Segunda oportunidad

Esa semana no había parado de llover. Era viernes e Irma conducía con lentitud. Un enorme atasco le impedía ir más rápido. Desde su Seat Ibiza y pese a la lluvia, podía ver el mar de coches que se extendía hasta dónde le alcanzaba la vista. Iba a llegar tarde. Venía de la oficina del paro porque justo ayer le habían echado. No le iba a dar tiempo de hacer de comer antes de que llegase Arturo a casa.

La chica se encendió un cigarrillo, le dio una calada y se concentró en el humo que salía de su boca. Irma resopló con parsimonia, miró por el espejo retrovisor y al enfocar sus ojos de nuevo en la carretera, vio algo en la cuneta. Estaba a su derecha, a unos cuatro metros de distancia. Era algo que se movía. Era blanco como una bolsa. Irma se mordió el labio inferior, una pequeña manía que tenía.

—¡Joder! —gritó.

Irma respiró hondo, puso los cuatro intermitentes y bajó del coche. Algunas personas pitaron dentro de sus coches, pero Irma siguió hacia delante, anduvo deprisa. Los ojos le picaban y pronto sus lágrimas inundaron su rostro. Saltó el quitamiedos de la carretera sin dificultad y se acercó al animal. Extendió su mano. Las patas del perro aún se afanaban por agarrarse al borde de la cuneta. Si aquel animal se había dado cuenta de que Irma estaba allí, no lo demostró. Estaba esquelético y múltiples heridas podían observarse en sus cuartos traseros. El agua en aquel agujero era considerable, no había dejado de llover en toda la mañana.

Irma estaba chorreando, pero cogió al animal en brazos. El perro debía pesar veinte kilos y estaba empapado, pero la adrenalina estaba haciendo su trabajo, no notó el peso. Saltó de nuevo el quitamiedos y abrió el coche sin soltar al perro en el suelo.

 

 

—Que tenga chip. Que tenga chip. Que tenga chip —murmuró Irma—. ¿Tiene chip? Que tenga chip, por lo que más quieras —le rogó Irma al veterinario.

El veterinario sonrió y exploró con una maquina el cuello del animal.

—Vamos a intentarlo de nuevo.

A Irma se le descompuso la cara. El veterinario negó con la cabeza.

—Joder, ¿y ahora que hago yo?

—¿No te lo puedes quedar? —le preguntó el hombre.

Irma negó con la cabeza enérgicamente. Ya tenía dos perras. Económicamente no podría.

—Puedes pedir ayuda a alguna asociación —sugirió el veterinario.

Irma ya había intentado pedir ayuda cuando se encontró a sus otras dos perras y acabó quedándoselas. Aún así, asintió a la propuesta del hombre.

 

 

La noche era fría y no había dejado de llover. Irma miró a sus perras dormidas en sus camitas y dirigió la mirada al perro que había recogido esa misma tarde. Era muy mayor, el veterinario había mostrado sus dudas en cuanto a si el animal superaría con vida aquel fin de semana. Irma lloró. El perro había estado en la clínica veterinaria toda la tarde con suero. Lo principal, según le habían dicho, era intentar recuperarlo, más tarde, si todo salía bien, le harían pruebas y verían que podían hacer. Ni siquiera lo había podido bañar, sólo le había pasado algunas toallitas de bebés por su delgado cuerpo.

 

 

—El perro tienes que darlo, Irma —dijo su novio.

—Arturo, ¿crees que no lo estoy intentando? Llevo semanas publicándolo en mis redes sociales y nadie se fija en él.

—A mí me parece estupendo, pero míralo —dijo señalando al animal—. Ya ha pasado un mes y sigue aquí.

—¿Y qué quieres que haga?

—Que le encuentres un hogar.

—Arturo, sabes que el veterinario me dijo que como mucho le quedarían seis meses de vida…

—Joder, nadie lo va a querer.

—Nosotros.

—Que no, Irma, que no podemos con otro perro.

Irma y Arturo había discutido antes de que éste se fuera a trabajar. Arturo no estaba de acuerdo con quedarse al animal. Las semanas habían pasado y el perro se había recuperado. La chica extendió la mano para acariciar al perro, pero éste agachó la cabeza como siempre y dio dos pasos hacia atrás con miedo.

 

 

—Mira, cariño, ven —le susurró Arturo a su novia.

Irma sonrió. Hacía meses desde que la chica había rescatado al animal y ahora estaba viendo cómo su novio estaba agazapado detrás de la mesa y sillas del salón. El perro jugaba torpemente con uno de los peluches que tenían sus perras. Irma también se escondió detrás de la puerta. Ambos observaron cómo el viejo animal corría con el peluche en la boca y lo zarandeaba débilmente. Los novios escucharon el primer ladrido del perro y se miraron sonriendo.

—¿Qué vamos a hacer con él? —preguntó Arturo.

—No lo sé, pero que pena de quien se pierda esto —murmuró Irma fijándose en el perro.

 

 

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