfermedad me impediría ver salir mi Florida a la luz. Pero no fue así y ha pasado un gran tiempo, así que estoy preparado para aceptarla. La mala Fortuna ha anulado mi pluma y, sin ese deleite, mi tiempo terrenal ya carece de sentido. Ahora, en mi último aliento de una vida dedicada a contar mi verdad, a defender la verdad de mi pueblo, puedo sonreír dolorosamente al despedirla, con gran melancolía, pero mayor satisfacción. Son dos únicamente los asuntos venideros que me infunden ganas de estirar mi existencia un tiempo más, pero este no es el momento de remitirme a ellos, puesto que ni siquiera me he presentado.

Bastaría decir que mi nombre es Gómez Suárez de Figueroa para que todos me reconocieran, pero renegué de él para honrar la memoria de mi padre. Por este motivo, desde mi llegada a España me hice llamar Garcilaso de la Vega, y con este nombre espero pasar a la historia por mis letras. Nací en Cuzco hace setenta y siete años y allí conocí las tradiciones de mis antepasados, hoy perdidas. Tras la muerte de mi padre, vine a España, de donde jamás pude regresar. Con el tiempo, mi vuelta al Nuevo Mundo fue perdiendo sentido hasta que abandoné la idea al deshilarse todos mis vínculos con aquella tierra.

Los mestizos  pertenecemos a dos mundos y, normalmente, hemos sido mal vistos por esta sociedad. Durante un tiempo fuimos considerados una clase marginal pero, con la perspectiva de los años, he podido entender que nosotros somos el futuro del Perú. No cabe otra posibilidad, la cultura de mis antepasados se está fundiendo con la de los españoles y será transmitida a lo largo de los siglos. Por este motivo puedo decirlo con enorme orgullo y en alta voz: ¡soy mestizo!, heredero de los grandes reyes Incas y también de los honorables conquistadores españoles que entregaron a mi pueblo la verdad de la religión cristiana. Mi primera lengua fue el quechua, pero he podido estudiar latín. Nací entre las montañas andinas, rodeado de los herederos de Huayna Cápac y moriré aquí en Córdoba,  y mi cuerpo reposará en su inconmensurable Catedral, hermoso símbolo de la unión de culturas también aquí en España.

La riqueza de un mestizo reside precisamente en que somos representantes de estas dos grandes sociedades. Por este motivo, es para mí un honor poder emplear el nombre de Garcilaso de la Vega el Inca, como orgulloso miembro de ambas. También me causa una inmensa alegría y satisfacción vital poder haber narrado en lengua castellana la historia de mi pueblo tal y como me la contaron a mí quienes la vivieron para que no caiga en el olvido aquel gran imperio Inca tras la conquista. La primera parte de este relato narra el origen y desarrollo de esta honorable civilización. La llamé Comentarios reales de los Incas y pudo editarse y pasar la censura a pesar de los problemas que sufrió durante años, sobre todo por los capítulos que versaban sobre una religión pagana. La segunda parte de este gran proyecto al que dediqué un extenso periodo de mi vida, la Historia general del Perú, que cuenta la historia de la conquista española, espero que vea la luz pronto, aunque yo no podré ser testigo de su acogida. Este es precisamente uno de los asuntos por los que me entristece mi inminente final.

Como ya he dicho, he pasado muchos años de mi vida leyendo e investigando a los cronistas de Indias para poder componer este gran relato. Esto me ocupó demasiado tiempo y jamás me interesó demasiado la literatura como entretenimiento. No he leído ninguna pieza teatral del famoso Lope de Vega, y las pocas representaciones que vi me parecieron demasiado banales. Tampoco habían llamado nunca mi atención las rocambolescas aventuras de un pobre anciano manchego con idilios de caballero andante y de su estúpido escudero, a pesar de lo graciosas que decían que resultaban las burlas y los reveses que sufrían. Sin embargo, un buen amigo me recomendó en gran medida que diera una oportunidad a esta historia; él mismo me la prestó en el acto. Yo, delante de él, la abrí y comencé a leer el Prólogo, que decía: “Desocupado lector”… Al verbalizar estas palabras, cerré bruscamente el libro ofendido y sorprendido a partes iguales y le juré que jamás me sometería a la burla que suponía ese texto puesto que yo era un lector muy ocupado.

Una vez hube finalizado la redacción de la Historia general del Perú,  y tras las insistencias de mi buen amigo en que comenzara la lectura, acepté su libro y, con mesurada tranquilidad y deleite, mis ojos atravesaron, página a página, las ingeniosas líneas de los diálogos entre aquellos dos personajes a los que yo había visto en múltiples fiestas de Carnaval. Reconozco que me entretuvo y pude gozar de una gran prosa, pero, ante todo, me sorprendió aquel libro tan imperfecto, tan alejado del canon clásico, tan novedoso. Al terminarlo, pensé que si el tan Miguel de Cervantes escribiera conforme a lo que dicta la gran literatura, con sus nobles artes, pasaría a la posteridad, pero mientras continuara contando historias que hagan reír, no merecía mayor interés. En aquel momento no podía suponer que le acabaría conociendo.


El testimonio de este ilustre escritor termina aquí. Me ha estremecido leerlo y no he podido dejar de pensar que este relato tiene una continuación. Por este motivo he acudido al Rastro de Madrid y, tras algunas horas buscando, he encontrado unos antiguos papeles escritos en una extraña lengua y en cuya firma se podía entender G. Inca. El vendedor, al verme interesado por ellos me ha pedido cinco euros. Yo he comenzado a regatear con él mientras continuaba ojeando el texto y, justo antes de acordar los tres euros que iba a pagar por ellos, he leído con claridad la palabra “Cervantes” y no he podido disimular mi enorme satisfacción. Ahora ya tengo en mi poder el resto de la historia, aunque está en quechua, así que voy a tener que usar el traductor de Google para entenderla y poder continuar con el relato del final de la vida del Inca. El texto viene firmado por Tupak Hamete Kawsay. Parece un nombre falso y me suena de algo.


En mi último viaje a la corte, hace dos años, recibí la información de que ese tal Cervantes estaba trabajando en la segunda parte de la historia de su destartalado caballero y yo, tras el extraño cariño que le tenía a este personaje, mostré interés en saber cuándo estaría terminada. Nadie supo darme esa información, pero sí que me hablaron de la prolijidad de este escritor en el último tiempo, tras el éxito del Quijote. Me sorprendió gratamente, pero continué mi viaje tal y como estaba previsto, pues ya mi edad no me permitía realizar aquellas empresas sin gran cansancio y padecimiento. Sin embargo, planeando la vuelta a Córdoba me asaltó un hombre joven para preguntarme si era yo realmente el Inca Garcilaso de la Vega porque su mentor quería conocerme.

Le acompañé por las calles de Madrid hasta que llegamos a una vivienda cálida y acogedora, aunque sin ningún tipo de ostentación. Entonces le vi. Me sorprendió su bondadosa sonrisa y su mirada sabia. Aquel hombre era más joven que yo, pero sentí que tenía mucho que aprender de él. El caballero se presentó como don Miguel de Cervantes y yo le agradecí la hospitalidad y le pregunté por qué había sido conducido hasta su presencia. Entonces noté la debilidad de sus movimientos y el esfuerzo con que trató de acomodarse en una de las butacas. Uno de sus brazos quedaba inmóvil, el otro sostenía una copa con vino y me la ofrecía. Yo me senté junto a aquel hombre y le escuché relatar uno de sus sueños frustrados: conocer el Nuevo Mundo. Me contó que había leído mis Comentarios reales y que la historia le había transportado a aquel mundo que para él era mágico. Halagó mi prosa por encima de la de cualquier cronista y yo le respondí con la historia de mi familia. Cervantes se interesó sobremanera por la situación marginal de los mestizos, rechazados por ambas culturas y me dijo que algún día le gustaría escribir sobre ello. La conversación derivó por asuntos literarios y él me contó sus proyectos. Le pregunté por la segunda parte del libro de don Quijote y Sancho y, me dijo que la estaba acabando y que su siguiente trabajo sería una obra bizantina que llamaría Persiles y Sigismunda. En ese momento fui yo quien alabó su prosa y le recomendé que realizara esa empresa, pues, sin duda, esa sería la gran obra por la que sería reconocido.

Ambos coincidimos en el pronóstico y hoy, veintitrés de abril de 1616, el día de mi muerte, lo mantengo, convencido de que se cumplirá. Tras el plácido encuentro, emprendí mi viaje de vuelta a Córdoba, que ya se iniciaba con retraso. En este momento, antes de expresar mi último hálito de vida y con la sensación de haber vivido en plenitud, habiendo cultivado con esmero armas y letras, siento que muero únicamente con dos carencias: la primera ya la conté, no ver entre mis manos al fin mi Historia general del Perú y la segunda es no poder leer el Persiles, la gran obra de Cervantes que será estudiada durante siglos como La Celestina o la Eneida de Virgilio.

He de marchar, amigos, el sol está saliendo y eso marca mi hora definitiva. Con estas palabras os abandona un hombre que ha vivido entre dos mundos, que se siente parte de ambos y que confía en que la grandeza de la cultura Inca proseguirá conviviendo dentro del poderoso imperio español. Adiós, amigos. Espero reencontrarme con vosotros allá en el reino de los cielos, en compañía de Dios o de Pachacámac, en aquel lugar donde todos somos uno y perviviremos en la eternidad.

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