Recuerdo

Si se remontaba al comienzo de su vida, lo que se encontraba era dolor. Al nacer había aparecido sin más en medio de la sala. Ellos no la habían visto, o quizás habían preferido no ver que de la relación que acababa de morir había nacido algo vivo. Recuerdo se había colocado en silencio entre ambos, haciendo que dejaran de poder verse como lo hacían antes. Él se había ido, y había dejado a Recuerdo con Ella. Ella se había sentado en el sofá, escondiendo el rostro entre las manos, mirando sin ver a través de sus dedos, separados ligeramente en un anhelo. 

Mientras, Recuero se había paseado, observando todo lo nuevo que le rodeaba. Tocaba las paredes dejando un rastro gris. Se frota los dedos contra la almohada con suavidad dejando caer un aroma familiar sobre las sábanas.

También buscó recodos en los lugares mas absurdos. En el cepillo de dientes de más que hay en el vasito del baño y la taza que perdió el mango al caer de la mesa en un ataque de cosquillas.

Recuerdo se sentó junto a Ella y le tocó el hombro para consolarla, pero eso solo le provocó un llanto mayor.

Aquella noche se metió con Ella en la cama. Como la vio muy encogida, procuró ocupar todo el espacio posible encima de un colchón que de repente era demasiado grande.

Los primeros días fueron los peores. Recuerdo colocaba siempre una taza para sí junto a la de Ella en el desayuno, y  otro vaso en la mesa, y otro plato, otro plato que Ella recogía entre sollozos. Al final tuvo que resignarse a pasear por la casa de vez en cuando. Cuando el olor que dejaba en la almohada parecía inexistente y Ella empezó a empujarle hacia el borde de la cama, Recuerdo se fue a sentar justo debajo del marco de fotos del salón, hasta que Ella lo quitó de la pared.

A veces,  por las noches, se sentía sola y entraba silenciosamente en el dormitorio. La observaba dormir sin pronunciar palabra, pero a veces, solo a veces, se acercaba tanto que Ella se despertaba súbitamente y le hacía un hueco a su lado.

Sin embargo, un buen día, despertó al otro lado de la puerta. Acarició la madera, recorrió con las yemas de los dedos las vetas que iban del techo al suelo y se dio media vuelta rumbo a la calle.

Recuerdo caminó. Lo hizo sin detenerse durante el resto de su vida. A veces se encontraba con Ella en el bar donde se habían conocido, a veces se encontraba con Él en el parque de su primer beso. Recuerdo se movía cada vez menos y ellos sin embargo cada vez más, parecía que cuanto más distancia ponían entre ellos, menos fuerza le quedaba.

Sin embargo, un día normal, a una hora cualquiera en un lugar sin importancia, Recuerdo miró hacia un lado y en medio del gentío estaba Él. Al otro lado, frente a Él, estaba Ella. Compartieron una mirada como nunca antes, y Recuerdo los observó con un cosquilleo en la punta de los dedos.

Él sonrió.

Ella sonrió.

Ambos continuaron su camino. Recuerdo les miró hasta que se perdieron entre el gentío. Miró también a través de su piel translúcida, pálida y más etérea que nunca. Y sin embargo supo que nunca desaparecería, solo caminaría hacia delante. Sin parar.

Sin parar.

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